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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 10/sep/2003 de La Auténtica Defensa.

El miedo a conocerse  
Por Juan Alberto Yaría (*)




«La Verdad es la humildad y la humildad es la Verdad». Anónimo místico medieval

LA PLATA (Especial de AIBA). El hombre lleva dentro de sí un espejo que debe atravesar para conocerse (al otro que hay en él) y para conocer (al otro que está frente a él). La clínica cotidiana de las variadas adicciones (alcohol, juego, sexo, drogas, trabajo) está llena de personas que no pueden más que visitarse a ellas mismas.

La compulsión adictiva o la impulsión son formas mitigadas y autoagresivas de restañar a un Yo herido por una realidad: la propia y la ajena; a la cual no se quiere escuchar. El sufrimiento no se transforma en conocimiento, es sólo frustración, rabia y un intento enfermo de reafirmar un ego herido ante la dosis de realidad que nos proporciona el encuentro con nuestro sí mismo doloroso o con otro que desmiente nuestras ilusiones.

Entonces me refugio en mis alucinaciones, creo un mundo irreal desde la química.

El espejo en donde me miro adopta distintas formas: soberbia, omniciencia, omnipotencia. Vive representando ante los demás. Es el mito de Narciso. Este sólo se pudo ´unir sin unirse´ a la ninfa Eco. Esta sólo le repetía lo que él decía. El ciego Tiresías ya había pontificado: vivirá hasta muy viejo mientras no se conozca a sí mismo.

Narciso estaba enamorado de su imagen, embelesado se contemplaba en el agua.

Finalmente murió y de sus restos nació la planta del narciso.

El mito nos enseña que sólo podemos vivir si atravesamos la egolatría. Esta egolatría reconoce también escenas de la vida cotidiana: no escuchar al otro, violentar al otro cuando nos muestra sus diferencias, discursos supuestamente políticos que oscurecen nuestra sordera. Se frustran parejas, relaciones entre padres e hijos. El orgullo suplanta a la humildad. San Agustín nos enseñaba en el Discurso del Maestro que enseñaba más el que escuchaba que el que hablaba. Estar dispuesto a escuchar es ser partero de la verdad que va a surgir en el otro. Hegel decía: ´si tú me matas, tú te suicidas´. Sólo desde el reconocimiento del otro surgirá la Verdad y también la vida.

Ortega y Gasset en ´El Hombre a la Defensiva´ describe al porteño típico: ´el argentino dedica la mayor parte de su vida a impedirse a sí mismo a vivir con autenticidad, entregan su existencia a ninguna cosa alguna que no sea él mismo´; ´siempre se queda en la superficie, ocupado sólo de una representación de sí mismo´; ´ son reformistas pero desde la superficie (todo lo de afuera) sin previa reforma y construcción de la intimidad´.

Vivimos, dice el filósofo que nos conoció rofundamente entre 1939 y 1942, en un mundo ilusorio. Cuando fracasa la ilusión, que es lo ás probable, le echamos la culpa a otro. Como esto también fracasa surge el vacío, la nada, el aburrimiento, la melancolía.

Los cuadros narcisistas, y su contraparte la melancolía, son una corriente en las adicciones, pero por algo Ortega lo relaciona con una posición existencial del porteño. Vivir a espaldas del otro, de lo otro.

La epidemia de drogas y alcohol le proporciona al sujeto que sólo se mira a sí mismo una oportunidad fugaz para seguir huyendo. Es que el conocimiento de la realidad es trabajo, dolor, aprendizaje desde el límite. La sociedad del espectáculo en la cual vivimos nos llena de objetos prestigiados que son los que ilusoriamente colmarán nuestro yo. Pero son sólo prótesis, y prótesis insatisfactorias. La eterna juventud, la vocinglería que trata de tapar al otro, la sustancia química que nos aleja del dolor momentáneamente, son algunas de las figuras que tratan de ocultar el deficit en conocernos, la aceptación de la huida irremediable del tiempo. Y así como Tiresías decía, vivimos como Narciso mientras no nos conozcamos. Que es como decir que estamos como muertos.

Reconstruir la intimidad, he aquí la tarea; todo tiene valor cuando surge desde un adentro. El narcisista vive desde el afuera. Cuando hay intimidad (adentro) surgirá la vocación, el proyecto compartido, lo solidario. Proyecto deriva de proyectil, y desde ahí nos ubicamos en el mundo con los otros. La vida tiene objetivos. Somos misión. Misión es llamada íntima. A los argentinos no nos pasará que de tanto ver afuera nos olvidamos de la sustancia misma que somos nosotros mismos. Tarea indudable de la educación.

(*) Director del Instituto de Prevención de la Drogadependencia de la Universidad del Salvador


 
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