Fue durante el Cuarto Campeonato Mundial de Fútbol, que se llevó a cabo en Brasil en 1950 y aunque por estar aún viviendo el convulsionado periodo postguerra, no pudieron concurrir Austria, Hungría, Alemania y Checoslovaquia, genuinos todos representantes del gran fútbol de Europa Central, de aquella época.
Argentina por su parte, aduciendo las autoridades de la AFA una tirantez en las relaciones deportivas con Brasil, volvió a quedarse en casa -tal como ocurriera en Francia 1938-, mirando cómo nuestros vecinos uruguayos se encargaban por sí solos, de defender el ascendente fútbol rioplatense, buscando enriquecer su ya, por entonces, nutrida colección de trofeos, donde el más valiosos era el obtenido por la conquista del Campeonato Mundial de 1930, en Montevideo, ganado precisamente en la final ante nuestro representante.
El partido final, entre el local Brasil y Uruguay, tuvo lugar en el imponente Estadio Maracaná de Río, que ese día albergó a más de 160.000 espectadores.
Todos los pronósticos lo daban como favorito a los brasileños y por eso nadie se extrañó cuando estos abrieron el marcador en el primer tiempo, luego de ejercer un evidente dominio del juego. No se podía dudar del resultado del partido, nadie, excepto los once orientales que defendían la gloriosa casaca celeste. En un momento dado, Obdulio Varela, el gran capitán, llama a todos sus hombres, que lo rodean y escuchan sus instrucciones. Y se produce el milagro…el león uruguayo sacude la melena y con fiereza, con garra sin igual, se lanza a un desesperado ataque. Llega el empate y sirve para incentivar más a todo el equipo. Schiaffino se mueve como un demonio, mientras la banda de música, la gritería ensordecedora y los disparos de bombas y cohetes tratan de amilanar el ímpetu de los rioplatenses.
Uruguay pasa de dominado a dominador y entonces aflora el juego brusco de la defensa brasileña. Obdulio llama de nuevo a sus muchachos, les recomienda calma y no dejarse llevar por delante. Los uruguayos devuelven golpe por golpe, pero sin tomar jamás la iniciativa. Mitad del segundo tiempo: Morán, puntero izquierdo y casi un adolescente aún, recoge una pelota y mediante un certero disparo somete por segunda vez al arquero local.
Los minutos finales son inolvidables, todo Brasil aprieta las últimas posiciones celestes, pero sus ofensivas son desordenadas. La defensa uruguaya despliega una faena heroica y finalmente en medio de la desesperación de jugadores cariocas y público, el árbitro indica la terminación del encuentro.
El silencio reina en el monumental estadio, los jugadores brasileños desconsolados y con la cabeza gacha se retiran del campo. Los uruguayos se abrazan y lloran de alegría y apenas si pueden divisar con los ojos empañados en lágrimas, la bandera de la patria que lentamente es elevada al tope del mástil de la victoria. Mientras, en un rincón, en lo alto de las graderías, unos pocos hinchas orientales, agitando banderines y coreando a todo pulmón el nombre de Uruguay, son la únicas voces que se oyen, en tanto que la multitud, sin entender aún cómo ha perdido el partido el equipo favorito, esconde carteles, fantoches y fuegos de artificio.
Hoy, 60 años después de aquel recordado "Maracanazo" uruguayo, los mismos rivales estarán intentando en Sudráfica, acceder a Semifinales y de producirse ello, el próximo martes estarían nuevamente frente a frente. Cosas que nos ofrece este Mundial 2010.



