Alientan estas líneas la posibilidad de ofrecer al lector un intento de aproximación a la vida de algunos vecinos del pago chico. Historias propias y particulares que podrán ser (o son) reescritas, ya que la memoria selectiva del entrevistado –más allá de las limitaciones del columnista-, dará su versión de hechos que vivió y que han transcurrido por sus días con distintos afanes, pero que han aportado –como tantos otros- esas historias mínimas que todo el tiempo, siempre, también escriben parte de ésta, su (nuestra) historia. Inicialmente, sólo serán tres; otras podrán venir. La de María engalana esta primera entrega.
La vida de puesteros de estancia era común como práctica laboral cotidiana en la campaña bonaerense. Los padres de María, Gerónimo Díaz y Desideria Fernández (fallecida a los 98 años en 1964), vivían con su familia en el puesto número 5, en campos que –recuerda María- eran propiedad de los ingleses, en una zona ubicada allende "El Morejón", donde el camino que venía de Capilla del Señor era nexo comunicante con la antigua cabecera del partido de Campana, pero que también vinculaba a los pobladores en ese naciente siglo XX en la década de 1910 en adelante, con el pueblo a orillas del Paraná de las Palmas.
En esos días de puesteros, María recuerda los sábados en que debían hacer recuento de animales –vacas, ovejas, caballos-, para ser contabilizados por los ingleses, que no pagaban sueldo sino que proveían a la subsistencia del grupo familiar. Aunque don Gerónimo siempre se las rebuscaba para obtener mercaderías del negocio de ramos generales que un tal Romero tenía camino a Capilla.
Desde allí, María transcurrió por una infancia sin muñecas, pero con juegos infantiles marcados por el afecto prodigado a animalitos –corderitos, por ejemplo-, que cual bebés cuidaba y arropaba, dándoles tanto afecto a ellos como a nacidos potrillitas que albergaban esos campos en Campana. Fue recién la década del ’20 la que marcó la emigración familiar al pueblo: los ingleses vendieron los campos y ofrecieron trabajo en el frigorífico "Anglo", hasta le propusieron al padre habitar una casa que le cederían, pero éste no aceptó, precavido de que recurrieran a echarlo cuándo quisieran, por lo que alquiló una vivienda en la zona del Bajo, no lejos de los hoy referenciados "Chalets de los Ingleses"; y María trabajó también en el frigorífico: acá y en el de Zárate, al cual viajaba un tramo en colectivo y otro caminando, o caminando solamente.
María, nacida el 26 de enero de 1912, llevaba consigo una infancia sin escuela, ya que lo prioritario era que concurrieran los (hermanos) "mayores", lo que no le impidió durante su vida trabajar en distintas localidades cuando se mudó a otros lugares, ni asumir una actividad hogareña para la que colaboraba cebando mates a su padre a las cuatro de la mañana u ordeñando alguna vaca sentada en su propio "banquito".
Recuerda María esa década del ’20 en que se vinieron desde el puesto 5, momentos en los que iba a comprar un churrasco a la carnicería "de Marziano", a pocos pasos de la Luis Costa, sobre la otrora "Calle Real" –hoy local de "Credipaz"-, tanto como el día de la semana en que recibían el pan fresco de la panadería "de Maciel", cuando la "premiaban" con un pedazo de trenza de galleta. También recuerda a la "Estación Vieja" en pleno funcionamiento, o los días de función del "Cine Moderno", así como cuando en el ’52 el Presidente Perón concurrió a inaugurar la ampliación de la planta del Tolueno y el júbilo popular que lo acompañó y que percibió en las calles del pueblo.
Recuerda María Ester Díaz un tiempo que ya no es, que la tuvo como protagonista como hija, como madre, como trabajadora, y que la tiene presente en sus 100 años.
María se da un respiro y evoca: "Era lindo el campo…"
Carnicería Marziano.



