Buenos Aires (Especial para NA) -- Nadie se lamenta de sus triunfos, sobre todo si son rotundos. Desde este domingo y hasta el 10 de diciembre, solo habrá felicidad en los ganadores. Y es lógico, además de natural, que así sea.
Pero dentro de 47 días, cuando Cristina Kirchner se suceda a sí misma, algo que solo hizo Carlos Menem cuando en 1995 asumió su segundo mandato presidencial, empezará una inexorable cuesta arriba, porque desaparecida la valla del tiempo supuestamente corto de su mandato original, esos cuatro años que van de 2007 hasta hoy y tras ocho años y medio de kirchnerismo ininterrumpido, hay muchísimas excusas que ya dejaran de ser válidas.
A casi diez años del colapso de diciembre de 2001, la eficaz anécdota del helicóptero que se llevó a Fernando de la Rúa de la Casa Rosada, es poco menos que infinitesimal respecto de la larga hegemonía del kirchnerismo en este país.
La progresiva desaparición del pasado como pretexto (la "herencia maldita"), se irá estrellando contra una verdad maciza: el kirchnerismo en el poder es hijo de su propio gobierno y las consecuencias que se patentizan en la realidad son el colofón de sus decisiones y actos de conducción desde el 25 de mayo de 2003.
A la hora de ponerse a sí misma la banda presidencial, Cristina estará acumulando, junto a su marido, nada menos que 101 meses en la cúspide del poder nacional. Ya no hay nada a quien seguir echándole la culpa. Los cambios con relación al triunfo de 2007 son visibles.
De la ensoñación dialoguista de 2007 ("Cristina, Cobos y vos"), pasamos a la conducción drástica y la unanimidad sin matices. Del radical mendocina Julio Cobos al economista Amado Boudou hay una peripecia de moraleja elocuente, la que expresa un gobierno auto centrado y completamente desinteresado, en función de su éxito hasta hoy, de introducir cualquier variable de consenso o concertación con nadie que no sea consigo mismo. No se le deben escapar a Cristina Kirchner los serios desafíos que se abren desde hoy.
Pese a este gobierno en funciones desde mayo de 2003 le molesta que se explique un aspecto de la recuperación argentina desde el evidente marco de la recuperación que se vivió en toda América del Sur, no puede ignorar en su fuero intimo que las condiciones externas han sido decisivas para permitir que, a partir de abril de 2002, se iniciara un fuerte repunte de la economía y de la vida social. Sin embargo, el oficialismo no debería negarse a sí mismo que el país de 2011 está mucho mejor que el país de 2001, pero sigue estando muy por detrás de las variables productivas y de empleo de hace apenas 15 años.
La Argentina se ha recuperado si se la confronta con la lacrimógena imagen de aquella patética primavera de 2001, pero tanto crecimiento de la economía durante estos años y un consumo tan cebado, con incremento tan impresionante de la demanda, no han sido y no podrán ser de manera alguna la puerta de entrada para traducir crecimiento bruto en desarrollo neto, dos conceptos que se deben subrayar como enteramente singulares y -sobre todo- no homologables.
Cabe, sí, preguntarse si tras ocho largos años de retórica progresista tan corrosiva como caudalosa, cambiará el aire de época en la Argentina.
Incluso hasta quienes más fastidio han sentido y sienten por este gobierno pueden conceder que tras la debacle de 2001, a la Argentina no le venía mal un periodo de sostenido aflojamiento de los rigores ordenancistas.
Pero como todo en la Argentina, una década después el país se ha instalado en el hábito resignado a la imprevisibilidad, la arbitrariedad y la discrecionalidad más brutal en la manera de gobernar.
Prepotencia y verticalidad han ido de la mano con una tolerancia deliberada del caos, justificada desde el "mantra" de evitar que el país estalle de nuevo por la brutalidad represiva ciega. Pero la Presidente no debería ignorar que los millones de votos que hoy la seguirán atornillando a su cargo habrán de ir saciando sus apetitos iniciales.
La Argentina, sobre todo su gobierno, deberán mejorar dramáticamente su performance de conducción, porque los buenos tiempos pueden ser largos pero no eternos. Siempre ha exhibido el peronismo una colosal ductilidad para asociar sus formas naturales (su viejo disco rígido, estatalista, centralista y vertical) con sus aditamentos pasajeros.
Ese peronismo fue montonero en los tempranos años ’70, como había sido socialcristiano antes y como seria neoliberal y thatcheriano en los años ’90. No pagó precios demasiado altos por sus oscilaciones, porque lo que pierde por derecha lo gana por izquierda y viceversa. Este peronismo kirchnerista hoy mayoritario ha tenido el merito de "leer" de manera muy precisa el perfume de la época que arranco con el derrumbe caótico de la convertibilidad.
Ha navegado la ola con una destreza admirable, toda vez que hasta por lo menos 2006, el entonces gobernador Néstor Kirchner se sentía cómodo con la presidencia de Menem y con el programa de Domingo Cavallo. ¿Qué perfume destila esta época? Ese anti-capitalismo ácido e infantil de los indignados neoyorquinos y madrileños de hoy, no sirve para mucho en las peculiares condiciones de una Argentina cuyo colchón de pobreza sigue siendo de un 30% de la sociedad.
Las deudas del kirchnerismo ya son casi todas consigo mismo y la previsible mayoría en el Congreso desde diciembre no es sinónimo mágico de adquirir la excelencia de gestión que el oficialismo no ha tenido hasta el día de hoy.
Es que nuevos conflictos y viejos dilemas aguardan ser sustanciados y el Gobierno debe saber que el círculo virtuoso del consumo y la felicidad popular se van a ir enroscando inexorablemente en cuellos de botella.
En ese punto, el kirchnerismo podrá vérselas con la cara adversa de su propia receta. Tras casi una década de habla de derechos y nunca de deberes, tras empacharse con la farsa demagógica del "nunca menos", en la famosa mesa de los argentinos hay hoy menos carne vacuna que nunca y las estaciones de servicio exhiben la foto de una escasez ya estructural de combustible.
Aunque no menos del 70% de lo que producen las súper privilegiadas terminales de autos (el niño mimado del modelo kirchnerista) se despacha a Brasil, la Argentina ya se ha convertido en un país que no puede llenar el tanque de sus rodados sin importaciones masivas y muy caras.
El "modelo" ha producido un brutal mejoramiento de sectores específicos, muy favorecidos, que se apalancaron en las llaves centrales del camino recorrido hasta hoy, pero ¿sostendrán su calidez hacia el oficialismo cuando el cuerno de la abundancia estreche su boca de salida?
La Argentina debería prepararse con inteligencia y sabiduría para esos nuevos tiempos, que llegaran con seguridad. Ninguna catástrofe se avecina en la Argentina y no estamos zapateando al borde del apocalipsis, pero vale la pena dar por hecho que desde hoy en mas todo será menos romántico y triunfal.



