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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 10/sep/2003 de La Auténtica Defensa.

CANTANDO EN VOZ BAJA  
Memorias de Norma Frutos




PINCELADAS POR AQUI Y POR ALLA

(1ª. PARTE)

Muchas veces me da por describir o imaginar las situaciones que experimentan otras personas (o yo misma) ilustrándolas mediante formas y colores. Un estado de ánimo un color, una experiencia una forma; el color y las formas son resplandecientes o atractivas (o no), dependiendo de si son interesantes de encarar (o no), entonces lo que fue o pudo ser es comparable a una tela cuyo esbozo aguarda por las manchas que el pincel deje sobre ella.

Es sencillo, por lo general las personas sanas lo dan por sentado, incorporarse de la cama cada mañana y apoyar los pies en el suelo con una idea en mente y lograr que sus piernas lo sostengan o dibujar con su cuerpo figuras cual bailarín avezado; ese simple comienzo cotidiano es una muestra de lo que su maravillosamente diseñado organismo le permite hacer... es privilegio del cual muchos no están dotados. A falta de energías físicas existe otra tan poderosa y capaz de sostener vida aun cuando, vista de afuera, las posibilidades no son favorables, menos cuando el tiempo (inexorable, incansable caminante) las desgasta con autoridad y sin piedad: ese poder reside en la razón y es ella timón para realidad o quimera.

Aprendí a lograr almacenar en mi cabeza abundante información e imágenes amalgamadas con tantos sueños que si era diestra con mi timón seguramente habría éxito y satisfacción en mi camino. Mi mundo literal (desde ese lejano punto donde comienza mi memoria a revivir acontecimientos personales) estaba por demás limitado; era un conjunto de circunstancias que de alguna manera ya he declarado en otros capítulos, si digo que me sentía infeliz falto a la verdad porque en principio esas limitaciones eran normales, ya sea por ojos literales o imaginativos no podía desear o anhelar lo que desconocía (salvo caminar y jugar como los niños con quienes me comunicaba y de los cuales muy contados se detenían para pasarlo bien ‘a mi manera’). Aprender a leer, abrir mi intelecto, esperar con ansias la hora de clase particular fue absorber con apetencia el universo que mis maestras traían a ‘mi isla’ y soñaba con viajar a los lugares de los cuales los libros y estudios me hablaban... parecía tener dominio sobre los sueños hasta que pretendí ( a los 18 años) que estaba a punto de ‘volar’, en realidad como la perdiz, cortito; si recuerdan la película de Luis Sandrini "Cuando los duendes cazan perdices" lo entenderán bien.

Fue, en verdad, ‘el vuelo de la perdiz’. Comencé ‘mi vuelo’ leyendo una mañana un diario capitalino en cuyas páginas leí un aviso grande que atrapó toda mi atención; promovían por cierta cantidad de dólares (que deben haberme parecido muy pocos para nuestro presupuesto) una excursión a Israel. Recuerdo haberlo leído muchas veces, en cada una de las cuales mi posibilidad personal se acercaba a cumplir ese sueño largamente acariciado. Todo en mi mente encajaba tan bien que hice planes para viajar con mamá, mi compañera incondicional y compartí esos planes a la hora del almuerzo con la familia porque coincidentemente papá estaba de franco. Fueron muy comprensivos y me ayudaron a ‘ver’ algunos aspectos que para nada empañaron mi ilusión, no hablaron de presupuestos reducidos ni tampoco sacaron a la luz otros detalles reales. Esa tarde concurrí a mi clase de arte y no recuerdo como empezó todo pero si me ‘veo, así como sucedió’, rodeada de mis compañeras a quienes les contaba de mi viaje a Israel, mi profesora estaba alerta y se acercó al grupo. Eran dos imágenes; ellas comentando que yo proyectaba algo que para ellas era imposible, entiendo que se alegraban al saber que tendría acceso a esa realidad ‘tan física e ideal’; yo estaba en ‘mi propio mundo’, participándoles de un plan que no se ajustaba a mí exactamente si pretendíamos ser sensatos pero lo creíamos porque todo mi ser estaba convencido e irradiaba entusiasmo. Debe haber sido mi momento de gloria.

Cuando volví a casa seguí leyendo una y otra vez el dichoso aviso y repetía a los míos cómo solucionaría lo que parecía más difícil. Cuando leí en letras pequeñas algo relativo a gastos y detalles semejantes le pregunté a mi padre su significado y él, conocedor del mundo real, me dio su interpretación y el costo en dólares (y luego traducido a nuestro dinero) se elevó tanto que ‘mi globo se pinchó’. Mis compañeras habrán comentado lo mío con sus mayores y cuando volvimos a encontrarnos pareció para todas un tema superado, sin burlas ni reproches. La ‘perdiz’ que vive en mí nunca más intentó aventurarse a ...soñar con un viaje de tal envergadura.

Tenía 14 años y mi vida no era ‘rosa’ sino celeste, Beatriz estaba embarazada y yo soñaba con ese bebé que veía crecer con su vientre como si fuera parte de mis propias entrañas y lo llamaba ‘el nene’. Ese bebé, de lo cual no cabrían dudas sería un varoncito y para él ‘tejía’ una vida idealizada. Mientras tanto bordaba, cocía y tejía pequeñas prendas con detalles en celeste. Cuando el 23 de enero del ’62 nació Mauricio Alberto (contribuí escogiendo su segundo nombre) me sentí tan feliz como si hubiera sido mío. Prácticamente sentí que se separó de mí cuando cumplió 15 años y fue a una escuela militar. Había compartido mil pequeñeces con mi sobrino (como enseñarle el sabor de un caramelo masticable y entretenerlo sosteniéndoselo para que no se ahogara cuando tenía pocos meses, le enseñé a cantar y bailar al ritmo de mi música nuevaolera, a dibujar juntos y resultó tener buena mano, a ‘mamar’ el automovilismo deportivo...) y sentí dolor en mi pecho cuando ‘el celeste’ se tornó ‘color hombre’ porque el nene había crecido pronto e iba tras sus propios anhelos, ya muy distantes de los míos. Cuando su hijito Joaquín se desarrollaba en la panza de su madre comencé a alimentar aquella vieja sensación pero habían pasado cerca de 30 años y no me sentía con fuerzas para ‘luchar’ con mis ‘chocheras’ y ahogué mis entusiasmos y trato de no pensar en ‘celeste’ y ser una tía-abuela desapasionada, muy siglo XXI. Solo tengo que cerrar los ojos y siento esa viaja ternura que me embargó cuando tuve sus tiernos y pequeños cuerpecitos en mis brazos (como si el tiempo se hubiera detenido) y el ‘celeste’ invade mis sentimientos porque, siempre serán pequeños y frágiles en un rinconcito de mi memoria aunque hayan crecido y mucho (y el más pequeño se aproxime a la pubertad).

(Continúa en la 2ª. PARTE)


 
P U B L I C I D A D






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