Pensando en qué escribir para esta ocasión, encuentro a mi lado una revista de Montañismo, y en una de las fotos, donde se puede apreciar el Chaltén, leo un texto escrito por Alfonzo Vizán:
"Arriba no hay nada, sólo la historia que has escrito con tu vida para llegar. Por eso, en realidad, no importa llegar hasta arriba, sino la forma en que lo has hecho."
Entonces pienso, será que esta actividad es un modelo de la vida misma? Así que comienzo a leer el artículo que a continuación les transcribo:
"No eligieron verlo bajo el agua, ni siquiera eligieron verlo desde abajo. Los montañistas eligieron ver el mundo desde arriba. Desde muy arriba. Dicen que allá, en el techo del mundo todo es diferente.
La mayoría va por la cumbre, otros se conformarán con tocarle el hombro porque el reto es primordialmente físico.
La montaña exige. Exige lucidez y todo lo que se traduce como temple y, sin lugar a dudas, algo de poética locura, por no decir locura a secas. Si bien en la montaña se vive a pleno la vida, también de la misma forma a veces se la pierde. Se habla de negligencias o de fatalismos para explicar el grado de responsabilidad personal puesto en ello.
La montaña también pide camaradería. Y sabe de códigos. Allí, una mínima ayuda puede salvar una vida. Dicen asimismo, que la montaña da permisos o los niega. Es benevolente o se cobra algo, quién sabe qué, sin piedad. El humor de la montaña es tan cambiante que sólo con experiencias se aprende a decodificar. La montaña habla.
Algunos montañistas en especial ascienden solitariamente; otros proclaman el "nunca solos", frase que encierra el deseo de compartir belleza y transmitir conocimiento, pero que también es un manifiesto de mínima seguridad necesaria en este deporte de riesgo. Soñadores solitarios, majaretas trashumantes o quizás simplemente nómades, cuya única patria son las cumbres, los cerros y los volcanes. Así son los montañistas, infatigables amantes de las alturas."
Y al seguir leyendo hay un comentarío de un montañista, Fer Vilardebó:
"…Para mí, montañismo es estar en la montaña, ascenderla hasta hollar su cumbre o hasta el lago solitario. La determinación de subir es un deseo que nos hace persistir en el esfuerzo. A medida que avanzamos, la montaña y su entorno caprichosamente cambian y sorprenden; y lo mismo nos pasa a nosotros estando en ella.
El premio no es la cumbre, en la cumbre no hay nada, el premio es la relación con la montaña y lo que ella nos da, nuestra propia y correcta dimensión en relación a la naturaleza. La cumbre es sólo una casualidad bien organizada del último día. Si todo se da traemos una foto, y si no, igual volvemos felices, y ¡a programar la próxima ascensión!..." (Deportes Extremos Nº 3 - Supervivencia/ Montañismo, Ricardo Canga y Silvina Rocha)
Al igual que al subir una montaña, en la vida, lo que importa es cómo la vivimos. Y la vida nos exige, tiene códigos. Nuestro entorno cambia y nos sorprende, haciendo que nosotros también vayamos cambiando y sorprendiéndonos. Por momentos podemos disfrutar alegremente, y por momentos se nos hace más difícil, siendo mayor nuestro esfuerzo. Por eso debemos tener temple y esa poética locura que nos hace arriesgarnos y seguir para adelante. La vida también nos habla y nos enseña, pero sólo con experiencias aprendemos a decodificarla. A veces solitarios, otras veces "nunca solos". Hasta que luego de cumplir con nuestra misión, llegue el momento de quedarnos en la cumbre a contemplar el paisaje por siempre.
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