En el Evangelio de Juan, cap. 4, La Biblia nos cuenta la historia de una mujer que no era feliz, vivía confundida y necesitada de amor. Además, era una marginada social porque había tenido muchos hombres en su vida y experimentaba la discriminación de sus compatriotas sólo por ser de Samaria (vecina de Israel). Si a todo esto le sumamos que las mujeres en aquel entonces eran menospreciadas y mal tratadas, vemos que esta persona se encontraba lejos de lo que llamaríamos una vida feliz.
Quizás "su historia" se parece a la de ella ya que durante mucho tiempo ella había buscado la felicidad en cosas equivocadas:
Buscó en un compañero. Ella buscaba el amor de los hombres y como nos cuenta la Biblia, ya habían pasado seis hombres por su vida. Evidentemente allí no estaba la felicidad.
Buscó en una religión. Nos cuenta el relato que ella tenía cierto conocimiento y sabía que había que adorar a Dios, pero no entendía dónde había que adorar. Había escuchado algo acerca de un Mesías que vendría, pero no estaba segura si eso sería así. Es decir, vivía en una confusión religiosa. Tampoco allí encontraba respuestas a su insatisfacción.
Quizás se esforzaba por encontrar el propósito de su vida en su trabajo, o en las tareas domésticas; tal es así que ella se esforzaba para ir a buscar agua al pozo de Jacob a la hora 6ta, que serían las 12 del mediodía. En aquella época el buscar agua era una actividad sólo para las mujeres pero no en ese horario. Allí las temperaturas son muy elevadas a esa hora.
Quizás buscó en las amistades, era común que las mujeres fueran en grupo a realizar esta tarea de buscar agua muy de mañana y seguramente charlaban en el camino, pero a esta mujer samaritana se la ve completamente sola.
Y así podríamos mencionar muchas cosas más en las cuales las personas buscamos gozo, placer, satisfacción, realización personal y felicidad.
Pero ese día, esta mujer, que sufría el desprecio, la tristeza y la soledad se encontró con la clave de la felicidad. No era algo, sino ALGUIEN que parecía un extraño, un judío más del montón, pero que resultó ser una persona muy especial. Era el SEÑOR JESÚS.
El la estaba esperando, sentado junto a ese pozo. No era casualidad que él estuviera allí justo en ese horario en que nadie más que ella llegaría. El sacó tiempo de su apretada agenda de milagros y enseñanzas, a veces sin un minuto para descansar, pero ese día estaban solos, él y ella, en un encuentro personal con el Hijo de Dios. Entonces, en un simple pero profundo diálogo y con toda delicadeza, quitó una a una todas las capas que recubrían a esa mujer y la habían separado de Dios durante tanto tiempo: 1- Sus prejuicios 2- La confusión religiosa 3- El pecado
Una vez que ella se hubo limpiado por medio de la confesión, a Jesús, del desorden (pecado) en su vida, Cristo se reveló a ella como el Mesías, su Salvador, y la única fuente de felicidad, no solo aquí en la tierra sino eternamente y para siempre.
El Señor está muy cerca de usted, a tan solo a una oración, (un diálogo) de distancia. Aunque usted no lo vea, él le está esperando junto a ese pozo donde cada día usted va a buscar satisfacer su sed, sed de amistad, sed de amor, sed de logros personales, materiales, profesionales, etc.
Pero él nos dice que mientras sigamos buscando saciar nuestra sed en ese tipo de pozos, SIEMPRE SEGUIREMOS SEDIENTOS, MÁS Y MÁS sin alcanzar la verdadera felicidad. Por eso Jesús dijo a la samaritana: "Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva."(Juan 4:10)
Muchas veces tenemos religión y una idea intelectual de quien es Dios, pero no lo experimentamos en el corazón. Si tan solo usted conociera el regalo (don) que Dios quiere darle, se lo pediría, y él le daría de beber de SU agua. El regalo de Dios es la salvación de su alma, la vida eterna, y la única fuente de verdadera felicidad. Jesús también dijo a la mujer:
"Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. (Juan 4:14)
Éste es el momento de reconciliarse con Dios y pedirle de ese manantial de vida eterna que sólo Él le puede dar. Todo este tiempo usted se ha esforzado por ser feliz, pero esto no sucederá sin Cristo Jesús, latiendo en su corazón, y para eso, no tiene que esforzarse, sólo pídaselo.
Pero antes es necesario que al igual que la samaritana le confesemos al Señor nuestro pecado, porque aunque él lo sabe todo, la Biblia enseña…
El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia. (Proverbios 28:13)
Reciba hoy la misericordia de Dios e invite a Jesús a su vida, él le ama y lo está esperando.
Busque una Iglesia donde se predique a Cristo y La Biblia, "La Palabra de Dios"
¡Hasta la próxima semana! ¡Dios le bendiga!
Silvana de Fattor
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