Después de varios años en silencio la escritora de las historias de los arboles de Campana vuelve con novedades: su primera novela .
Dice Adriana Anzolin ,al respecto de la misma
Todo pasa, todo se descarta a velocidades asombrosas. Vivimos, sin lugar a dudas, en una época de fugacidades, donde lo duradero está devaluado frente al ir y venir de las modas. En semejante vorágine se producen, consumen y descartan desde lavarropas hasta un cúmulo tal de información, que el hombre actual parece chapotear en un mar de datos sin digerir, donde lo importante y lo irrelevante se mezclan, sin tiempo para diferenciarlos.
"Guaiana y el viento" nos recuerda el valor de aquellos conocimientos que han resultado imperecederos, de esos que cada cultura ha ido atesorando a través de milenios y han demostrado su solidez y su valía. Arapoty, la protagonista de la historia en la que bullen hermanadas la sangre de los esteros guaraníes y la de los cerros del oeste, es una de las elegidas para convertirse en "alfarera de historias". Tiene la bella y complicada tarea de restaurar las tradiciones de su pueblo (que el invasor rubio destruyó), replicarlas en mil historias para que arraiguen en las nuevas generaciones y no se pierdan, porque "el olvido está antes que la muerte".
Cristina, al tiempo que va desgranando la historia de la pequeña, que ingresa a una encantadora Escuela (donde le imparten interesantísimas lecciones y se recibirá de contadora de historias), va urdiendo una trama donde en graciosa mixtura se van entrecruzando mitos, canciones, recetas y una manera de ver y relacionarse con la naturaleza según la cual los hombres se sienten parte y hablan con su entorno, sean animales, plantas o hasta la mismísima Pachamama (que bendice a Arapoty en el vientre de su madre). Así, en el relato se va revelando la minuciosa investigación que la autora ha realizado sobre la cultura de nuestros pueblos originarios, su lengua y sus lugares de asentamiento.
Pero a no confundirse, si de a ratos la narración parece casi naif, con rosados y parlanchines flamencos, duendes y hasta unos sugerentes "tornasolados" que nos cuidan desde las estrellas, hay varios mensajes claros y contundentes. Hoy cuando la globalización impone una única manera de ver y hacer las cosas, arrasando con tradiciones y ecosistemas enteros, esta historia nos advierte sobre los riesgos de lastimar al planeta, al tiempo que nos recuerda los innumerables servicios que nos prestan los árboles. También nos declara que las semillas y plantas son un patrimonio de los pueblos, en un claro alegato contra el patentamiento de la vida que llevan a cabo grandes corporaciones agroalimentarias. Y además nos previene sobre la existencia de los salteadores de la memoria, siempre al acecho para pervertir la historia, contándola a su manera, a fin de ocultar desapariciones e injusticias.
En definitiva, el relato nos propone recuperar los saberes necesarios para el "vivir bien", que tantos pueblos originarios hoy buscan reivindicar e implica la reconstitución de la identidad cultural ancestral y la apertura a nuevas formas de relación más armónicas con los hombres y la Madre Tierra.
Sólo me resta una pregunta:¿quedará para quien suscribe alguna vacante en la escuela de Arapoty?



