Por distintos motivos, la noticia del deceso de Jorge Varela nos encontró a Sebastian Abella (Presidente de Pro Campana) y al que suscribe fuera de nuestra ciudad. Cuando compartimos la información un sentimiento de genuina tristeza nos invadió. Hay ocasiones en que las personas debemos dejar de lado las cosas que nos separaron en materia de prácticas y de ideas, simplemente por respeto a quién ya no está. Pero también son esas mismas ocasiones las que nos llevan a recordar aquellas cosas que apreciamos y que forman parte de los recuerdos que nos acompañan el resto de nuestra vida.
Conocí a Jorge Varela poco después de regresar a mi país, en ocasión de la puesta en funcionamiento de la Escuela de Gobierno, que siguió a la crisis de 2001. Corría el año 2002 y aquella iniciativa, genuinamente plural, abrió un marco para que muchos que no teníamos participación política canalicemos nuestras inquietudes. Proveníamos de diverso pensamiento, pero nunca nadie pidió carnet ideológico para participar.
Conversé con Varela dos veces luego de aquella experiencia, aún cuando los vientos del kirchnerismo habían llegado para enmudecer a muchos políticos del partido oficial. En esas ocasiones, Jorge transmitió su carácter de político cabal, abierto a la conversación llana, campechana y respetuosa a la vez. Un político profesional, de tiempo completo, que se permitía hablar hasta con alguien que pensaba distinto, que tomaba la política como voluntariado y no como profesión. Una humildad poco común.
Me hubiera gustado tener la oportunidad de conversar más con él, entender sus razones para las cosas en las que no estaba de acuerdo. O, porqué no, tratar de convencerlo de mis puntos de vista. Lamentablemente el tiempo pasa rápido y nuestras vidas son efímeras.
El kirchnerismo degradó la política y mató el diálogo, que constituye su parte más esencial. La Argentina necesita, en todos los rincones de la patria, de políticos cabales como Jorge Varela. La política está para aceitar las relaciones, no para quebrarlas. Jorge era uno de esos lubricantes.
Sólo cuando se comprenda que pensar distinto no es un ataque a una persona, sino el ejercicio de la libertad natural e inherente del ser humano. Cuando se comprenda que el verdadero progreso se foguea en el debate de ideas y la generación de consensos básicos. Sólo en ese momento nuestro país tendrá una chance de ser esa Nación que nuestros hijos se merecen.
Para ser grande no hay que pensar igual. Jorge Varela ya ocupa un lugar destacado en la Historia de nuestra comunidad, y junto a Don Calixto Dellepiane forman parte de ese acervo común que identifica una forma de ser bien nuestra, basada en la convivencia respetuosa entre gente muy diversa.
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