Los tiempos políticos que se viven parecen potenciar los conflictos. De clase, gremiales, ideológicos, los debates políticos han comenzado a travesar el interés por la vida comunitaria de una manera inusitada. Muchos analistas pretenden reducir el análisis de los sucesos presentes a una simplísima identificación con la coyuntura que en 2009 significó, en el marco de una crisis internacional de magnitud, el retroceso electoral del proyecto encarnado en su primer mandato por la Presidente Cristina Fernández de Kirchner.
Pero muchas cosas son diferentes en relación a esa coyuntura: Si bien la alerta que una fuga desmedida de divisas podría ocasionar en términos monetarios es real, el país ha tomado algunas previsiones que parecen mostrar sus primeros resultados: La caída de la economía se nos muestra mucho más leve que dos años atrás, y ya se avizoran señales de recuperación posibles solo por la existencia de un cimiento industrializador que fortaleció la economía nacional desde 2003.
La política nos muestra otro panorama absolutamente diferente: la desazón, el desánimo, y en muchos casos la claudicación vergonzante de muchos dirigentes que habían sabido apoyar al Gobierno nacional desde distintas dimensiones del poder territorial en 2009, es reemplazada hoy por una generación de jóvenes entusiastas que levantan las banderas que muchos están dispuestos, en el mejor de los casos, a dejar escondidas en un rincón.
A esa efervescencia política de las nuevas generaciones corresponde el interés genuino de expandir la frontera de los derechos políticos a estos actores sociales esenciales en un siglo XXI ya maduro. El argumento descalificador de que, por jóvenes, estos actores sociales carecen de elementos de discernimiento, de formación y hasta de actitud para tomar una decisión tan importante como el voto, esconde la hipócrita falsa de compromiso de muchos que debieran dar respuesta a esa necesidad de formación: si a los jóvenes les faltan elementos de análisis de la realidad, la responsabilidad no hay que buscarla en la Play Station, sino en la actitud adulta que poco ha hecho, desde lo formativo, o desde el ejemplo, por formar espíritus críticos y comprometidos con un mundo que, más temprano que tarde, les será propio a los pibes de hoy. Ni que hablar de la incomodidad que, en las oxidadas estructuras y prácticas políticas ha causado la llegada de este nuevo tsunami renovador.
Por otro lado, la protesta, las manifestaciones y cacerolazos, deben ser celebrados enfáticamente por todos. Sí, celebrados por todos. Por quienes encuentran en ese espacio un lugar de catarsis a sus reclamos (no interesa la valoración que hagamos de esas agendas de discusión), así como quienes desde el compromiso militante deben (debemos) dar respuesta y poner oído a ellas. Me permito, pues, elogiar el conflicto. El conflicto democrático y civilizado. El que pone ideas frente a frente. El que lo hace con códigos y respeto. Si podemos encauzar estas manifestaciones en ese sentido, habremos ganado, y mucho, en la reconstrucción de la civilidad.
Luego vendrá la hora del consenso. Y no se trata de una mera negociación electoral. No hay resultado electoral que permita pensar que todo ha terminado, ni que nos habilite a descalificar al otro. Debemos aprender a llevar el conflicto al terreno de la contraposición de ideas. E, inmediatamente, el camino del consenso encontrará su cauce.
Obviamente, desde el último cacerolero hasta todos los militantes y políticos, debemos hacer el esfuerzo por encontrar horizontes comunes. Sin soberbias ni agravios.
Es la hora del consenso.



