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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 04/dic/2011 de La Auténtica Defensa.

Quien conoce pocas palabras, piensa menos




Para el presidente de la Academia Argentina de Letras, el destino de la lengua depende de los medios. El doctor Pedro Barcia nos alerta sobre el lenguaje de los jóvenes, recordando que hoy emplean un vocabulario tres veces más reducido que el que usaban hace una década. "El diálogo está desterrado de la escuela", advierte.

- ¿Cómo se refleja el lenguaje en los medios? ¿Estos empobrecen el lenguaje actual?

- Hay de todo. Los diarios son los que tienen tal vez el mejor lenguaje, porque para la producción del diario todavía queda un espacio de revisión, corrección y supervisión, pese a que han desaparecido los correctores y por eso se filtran los problemas. El mayor desajuste lingüístico de los diarios lo tienen los títulos porque tratan de captar la atención y lo que hacen es forzar el lenguaje, romper la sintaxis, y ahí es donde cometen desafueros sintácticos. Pero en general nuestro periodismo es bueno. Tenemos colaboraciones de hombres como Vargas Llosa o, en el caso de Tucumán, Tomas Eloy Martínez, cuando vivía; todo esto hace que mejore el nivel. Esta presencia de intelectuales no se da tan frecuentemente en televisión o en radio. En televisión tenemos géneros que son absolutamente descartables desde el punto de vista del idioma. Los géneros que hoy en día están muy desaforados son los programas de chismes; tienen dos características: pobreza y vulgaridad. En segundo lugar, son muy limitados los programas de fútbol, que es una pena, ya que la Argentina fue un modelo. Había gente de altísimo nivel y hoy quedan muy pocos: Enrique Macaya Márquez o Víctor Hugo Morales, el resto improvisa mucho y no tiene dominio del sistema. La radio presenta un desafuero lingüístico y hay demasiada letrina. Mi tesis es que una puteada, un insulto, una mala palabra son efectivos cuando son colocados insospechadamente en medio de un lenguaje terso, pero si usted lleva todo el lenguaje a una cloaca, pierde efectividad. Pero lo más grave de todo es la pobreza en materia de recursos para la expresión. El hombre piensa con palabras; si tiene pocas palabras, piensa menos. Es importante que en una democracia la gente esté habilitada para hablar, porque puede hacer sus reclamos, sus denuncias. Los pobres indígenas Tobas que están en la Avenida 9 de Julio no tienen capacidad expresiva para defender lo que quieren y entonces pasan a ser ciudadanos de segunda porque no son escuchados. El otro recurso que queda es la violencia; lo que no se dice con las palabras sale con un sopapo.

- Entonces, ¿dónde aprendemos a hablar los argentinos?

- Mi generación aprendió a hablar en la mesa de casa, y cada cual tenía su turno para hablar. Mi padre era tremendo, me pedía que fundamentara cada cosa para no opinar ligeramente. Mi padre era un hombre de mediana cultura pero de mucha sensatez. Ahora, ¿dónde aprende un chico a hablar? La escuela no le enseña y en la mesa no están los padres (porque están trabajando o, si están en la mesa, hay un televisor encendido). ¿Qué les queda? El televisor e imitar a los que están en televisión. Y la televisión es "una cátedra insomne", no descansa. Hay distintos tipos de alumno "esponja", que absorben todo sin discriminación: el alumno "embudo", que se esfuerza por retener algo y se le va todo; el alumno "colador", que se queda con la porquería y deja pasar lo bueno; y aquel que se queda con el grano.

- Alguna vez usted dijo que los periodistas eran inocentes cuando le preguntaban acerca de las malas palabras.

- El que es ingenuo es el que espera que un presidente de la Academia, como yo, se sorprenda frente a malas palabras. Por mi oficio estudio las malas palabras, las defino y las incorporo en el diccionario. Para mí es como trabajar en un laboratorio con gérmenes; no ando contaminando a todos porque estudie el germen de la viruela. Hemos incorporado en El habla de los argentinos una cantidad enorme de expresiones que la gente considera como malas palabras; por ejemplo, "tirar la goma". La mala palabra, como tal, no existe; depende del contexto. Cuando la mala palabra se incorpora al diccionario, al lado tiene una indicación que dice "vulg". Entonces preguntan: ¿ahora podemos decir cualquier cosa porque la palabra esta en el diccionario? ¡No! Fíjese qué marca tiene. Si la marca dice "vulgar" es para gente de poca educación lingüística.

- ¿Se han suprimido algunos acentos de vocablos?

- En principio la ley estaba dicha. Los monosílabos no van acentuados: "fue", "dio", "vio" no llevan tilde. Se dan algunos casos de discusión como "guión". Es una palabra que no lleva acento en la "o" si se la pronuncia monosilábicamente. En el caso de los pronombres demostrativos "este", "ese" y "aquel" no tiene sentido que se acentúen porque son palabras acentuadas de por sí. Otro caso es el de "solo" que solamente se acentúa cuando es adverbio de modo. Yo creo que el contexto ayuda a entender. "Yo sólo tomo café"; "yo tomo café solo".

Pedro Barcia nació en Entre Ríos y vive en La Plata. Es doctor en Letras, titular de la cátedra de Literatura Argentina de la Universidad Nacional de La Plata, director de investigación de la Universidad Austral y miembro correspondiente de la Real Academia Española. Desde 2001, preside la Academia Argentina de Letras y, desde 2008, es el vicepresidente de la Academia Nacional de Educación. Su último libro, en coautoría con Gabriela Pauer, es Diccionabla argentina.

Es autora de esta entrevista la talentosa periodista Alejandra Crespin Argañaraz y difundida con la colaboración del Linguísta Ismael Garzón, director y docente de periodismo del Taller Escuela Mariano Moreno (TEMM) www.tallerdeperiodismo.com.ar


 
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