SALTA Y JUJUY
El viaje puede empezar en cualquiera de las capitales, Salta o San Salvador de Jujuy. Desde allí los circuitos imprescindibles son el largo cordón de pueblos de la Quebrada de Humahuaca y los Valles Calchaquíes o la Puna. El recorrido permite el reencuentro con tradiciones ancestrales y con un paisaje de belleza y soledad inaudita.
Desde cualquier punto del país del que se llegue, San Salvador de Jujuy (230.000 hab. y 1.359 msnm) o Salta (367.000 hab. y 1.187 msnm) son las puertas de entrada para estos circuitos de singular belleza y en los que la historia ni siquiera parece haber sido escrita alguna vez, sino que simplemente vive allí.
Con su digna pobreza y el orgullo de preservar un riquísimo patrimonio, de antes de la colonia, la gente que habita estos pequeños pueblos nos devuelve otra imagen del país, una forma distinta de ser y sentirse argentinos.
Pese a ser la ciudad con mayor infraestructura de servicios de la zona -después de San Miguel de Tucumán-, Salta destila tradiciones y folclore en cada manzana. Basta dar una vuelta de unas pocas cuadras por las inmediaciones de la plaza 9 de Julio para encontrarse con una armoniosa mezcla de estilos arquitectónicos que remiten tanto al período virreinal, como al siglo XIX, o los años 60, en que se impuso lo que los arquitectos definen como "neo colonial salteño". Allí están el antiguo Cabildo que alberga al Museo Histórico de Norte, la casa museo Uribiru y la Iglesia y Convento de San Francisco, entre otros muchos testimonios de todos los períodos. Para tener una vista completa de la ciudad y del valle de Lerma nada como subir al teleférico que parte del parque San Martín.
VALLES CALCHAQUIES
Agua, madera y frutos fueron los tesoros que encontraron los antiguos pueblos precolombinos en los valles Calchaquíes (que no se llamaban así, por cierto). Todo un lujo en una tierra de entrañas pobres, donde la subsistencia se tornaba una hazaña azarosa.
Los agricultores yocaviles, kilmes, colalaos, tolombones y calchaquíes se establecieron aquí cuando llegaron los conquistadores españoles encontraron pueblos sólidamente asentados que habían logrado domesticar las llamas para usar su carne y su lana y sabían irrigar la tierra para que produjera papa, zapallo, maíz, chaucha, poroto y mani.
Enmarcados de un lado por la Puna inhóspita y grandiosa y del otro por llanos interminables. El nombre en plural se debe a que se trata de dos valles: el del Río Calchaquí y el de Santa María, que se prolongan hasta las provincias de Tucumán y Catamarca.
TODOS LOS CAMINOS LLEVAN A CAFAYATE
Cafayate, una apacible ciudad de apenas 7000 habitantes 186 km al sur de la capital salteña, es el corazón de los valles. No solo confluyen aquí los dos ríos que los atraviesan, sino también los tres caminos que los enlazan.
LA QUEBRADA
A la altura de León, un pequeño poblado 26 kilómetros al norte de la capital jujeña, las pendientes abruptas que dejan ver estrías de diferentes colores en sus laderas que rematan en picos de 3.000 metros de altura encajonan la ruta nacional 9 y anuncian al viajero que ya entró plenamente al valle del río Grande, más conocido como la Quebrad de Humahuaca.
En la entrada de Punamarca está el famoso cerro de los Siete Colores, que en realidad tiene muchos más. Al contraste de las imponentes montañas policromas y el verde de los álamos, acentúan la impresión de que Punamarca es más un cuadro que un pueblo. Pero su activo mercado de artesanías junto a la plaza lo desmienten.
En Tilcara, considerada la capital arqueológica jujeña, la visita obligada es su famoso pucará, una gran fortaleza de la tribu Tilcara de origen Omaguaca, al igual que todos los pobladores prehispánicos de la Quebrada. El pucará fue descubierto en 1908 por el arqueólogo Juan Bautista Ambrosetti.
LA PUNA
Salares, altas cumbres, volcanes viejos y nuevos, pequeños pueblos diseminados aquí y allá, caminos que se andan y se desandan, un silencio enorme bajo un cielo de tonalidades deslumbrantes en contraste con los ocres y grises del suelo. Eso es la Puna, una vasta región que se extiende desde el noroeste de la provincia de Catamarca hasta La Quiaca, en Jujuy.
Se necesita disponer de cierto tiempo y cierta mirada despojada de los convencionalismos de la sociedad consumista para apreciar la verdadera magnificencia de este paisaje tan árido como bello y solitario.
EN TREN A LAS NUBES
Ni la montaña rusa más audaz del planeta podría imitar el trazado de las vías del Tren a las Nubes, una de las obras de ingeniería más colosales de que se tenga noticias. En sus casi 600 kilómetros de recorrido sobrepasa alturas de 4.000 metros, cruza 21 túneles, 31 puentes, algunos a alturas escalofriantes, y cada una de las 1279 curvas de su trayecto depara alguna sorpresa no apta para cardíacos.
La mayor parte del trayecto que cumple actualmente, unos 200 km. sólo con fines turísticos, transcurre desde la capital provincial hasta el viaducto de La Polvorilla (4.144 m) pasando por San Antonio de los Cobres (3.774 m) en plena Puna salteña.



