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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 12/nov/2003 de La Auténtica Defensa.

CANTANDO en voz baja...: 
IDOLOS CON PIES DE BARRO  
(Memorias por Norma Frutos)




Es curiosa la actitud del ser humano inteligente, racional, dotado de cualidades y aptitudes que sobresalen por mucho a la de cualquier ser vivo. Digo que es curiosa porque se empecina en poner sus expectativas en elementos o circunstancias que no tienen el poder o la habilidad de sostenerlo...

Leemos sobre antiguas civilizaciones y nos encontramos entre sorprendidos y horrorizados por la influencia que ejercía la idolatría en las vidas y actos de infinidad de personas. Nos ubicamos en nuestra burbuja rotulada "Siglo XXI" y argüimos que de ningún modo actuamos así, que nuestros puntos de vista modernistas y avanzados nos convierten en seres ‘abiertos’, a la altura de los avances socioculturales. Si mi memoria no me engaña ‘cambió el color de la etiqueta pero no el contenido del envase’; será más claro si antepongo mi experiencia personal.

De pequeña mis ídolos eran mis progenitores. No tenía madurez ni noción ampliada de la vida pero ellos eran mi sol, mi horizonte y veía a través de sus ojos y estaba dispuesta a soportar lo que fuere por ellos. Si tenía una invitación o sugerencia de personas fuera del hogar y ellos estaban cerca, como mansa corderita levantaba mis ojos hacia sus rostros y ellos leían en mi semblante y su aprobación o caso contrario no era discutible y no porque fueran dictadores sino que yo sentía adoración por ellos (un sentimiento extremado y fuera de los límites del amor genuino) a cambio de su protección (era una dependencia casi enfermiza).

Pasaron los años, a los 7 años supe lo que en verdad era el dolor de la separación de tan estrecha relación (y no sé a quién dolió más, si a ellos por sentir que me dejaban en manos de extraños por exigencias insalvables o a mí a quien el entorno me era ajeno y hasta cruel) cuando mi rutina se transformó en enormes salas blancas de hospital, médicos, enfermeras, olor a antisépticos, personajes femeninos con largos ropajes negros y almidonadas tocas blancas a quienes nadie sacaba de sus rígidas reglas y rutinas religiosas y a cuyos ojos la misericordia no afloraba, niños sufriendo... ¿dónde estaban mis ídolos? en los momentos cruciales mamá permanecía a mi lado no obstante eran humanos y seguían luchando por sus vidas, por la mía, por la familia.

Yo aprendí en soledad a separar el amor de la idolatría, sobre todo cuando a raíz de una intensa hemorragia se me iba la vida y mamá se desmayó y en otra ocasión (habían pasado muchos meses y por causa de mí la familia dejó definitivamente ‘el pago serrano’ y se mudó cerca de la Capital para verme más seguido). Una tarde que se grabó en mí, era hora de visita (una egoísta hora de 60 estrictos minutos) y papá fue a verme, yo notaba que se retraía de acercarse y al hacerlo observé con profunda pena que su rostro y parte del cuero cabelludo (parecía haber perdido algo de cabello) estaba rojo en parte debido a un brote alérgico (que estaba en franca recuperación debido al tratamiento que seguía), me sentí luchando entre la congoja y la impresión . Ellos, que habían vivido para mí se veían débiles ante circunstancias comunes que como a mí, los hería por fuera y por dentro. ¡Cómo aumentó mi amor por ellos! ¡qué hubiera dado por hacerlos sentir bien!. Ese fue el comienzo de mi apreciación real de las debilidades humanas, especialmente de aquellos que me rodeaban; de ahí en más comprendí mejor sus dolores, ansiedades y hasta limitado poder... Nunca los encasillé en ídolos ‘con pies de barro’, solamente ‘ídolos’ que en mi madurez mental amé mucho más por ser (en su conformación humana) y sentir las cosas como yo; a su manera ‘nunca me fallaron’ porque en sí mismos había un buen fundamento pero en todo tiempo hubo ídolos con ‘pies frágiles’ y debí aprender a distinguirlos.

Fue en la adolescencia, era la consentida de mis padres pero trataba de sentirme adulta o por lo menos dejar de lado la niñez, que comencé a delirar por cantantes primeramente; soñaba, escuchaba hasta el cansancio su música y pensaba constantemente en uno en particular... si alguien lo criticaba lo defendía con ardor, tenía albumes de fotos de estudio y de recortes de revistas y diarios. No veía defecto alguno en esa persona y puesto que una prima (de mi familia paterna) fundó un club de admiradores (como se llamaba entonces a los clubes de fans) yo dije a los míos: "yo también fundaré uno, de todos modos ‘fulanita’ vive lejos de acá" e hice las cosas más insólitas y atrevidas con ayuda de otros (porque formamos una comisión y yo obviamente era la presidenta) e hice que la ciudad hablara de él. No era todo glamour sino que con los pies en la tierra pretendíamos que el nombre de nuestro admirado estuviera ligado a ayuda material según necesidades de la gente aunque no les interesara como artista e hicimos campañas benéficas de diferente índole y hasta nos propusieron que ayudáramos para que accediera a cantar en un festival a beneficio y nosotras escogimos a la escuela 501 y a ella destinamos todo lo recaudado; en ese tiempo fue buen dinero y él no nos defraudó. Tenía tanto éxito y participaba en tanta actividad artística que, habiéndo apoyado y apreciado nuestra incansable labor nos colmó de alegría pero limitadamente porque tanta fama no le permitió seguir demostrando consideración por dicho accionar de parte nuestra y su posterior matrimonio condujo a inevitable desilusión. Habíamos convertido a un simple mortal en objeto de adoración y puesto que sus pies eran de barro, se derrumbó ante nuestros ojos tras considerar que había actuado deslealmente...hoy deduzco que ni siquiera se enteró de tanto amor y dedicación por estar tan protegido y rodeado de gente que ‘trabajaba por sus intereses’ (pero no por los nuestros, claro está).

(CONTINUA EN LA 2ª. PARTE)


 
P U B L I C I D A D






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