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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 09/nov/2003 de La Auténtica Defensa.

Pablo Herling: crónica de una impunidad: 
Infierno grande  
Soledad Elías Leguizamón.




 

Un año más, dos en total. Una muerte -más específicamente, un asesinato-, y un asesino suelto. Dos años de dudas, meses de hacer preguntas sin obtener respuestas. Pareciera no existir ningún testigo, nadie que haya asistido al frío ataque del cuatro de noviembre del año 2001. Ningún vecino o transeúnte, ese lunes al medio día en la céntrica esquina que forman las calles Colón y Coletta ¿Extraño? Yo creo que sí.

Nos cansamos de decir que nuestra ciudad es un "pañuelo", nos conocemos todos y todos sabemos del otro. Sabemos cuando estamos frente a alguien que no es de acá y pensamos "ese no es campanero". Nos alimentamos día a día con comentarios y dichos entre amigos, verduleros, quiosqueros, familiares. Nada de lo que ocurre en Campana nos es ajeno; conocemos desde el nombre de la persona a la que están velando en la cochería, hasta dónde vive la actual pareja de nuestro "ex". Nada más ni nada menos porque se trata de un "pueblo chico", haciendo encajar perfectamente la segunda parte de la frase.

No sé si me animo a relatar lo que pasó aquel día en que un gran chico fue ajusticiado tan equivocada como ilegalmente. No sé tampoco si es necesario rememorar paso por paso la brutalidad de los hechos, hasta contar que luego de una golpiza terrible, Pablo murió en una camilla el viernes de la misma semana. Nadie lo pudo ayudar y nadie puede hacerlo ahora tampoco, después que falleció con sólo 15 años de edad y una larga vida por delante.

Lo único real que quedó desde que el adolescente cerró los ojos, es un vacío entre los que todavía lo recuerdan: las personas que constituyen su familia de sangre y de corazón. Sus padres, hermanos, amigos, compañeros de escuela, profesores, vecinos, compañeros deportistas y tantas más personas no pueden y no quieren olvidar que este crimen quedó impune, y hacen lo imposible para que no vuelva a ocurrir un hecho similar: piden justicia. El viernes último se realizó la 18° marcha movilizada por muchas de las personas que acabo de nombrar. Sólo buscan respuestas, pero la causa parece congelada. Claro que las cabezas del caso dirían que "nadie quiere hablar" y tendrían razón, porque no creo que no exista un campanero que haya caminado cerca de esa esquina es ese preciso instante; no creo que los vecinos de la cuadra no hayan escuchado los gritos desenfrenados de la chica que acompañaba a Pablo y que, inocentemente, presenció el desplome final de su novio.

¿Duro, no? Yo soy una de las personas que conoció a Pablo, y muchas veces compartí un juego de softbol con él. Lo que puedo decir es que era un buen chico, que picheaba como nadie, con una exactitud y velocidad que ninguno de nuestros compañeros va a olvidar. Pero por sobre todas las cosas, Pablo era un adolescente común, como cualquiera, iba a la escuela, jugaba al fútbol y al softbol, tenía amigos; y era único, porque nadie va a poder volver jamás a compartir una charla con él, ni un picadito, ni un guanteo. Era Pablo Herling, y nadie debe olvidar que en esta pequeña ciudad, en la que todos nos conocemos, alguno de nosotros conoce al animal que le quitó la vida, o lo que suena peor: uno de nosotros es el asesino.

No busco concientizar al campanense que tiene algún dato sobre el hecho a que se acerque a las autoridades a compartirlo para que el día de mañana no le suceda lo mismo a su hijo. Busco alertar. Dar mi voto al "yo no me olvido". Pedir por justicia. Y gritar que este infierno lo construimos entre todos los que lo habitamos, y está en nosotros seguir con la impunidad o parar de una vez por todas con esta idiota jugarreta. ¡Justicia para Pablo, por favor!

Soledad Elías Leguizamón.

Comentarios y sugerencias a: mi_kolumnita@hispavista.com


 
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