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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 06/may/2012 de La Auténtica Defensa.

Generando Realidades:
En el país de los Dioses y Colores
Por Mariela Oppici




Es el país de los Dioses, donde todos somos divinos. India es uno de los países con más desarrollo espiritual del mundo. Sus templos, monasterios y ciudades sagradas, con simpleza y austeridad reciben a los peregrinos. Personas de todas las religiones visitan estos lugares; y todos, a su modo, van en la búsqueda de algo, iluminación, entendimiento, autoconocimiento o liberación. Así es como conviven, con tolerancia y aceptación. Las campanas de los templos suenan sin cesar, todos tienen sus ceremonias, sus dioses y ríos sagrados a quienes realizan sus ofrendas con absoluta devoción. Alabanzas sentidas desde lo profundo del alma, que transmiten vibraciones despertando nuestra memoria eterna. Recuerdos de vidas pasadas con la misma religión y tradiciones. Nos recuerda que debemos vivir cada presente de la vida, glorificándola, honrándola, agradeciendo en todo momento por lo que somos, agradeciendo por la vida misma. Nos recuerda que debemos ser compasivos y dar amor al prójimo, iluminar el camino de los que nos necesitan.

Su flor sagrada, la flor del loto, con su pureza nos enseña que a pesar de nacer en el barro, se puede crecer íntegramente. Cuando la flor está cerrada nos muestra un problema, pero cuando se abre nos muestra una solución, porque para cada problema, hay una solución.

Al caminar por las calles se percibe ese olor incomparable que sólo la India tiene, mezcla de inciensos y especies. Sus colores recorren toda la escala cromática siendo inigualables. Los sabores de sus comidas son exquisitos, teniendo la mayor variedad de condimentos y especies. Andar descalzo conectados con la tierra es una costumbre habitual, como lo es comer con la mano. Su música es muy alegre y disfrutan de la danza como pocos. Es que para India, a la vida hay que experimentarla, es así como los sentidos nos vinculan transmitiendo sensaciones y emociones constantemente. A la vida hay que sentirla, saborearla, tocarla, a la vida hay que vivirla.

Es el Ganges el río sagrado por excelencia, sumergirse en él implica vivir el desapego. Es dejar atrás el dolor, aquellas cosas que no podemos cambiar. Aquello que un día nos hizo sufrir se va, dejando lugar a la luz, al futuro, a la liberación. Nos hace ser cada día más agradecidos y nos recuerda nuestra esencia, dejamos nuestro Karma y vivimos nuestro dharma.

A pesar de la pobreza extrema de este país, veo que hay otras personas, que no tienen necesidades materiales como en India o en otras partes del mundo, y que pueden estar más necesitados que ellos por padecer de pobreza espiritual. ¿Será que muchos de nosotros padecemos esto? Porque muchas veces no sabemos valorar todo lo que tenemos; porque muchas veces no sabemos agradecer nuestra vida y todo lo que hay en ella; porque muchas veces perdemos la fe y la esperanza; porque muchas veces nos olvidamos de vivir con amor, nos olvidamos de sentir la vida y nos perdemos en la superficialidad; porque muchas veces nos olvidamos del respeto y de los valores primordiales que deberían ser nuestra guía. Le damos lugar a la agresión, a la violencia y dejamos de lado la paz, el amor, la compasión y la bondad; dejamos de lado nuestra esencia, nuestro ser.

La vida en India no es fácil, ya sea por el clima, la familia, las castas o el karma, desde afuera pareciera que todo se complica. Es entonces cuando me pregunto, qué es lo que deben aprender para llevar esas vidas, cómo se hace para seguir más allá de las adversidades. Creo que podemos vivir en cualquier parte del mundo, con culturas y tradiciones diferentes, en distintos ambientes, distintos entornos. Podemos vivir con diferentes personas, amigos y familia; nos pueden suceder distintas cosas, vivir diversas historias y experiencias. Pero todo esto es relativo, sólo hay una cosa que nos hace a todos iguales, sólo una cosa hace que podamos sobrellevar las fatalidades, independientemente de quiénes seamos y dónde estemos, ese es nuestro espíritu, nuestro ser. Sólo al vivir desde mi ser puedo encontrar la armonía y la paz sin importar las circunstancias. Sólo desde el ser puedo hacer frente a las pruebas de la vida y aprender de ellas. Sólo desde el ser nuestra existencia tiene sentido. Sin vivir desde el espíritu divino, nuestra vida es como estar a la deriva, como una hoja en el viento, como un barrilete sin que nadie lo remonte. Comprendo que cada uno de nosotros, desde nuestro lugar relativo y cambiante, sólo habremos aprendido cuando hayamos logrado vivir desde el ser y cuando hayamos logrado llevarlo al mundo compartiendo la felicidad con los otros.

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