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Suplemento Especial en La Auténtica Defensa. Edición del domingo, 09/nov/2003.
 
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Los colectivos de Campana: 
RECUERDOS PERSONALES





Una planilla de la empresa 501 de aquella época (Gentileza de ¨Tony¨ Mistorni)

Cosas que a los adultos nos parecen simples, a los once años la visión de las cosas es muy diferente.

SER COLECTIVERO A LOS ONCE EN EL ¨14¨

En el año 1977, mi infancia transcurría entre la escuela (la ¨22¨ que tan gratos recuerdos me trae), el potrero y los clásicos partidos entre la punta y el fondo; de un tranquilo barrio Ariel del Plata, donde lo que no faltaba era piberío.

Por ese entonces, entre ¨Ariel¨ y el centro de Campana, la distancia parecía mayor; ya que los barrios entre las dos puntas no eran tantos y tampoco estaban tan poblados. Ni que hablar por las noches, donde el silencio y la oscuridad caracterizaban la zona.

El colectivo, era para los habitantes de los tres barrios vecinos (La Josefa, Las Campanas y Ariel del Plata) el nexo más importante que teníamos, y su frecuente visita nos mantenía integrados con la ciudad, trayendo y llevando gente que a partir del frecuente uso mantenía con los choferes una relación amistosa.

Dentro del mismo barrio, teníamos vecinos que eran choferes; algunos tiempo completo, otros como contraturno de su trabajo en alguna industria. Cuando a ellos les tocaba el recorrido al barrio, soportaban estoicamente la presión que de alguna manera caía sobre ellos de tener que cobrar a los muchos conocidos el boleto, y si bien en ocasiones yo mismo pensaba: ¨¡Mirá, me cobró nomás!¨, hoy entiendo que era mucho más responsable esa actitud que la que yo hubiese esperado de ¨pasá nomas¨, y quedarme con las monedita que destinaba al pago del pasaje.

La primera vez que fuí en colectivo ¨solo¨, (en realidad con un grupo de chicos) fue en esa época para ir al Cine en la función de matinee. Era para mi muy importante viajar sin ningún adulto, y para mi abuela una gran preocupación (tenía mucho miedo que me pasara algo subiendo o bajando del colectivo; recuerdo como si fuera hoy las indicaciones de como bajar, de esperar que el coche se detenga y de ¨portarme bien¨ en mi asiento).

Pero en realidad, mi verdadera aventura con el colectivo la disfruté en aquel verano del ´77 - ´78, cuando por unos días me sentí ¨Colectivero¨, yendo y viniendo por los recorridos a todos los barrios de Campana y hasta dandome el gusto de cortar uno que otro boleto.

Paso a contarles:

Ese año, mi vecino, Carlitos Cartier, había entrado a manejar uno de los micros de la ¨501¨. El trabajaba en la Petrosur en el turno noche, así que a partir del mediodía encaraba la segunda actividad que era la de Chofer del interno ¨14¨.

Mi relación con él y con Griselda, su esposa, era muy especial desde que nos fuimos a vivir al barrio; y mi presencia en su casa era casi habitual, ya sea para disfrutar de la pelopincho, o para mirar algún partido de fútbol, apropiándome hasta el cansancio de su bicicleta o sentados con los vecinos de la cuadra los sábados a la noche hasta altas horas de la noche conversando de ¨bueyes perdidos¨ o jugando a las cartas.

Un día de diciembre del ´77 yo estaba como siempre haciendo ¨calle¨ en la puerta de mi casa y Griselda me pidió un favor: ¨Fernando, a las 12.30 Carlitos va a pasar con el Colectivo por acá (los coches subían nuestra calle, hoy H. Fremi) ¿No podes alcanzarle esto?¨, entregándome un bolso en donde había unos sandwiches y un termo con gaseosa. Le dije que sí, y me puse a la sombra a esperar la llegada del micro.

Ese día comenzó la aventura. Carlos pasó a horario, y para ese entonces, yo ya había pedido permiso para hacerme un ¨viajecito¨ en colectivo y me preparé ¨la vianda¨ que era un alfajor y una botella con agua de la heladera. Le entregué el bolso y le pedí a ¨Carlitos¨ si no me llevaba con él ha hacer los recorridos, a lo cual él accedió.

Me ubiqué del lado contrario al del chofer, en una especie de asiento que se formaba en donde funcionaba el pistón a aire de la puerta de ascenso y descenso del colectivo, un Mercedes ¨trompudo¨ que no paraba de hacer ruido y que a esa hora en el interior deberían hacer unos 45 grados de calor; pero que para mí no era un impedimento para disfrutar de la aventura de viajar.

Fuimos a Otamendi, Barrio Lubo, Villanueva, Hospital, y poco a poco recorrimos toda la ciudad, lugares que a decir verdad, mucho de ellos yo no conocía.

Mi travesía duró hasta pasadas las 19 hs., cuando junto a Cartier volvimos al Barrio. Mi experiencia había sido extraordinaria y la verdad es que estaba ansioso por repetirla. Seguramente ese deseo se vería reflejado en mi rostro, ya que antes de despedirnos, en la puerta misma de mi casa, Carlitos me dijo ¨si no te aburris, mañana vení otra vez...¨, y a partir de allí, ese verano la historia se repitió en varias ocasiones, por lo que me hice de algunos amigos en la linea. Desde ese entonces, cuando estaba en el barrio y pasaba algún colectivo, era común que la bocina sonara para saludarme a lo cual yo le contestaba levantando y agitando la mano.

Aunque para muchos esto sea una pequeñez, para mis once años, esos viajes fueron sin lugar a dudas una verdadera aventura, y no puedo dejar de agradecer a Cartier el haberme permitido compartir con él esa experiencia en la ¨501¨ de Campana.

Fernando R. Andrioli

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