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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 15/ago/2012 de La Auténtica Defensa.

Las residencias de los Costa:
La "chacra" o quinta de San Isidro, es también la "Casa de los Costa": "The home"
por Oscar A. Serrano [inédito]




Nota 6ª (última entrega)

Un lugar común de los historiadores y periodistas locales, y porteños como Soiza Reilly, ha sido confundir la casa de los Costa, en Campana, con la quinta o ´chacra´ de San Isidro.

Esta quinta fue comprada por Pueyrredón en 1815, lugar donde muere el 13 de marzo de 1850. Su hijo Prilidiano lo entierra en la Recoleta. Con ellos estaba viviendo Florentina Ituarte Pueyrredón de Costa con sus hijos.

Rodeada de árboles y jardines primorosamente cultivados por Griguera, esta casa alzada en las postrimerías del siglo XVIII parece buscar el borde de las barrancas. De las construcciones que componen la chacra se destaca el casco principal en el que reconocemos la construcción colonial característica de Buenos Aires, de modo que no podemos hablar de una arquitectura rural: las paredes son de ladrillos, techos de azotea y las aberturas, con rejas de hierro toscamente trabajado, con delicados accesorios. Las ventanas se abren a los jardines, y salvo la habitación mirador, que fuera atelier de Prilidiano Pueyrredón, y las habitaciones de servicio, todas están distribuidas en una sola planta, en un cuadrado que se encierra en torno al patio con aljibe, característica de las casas del virreinato.

La galería, que mira en dirección al río, de ocho columnas toscanas, diseñada por Prilidiano, concuerda con el gusto neoclásico de la época. Esta construcción debe haber traído algún recuerdo fundamental al joven Luis Costa, porque luego, en Campana, ya mayor, alzará esta otra casa de los Costa en las orillas del Paraná, sobre la barranca, y la proveerá con un rectángulo de galería encolumnada, la principal mirando hacia el Río, como lo hace el amplio corredor de la casa de Martínez. La caballeriza y la casa de los chacareros (y la casa) fueron reconstruidas en base a un concepto bastante lineal de lo que es estilo para Buschiazzo.

Esta quinta "llamaba la atención de todos los que la visitaban. Tuvo por colaboradores en sus faenas agrícolas al célebre horticultor don Tomás Grigera, cuyo nombre lleva el Manual Agrícola, publicado por esa época (1815). Esta otra Casa de los Costa, debe ser tenida en cuenta cada vez que en documentos de la época se hable de la mansión solariega o la Quinta de los Costa (de San Isidro). Los que desconocen estos detalles confundirán "la Quinta de los Costa" con la mansión (o Nº 4) de Campana, cuya finalización de obra es, como sabemos, de fines del siglo XIX, o poco más

En 1855, desaparecido Braulio Costa, el esposo de Florentina, ésta se recluye por completo en la quinta que le había regalado su tío materno. Allí, "alejada de todo movimiento mundano [...] famosa por los cultivos de flores que ella dirigía personalmente y constituían con la lectura, sus entretenimientos favoritos" recibía las visitas de sus hijos, en especial de Eduardo, quien le traía las semillas, bulbos y plantas de las flores más hermosas e inhallables de su jardín de invierno de la casa de la calle Reconquista, donde llegó a cultivar mil doscientas variedades de orquídeas, si no exagera Octavio R. Amadeo.

Eduardo se ocupó de mejorar los terrenos circundantes y convertirlos en un bellísimo parque. "Su anciana madre lo esperaba todos los sábados en su quinta de San Isidro", cuenta Becerra.

Hay una confesión más rotunda de Eduardo sobre cuál era su casa: La quinta de San Isidro -dice Eduardo Costa-, es el lugar "donde existe para los míos lo que los ingleses llaman the home, el hogar, y reside permanentemente [sic] lo que el hombre quiere y respeta más en la tierra [tal vez su madre, a la que no se atreve a mencionar ni por su condición, y que lo sobrevivirá por siete años. O.S.]".

Y hablando de casas, Eduardo Costa murió en su mansión de la calle Reconquista, donde no pudo o no quiso tener su hogar.

"Todo esto ocurría en la barrancas de San Isidro -reseña Victoria Ocampo-, en lugares hoy históricos que frecuenté en mi infancia sin saber nada de las históricas historias, pero mucho de historias caseras que se referían a las singularidades de tal o cual miembro de la familia. Así supe que a doña Florentina le daba por las plantas, como a su tío el general Pueyrredón (éste le regaló la quinta de las barrancas donde ella vivió y murió). Supe que cuando doña Florentina perdió, con la juventud, su belleza (o quizá tan sólo la belleza juvenil ... ) hizo descolgar todos los espejos de su casa en San Isidro, no salió a la calle y se dedicó a cuidar sus árboles y sus flores, prisionera voluntaria de un claustro vegetal. Escribió en jardines sus poemas. No se miraba en otro espejo. ¡Qué parásito social!, exclamarán algunos con reprobación. ¡Claro! Una flor del aire. Pero fuera de que en aquellos tiempos no se le reconocía a la mujer derecho a otro papel en las clases altas, habrá siempre mujeres para ser orquídeas, de esas que viven prendidas de los árboles." Cuando Victoria Ocampo compara a Florentina con una orquídea, ¿sabía de la pasión de Eduardo Costa por estas flores?

La confusión de estas dos casas puede observarse en una nota del periodista Juan José de Soiza Reilly: "Doña Florentina al envejecer, huyó de los salones donde había sido una reina. Se encerró en su casa solariega de Campana, consagrada a sus hijos". No; se encerró en su quinta de San Isidro. Además, por lo que nos consta, no creemos que Florentina haya visitado una sola vez la estancia de Campana, por más iglesia que su hijo haya levantado en honor suyo.

Era tan de los Costa esta casa de San Isidro, que Udaondo, en uno de su libros, menciona como árbol histórico el "pino del Dr. Costa", en la "residencia del doctor Eduardo Costa" que formaba parte de la chacra de Pueyrredón. Lugar en "donde se realizaron las primeras negociaciones del acuerdo de 1891"... "Allí el doctor Costa ejerció de mediador entre Mitre y Roca" y allí añade Udaondo, "celebraron una conferencia los ex presidentes Mitre, Roca y Pellegrini que motivó la renuncia del presidente Sáenz Peña en 1895" Y Octavio R. Amadeo, cuando remata su semblanza de Eduardo Costa, añade: "La casa quinta de Martínez --refiere Octavio R. Amadeo-- uno de los más hermosos exponentes de la época colonial, fue declarado monumento histórico en 1946."


 
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