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» Este artículo corresponde a la Edición del jueves, 23/dic/2010 de La Auténtica Defensa.

El hombre del supuesto tesoro
Por Claudio Almirón




En varias notas a lo largo del tiempo, y recordando siempre a mi querida amiga Marta Chaile, una frase que siempre utilizó..."El valor de las pequeñas cosas", vuelvo a mencionar, que si nos diéramos cuenta de ello, seríamos muchos más felices, porque algunos hombres, no logran entender esto, simplemente...porque tienen los valores cambiados, y piensan más en dinero, el poder, y fama, una ambición desmedida que hace tanto daño, y se ve algunos políticos que por un voto, venden hasta su dignidad, ves en algunas personas que con tal de ganar más dinero hacen lo que sea, aún embromando a un familiar si fuera necesario, y así, muchos ejemplos, pero que importante es, que podamos entender este mensaje y lo pongamos en practica no? Esto me gusto y lo comparto,"Un vecino llamado Luis, al cuál los niños del barrio lo habían apodado el ´señor rico´, porque los adultos cuando dialogaban sobre él, comentaban que había cobrado una indemnización millonaria. Era considerado un abuelo postizo no solo por mí, también por todos los niños de la cuadra. Siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara y con una cariñosa costumbre; llevaba en sus bolsillos una bolsa de caramelos para convidar a sus amiguitos.

Una mañana, sin desearlo, escuché al almacenero comentar que la señora de don Luis se encontraba internada, muy enferma, y debían realizarle un duro tratamiento médico. No solo pensé en ella; también me imaginé lo triste que sé encontraría, nuestro amigo mayor.

Luego de un par meses a pesar de los intentos de los facultativos para salvarle la vida, su señora fallece dejándolo solo para siempre. Don Luis nunca volvió a ser el mismo, aunque esbozaba una sonrisa para estimularnos, nosotros percibíamos su profunda tristeza.

Un día nos percatamos que no lo habíamos visto ni siquiera para recibir el diario, preocupados decidimos espiarlo por el ventanal del fondo de su casa.

Asombro nos causó cuando lo divisamos abriendo un pequeño cofre de madera. Todos pensamos que don Luis guardaba un tesoro, seguros que conservaba mucho dinero o joyas. Mientras lo observábamos, notamos al diarero ingresando a su casa y don Luis al ser sorprendido guarda de forma inmediata el cofre, sin advertir que la visita ya se había percatado de todos sus movimientos. Al instante ellos entablaron un diálogo y nosotros decidimos marcharnos, luego de comprobar que nuestro abuelo, se encontraba aparentemente en buen estado de salud.

En el transcurso de una semana, el rumor que don Luis guardaba un tesoro se había propagado por el barrio, a pesar que nosotros habíamos pactado mantener el secreto, parecía ser que el diarero no pensó lo mismo por el bien de nuestro abuelo del alma.

Aunque él estaba al tanto de los chismes, nunca perdió la costumbre de abrir todas las tardes el cofre y nosotros de espiarlo para lograr descubrir cuál era su tesoro.

En el transcurso de un mes, nuestra costumbre y la de don Luis sufrieron un cambio radical. Una noche fría de invierno, un ladrón ingreso en su vivienda en busca del tan famoso cofre de madera, don Luis al notar que este lograba escapar por el ventanal de su otra habitación, ante la impotencia de perder su tesoro en el bendito cofre, comienza a pedir auxilio y en medio de los gritos sufre un ataque al corazón. Los vecinos que lo fueron a asistir inmediatamente lo llevaron a la clínica más cercana. Con la eficaz atención de los médicos lograron estabilizarlo, pero él solo se lamentaba por su cofre, aunque los amigos le comentaban que primero estaba su salud.

Transcurridas tres semanas le dieron de alta y nosotros fuimos felices a visitarlo, con una ocurrencia inocente, que a don Luis lo entusiasmó. Cuando le comentamos que podría publicar un aviso en el diario pidiéndole al ladrón que le regresara el cofre, él enseguida tomo una lapicera y comenzó a redactarlo y al leer la siguiente frase, todos nos miramos: ¡Señor, el tesoro que me llevó, para usted no posee ningún valor, pero para mí su valor lo llevo en mi alma!

Al día siguiente de publicar el aviso era su cumpleaños y todos los vecinos fueron a saludarlos. En medio de la reunión, escuchamos golpear la puerta y al atender don Luis encontró en la vereda su cofre, con una tarjeta que tenía escrita unas pocas palabras: "Espero que me puedan perdonar". A don Luis, en los ojos se le marcaron unas débiles lágrimas, lo posó sobre la mesa y cuando nos ofreció revelarnos su tesoro, algunos esperaban que sacara de la caja unos cuantos billetes.

Apenas levantó la tapa forzada por el ladrón, lo primero que apoyó en la mesa fue la foto de su señora amada junto a él, luego un relicario, una cadena con una pequeña frase": Amada mía, por siempre juntos" y cartas escritas por ella en su juventud. Mientras él confesaba que toda su indemnización la había gastado en el tratamiento de su esposa y que subsistía con una modesta jubilación. En ese preciso momento descubrimos quienes de los presentes pretendían que fuera otro el valor del cofre. Algunos se marcharon y otros nos quedamos a escuchar algunas historias sobre ese tesoro.

Todos los niños de la cuadra, crecimos recordando a nuestro amigo don Luis y convencidos, que cada uno posee en esta vida un tesoro humano, y solo depende de nosotros el valor que le brindamos. Creo que no hace falta agregar más nada, FELICES FIESTAS!! Y disfrutemos de las pequeñas cosas.

Claudio Almirón


 
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