Si a la mujer sólo se la juzgara por sus dotes en la cocina, Dolli Irigoyen sería la mujer perfecta. De visita el miércoles pasado por segunda vez en nuestra ciudad, volvió a demostrar que tiene una enorme llegada con la gente. Humildad y buen humor fueron los ingredientes con los que consiguió encantar a las invitadas que se reunieron en el Centro de Jubilados Ilusión de la Tercera Edad, en el Barrio 9 de Julio.
La propuesta se realizó a través del Plan Alentar y apuntó a que Irigoyen pudiera recomendar a unas 60 cocineras de comedores comunitarios cómo hacer mucho y nutritivo, con poco. "Siempre me interesaron las propuestas solidarias y esta es una de ellas. Cuando gente de Siderca me explicó de qué se trataba no dudé ni un segundo en estar presente", dijo la chef de renombre internacional y conductora de sus propios programas de televisión.
Cuando era chica y todavía vivía con su familia en General Las Heras, donde nació, solía hacer tortas y tal vez ni imaginaba que se iba a convertir en la gran cocinera que es hoy. Entonces se limitaba a imitar lo que se decía en el recordado "Buenas tardes, mucho gusto". Pero luego se fue a Buenos Aires, se recibió de Asistente Social, supo cocinar en un comedor para 250 chicos, se casó, tuvo mellizos, se separó y volvió a su lugar de origen para poner una casa de tortas. Inquieta, vio oportunidades en la Capital Federal y su regreso la fue llevando al reconocimiento del que goza hoy.
"Creo que la buena onda es mutua con quienes vienen a interesarse sobre cómo economizar o aprovechar mejor la cocina. Las comidas que muestro acá son las mismas que puedo hacer en casa", dice mientras revuelve un postre y luego de probar cómo quedó su puchero que otros se van devorando con la mirada. "Con avena, por ejemplo, se pueden hacer comidas más que nutritivas. La avena es sencilla y no es cara, es lo que consumen los deportistas. Si le agregás bananas y nueces te queda un postre que ni te cuento...", comenta con la seguridad de quien sabe de qué habla.
Mientras cocinaba en el "Ilusión", nunca dejó de interactuar con las cocineras: "No me gusta llegar a un lugar y sentirme la maestra ciruela; es bueno que la gente me vea como una igual, así podremos intercambiar ideas y aprender mutuamente", sostiene.
"Pienso que todas las presentes, al menos por intuición, saben cocinar. Lo que les agrego es tal vez la enseñanza de cómo hacer una dieta balanceada, cómo mejorar los hábitos alimenticios, o de qué manera pueden aprovechar al máximo el corte de un animal, que muchas veces va a parar a la basura", explica.
Por último, sostuvo que "la motivación es fundamental para hacer las cosas bien. Estas mujeres deben sentir que su trabajo sirve para ayudar". Y luego se fue a compartir lo que quedaba de la mesa con las vecinas de Campana.



