Cuando era niña escuchaba a mis vecinos italianos decir esta frase muy frecuentemente. No se si se escribe así; pero así me surge cuando pienso en cantas veces nos gana la ansiedad y nos apuramos a actuar. Creo que el apuro proveniente de dicha excitación es un mal consejero. Entérense lo que les pasó a los participantes de esta historia: "Esta historia que comparto es de origen bambara, de la zona de la Guinea ecuatorial. Los bambara pertenecen a diferentes clanes. Cada clan se define por un antepasado, una divisa y una prohibición. La unidad residencial, productiva y política es la du, familia extensa de carácter patriarcal: el hombre mayor dutigi vive con sus esposas, los hijos y las esposas de e hijos de estos. Cada familia extensa utiliza un espacio físico único llamado "concesión", que puede ser parte de una aldea con otras familias. Cada hombre adulto y cada mujer casada con sus hijos pequeños, tiene una habitación separada. Los hombres jóvenes solteros tienen una habitación colectiva y otra las muchachas solteras. El dutigi se reúne con los otros hombres mayores fa en un consejo que gobierna la familia y en el que no participan ni los hombres jóvenes ni ninguna mujer. La mujer tiene sin embargo relativa autonomía personal. La sociedad bambara es jerárquica, tanto en la organización familiar segmentada según la edad y el género, como en esfera la pública, donde predomina un sistema de castas que distingue, por ejemplo a los narradores, con oficios de los nobles vasallos y siervos. Los peul, también llamados fulani, son un pueblo netamente nómade de origen desconocido y que también habitan el sur de África. Pues bien, un peul y un bambara, que compartían la misma celda, se enteraron por el guardián que por orden del rey, uno de ellos sería decapitado y el otro castrado. El peul, más astuto que el bambara, empezó a quejarse de inmediato, gritando que le dolían los testículos, que le dolían mucho y que pedía un alivio. Gritó tan fuerte que el guardián fue corriendo armado con un sable afilado y le desembarazó de los dos objetos de su dolor. El peul sufrió muchísimo el resto de la noche, pero en el fondo de sí mismo, estaba contento de haber salvado la cabeza. A su lado el bambara dormía profundamente. Por la mañana, el rey los hizo llamar y les anunció que eran libres. Su castigo había sido levantado.
El peul lanzó una serie de imprecaciones y lamentos: -El bambara ha salvado la vida- gritaba,- ¡Y yo he perdido mis testículos!
-Nunca hay que leer la página cinco antes de la página cuatro- le dijo el rey "
¿Y… qué les parece?
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