Todos los hombres del mundo claman por lo suyo. Piden pan, trabajo, salud, educación, que no haya guerras, que sus hijos no sigan muriendo producto de los grandes males que azotan desde siempre a la humanidad.
Son pocos los que piden las herramientas para construir un mundo mejor para todos. Estamos muy metidos en nuestros propios problemas, como para entender que las cosas cambiarán de verdad, cuando hagamos nuestros los problemas de los otros. Cuando entendamos que si algo terrible está sucediendo en alguna parte del planeta, eso nos afecta a todos. Que la interrelación que existe entre todos los seres vivos, hace que el mal de alguno afecte al resto.
Siempre, desde que lo descubrí en algún discurso que se transmitió por TV, pensé que Néstor Kirchner entendía algo que al común de los mortales se nos escapaba. Y eso fue justamente lo que me gustó y emocionó de él. El sabía, sabía cosas que los demás no, que los demás quizás nunca no. Que los demás si tenemos suerte por ahí algún día sí.
El otro día releyendo el "If" de Kipling, volví a pensar en él, en su gesto genuino, sin reveses. Y tuve la sensación cabal de que él sí era un Hombre. Alguien para quien los demás hombres eran valiosos. Y luego meditando acerca de mi propia vida, y de que me gustaría poder dejar algo valioso para alguien cuando ya no esté aquí, recordé el versículo de la Biblia, cuando Jesús dice:
"Y no hay mayor amor que este: que uno ponga la vida por sus amigos".
Y eso nomás: poner la vida, dejar todo en el ruedo, no escatimar nada. Me sentí agradecida, feliz de haber podido vivir esta experiencia de tener en Mi País a un Presidente que entregó su vida y lo hizo sin reprocharnos nada.
María Garay



