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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 29/may/2011 de La Auténtica Defensa.

Generando Realidades:
La leyenda de Atmaka
Por Mariela Oppici




Hace mucho tiempo, en el gran océano del amor, donde todos estaban tan conectados que formaban una gran unidad, había una gota, que se sabía gota y se sabía océano. Esta gota se llamaba Atmaka, la cual luego de haber vivido en otros mundos y de haber estado en la tierra de diferentes formas, había decidido volver, pero ahora con la forma de un cuerpo humano.

Cuando aún era océano, fue eligiendo quién iba a ser, cuáles iban a ser sus pruebas, su misión en esta nueva aventura que emprendería. Su más grande desafío sería recordar siempre al océano, su origen, su esencia.

Así fue como esta gota de océano se transformó en un bebé que fue recorriendo las orillas del mundo hasta encontrar su lugar en una aldea.

Allí fue creciendo Atmaka, criado por una familia de aldeanos. Todos decían que eran un niño muy sabio, desde chiquito pasaba horas contemplando al mar desde la costa y solía decir que allí estaba Todo. Por supuesto que los niños de su edad no podían comprenderlo, pero les gustaba escucharlo contar sus historias del océano y de sus vidas pasadas.

Así fueron pasando las estaciones, los años y Atmaka ya no disponía de tanto tiempo para apreciar al océano, ya que al igual que todos los hombres de la aldea, debía ocuparse de buscar el sustento para las mujeres y niños de la aldea. Y como consecuencia, se fue olvidando, fue guardando sus recuerdos muy dentro suyo, en lo más profundo de su ser. En su memoria apenas se recordaba como una gota de agua, pero nada recordaba del océano.

Cada vez que transitaba por la costa del mar, miraba con nostalgia, con el anhelo de querer saber algo más. Un día de verano que por allí pasaba, decidió detenerse a descansar e ir a refrescarse al agua. Fue allí, mientras nadaba, donde vació su mente por un instante, como si fuesen flashes, destellos de la nada. Se sintió fusionarse con el agua, volvió a sentir el océano, se sintió gota y se sintió océano. Atmaka cerró sus ojos y se dejó envolver por el cálido abrazo del agua, fue recibir una caricia muy añorada. Entonces, vio la nada; y supo que si no hay nada, nada necesita, con lo cual lo tiene todo. Luego, vio que no había tiempo y supo que tenía la eternidad. Finalmente, vio que no había espacio y supo que era ilimitado, tenía la inmensidad, la infinita libertad. En aquel momento, comprendió que todo era una ilusión, donde todo pasa y se transforma continuamente. Era una gota de luz eterna que se enciende y se apaga, que muere y que nace, que va y que viene en formas y medios diversos, hasta que un día se quedará por siempre en aquél océano.

La leyenda cuenta que en aquellos instantes en que perdemos la noción del tiempo y nos quedamos sin pensamientos es que Atmaka anda cerca para ayudarnos a recordar quiénes somos realmente. Y como su nombre lo dice, para recordar nuestra esencia, nuestra Atmaka.

Por eso, cuando tengas esos momentos en que te quedas contemplando la nada, en donde la mente vuela y el tiempo desaparece, escuchemos a Atmaka, observemos nuestro interior, tal y como somos; volvamos a nuestro origen como niños que recién salen al mundo, libres, llenos de amor y de luz.

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