Sin existir celulares, ni tampoco las casillas de mail, vaya a saber uno porque situación hasta hoy para mi desconocida, nos encontrábamos varios chicos para ir a jugar a la pelota.
Con la redonda bajo el brazo en una esquina o pasando por alguna casa en un horario en un tiempo determinado o por esa intuición que da la calle y la costumbre, de a poco nos íbamos juntando para una tarde de siempre. Una combinación y mezcla perfecta de pelota, encuentro, amigos y fútbol... ¿para qué más?
Las tres cuadras que nos separaban de la canchita se convertían en el precalentamiento esperado, en la impaciencia del juego. Era imposible ir hasta el potrero con una pelota y llevarla a "upa". La pelota se hizo para que ruede, para que esté en el suelo, por eso al caminar ocupábamos el ancho de la calle en una previa que consistía en pases, charlas de cualquier cosa y el apuro y la rapidez para que no toque el agua del cordón, no vaya a ser cosa que me ensucie las zapatillas, pero mas que nada se mojaban y era incomodo para jugar después. Si pasaba que la tierra y el agua ensuciaban la pelota, ahí se disparaba un insulto pasajero, la sonrisa, el lamento del otro lado y buscando un pedazo de césped abultado recién cortado, se la pasaba presionando fuerte para que quedara como si nada hubiera pasado.
Esta costumbre de saber cuando nos juntábamos para jugar, ese manejo del tiempo y espacio callejero, también lo teníamos para saber cuando terminaba el primer tiempo.
A veces decíamos "..A cinco goles cambiamos de arco..." sino, cuando nos parecía que había transcurrido mucho tiempo, nos poníamos de acuerdo y terminaba el primer tiempo, o por alguna situación especial como ser un descanso o una corrida hasta la manguera del vecino que regaba el jardín. En algún momento se terminaba el primer tiempo y empezaba el segundo. Lo que sí, casi siempre, la pitada final la daba el sol cuando ya tenía ganas de irse.
Cuando terminaba el partido, también casi terminaba el día. Así volvíamos a la calle con nuestra pelota un poco más gastada que antes, con nuestras zapatillas tan sucias como nuestras rodillas, con algún raspón diferente a los anteriores. Volvíamos comentaristas deportivos, de dudosa parcialidad, de políticos convencedores y marketing de nuestro propio juego. Así volvíamos "pa´ las casas" compartiendo la única pelota disponible, abrazados por la culpa de jugar, sofisticada sonrisa cómplice de amistad extendida hasta mas entrada la noche, sentados en algún cordón de vereda que se asemejaba al vestuario mas discutidor, motivador y analista. Después del partido compartíamos tantas o mas cosas que el durante. Sin querer habíamos creado el tercer tiempo.
El rugby lo tiene entre sus primeros principios de extendido compañerismo, es una obligación de honor para este deporte no tan popular, no mediático y no profesional, la realización del tercer tiempo. Ese encuentro después del técnico-táctico que junta jugadores y árbitros que participaron del juego, se transformó en una tradición del rugby. Luego de la "batalla" del partido en dos tiempos, el tercero es el de las relaciones y el entendimiento.
Aprovechando la realización del campeonato infantil de Plaza Italia, decidimos implementar el tercer tiempo entre los mas infantiles del "Club Atlético Las Campanas".
Sabemos perfectamente la actitud paterna antes, durante y posterior al partido que se traduce en preparación para la competencia, gritos ordenes, deseos, aplausos y/o reto, ropa, auto, casa y listo. Si te he visto ni me acuerdo.
Por esto me preocupé en subir y andar la tribuna, hablando con cada padre, con cada madre sea partidario o no, con el arbitro, con el organizador. Lo único que íbamos a hacer, una vez terminado el partido, era repartir alfajores y jugo en un mismo vestuario, una motivación, contarles que es el tercer tiempo, un aplauso, una foto y el deseo mas querido, si te he visto se de donde y porque En la foto, los chicos de blanco que están adelante pertenecen a la Escuela de Fútbol "Que Golazo" mezclados atrás y de azul los "Pekes" de "Las Campanas" que perdieron ¿8 a 0? ¿9 a 0? no importa…ahí está la alegría del juego compartido.
Esta vez les toco a ellos, mañana se verán en equipos distintos, quizás el futuro los encuentre en el mismo equipo, pero es el inicio del tercer tiempo compartido en infantiles. Para que cuando empiece la competencia verdadera sepan que alguna vez han compartido un momento de su vida en el juego de equipo. Muchos problemas se terminan si de a poco tomamos esta costumbre, el futuro está aquí nomás, cerquita, a la vuelta de la esquina, en el simple pestañear nuestros hijos ya son adolescentes y no nos dimos cuenta. Es hora de que empecemos a dejar huellas y a marcar el camino
Como cantaba Serrat "…Caminante no hay camino, se hace camino al andar…" de lo contrario quedará en una foto de paso…ellos no se lo merecen
HASTA LA PROXIMA
NESTOR OSCAR BUERI
Observador y Coordinador de Grupos
Psicólogo Social
Charlas y conferencias
nestorb_ps@hotmail.com



