Las pulperías llenaron en el pais, social, politica y económicamente, una función a la que todavía no se le ha hecho debida justicia, malos o buenos, pícaros o no, aquellos pulperos tan criticados no tuvieron una moral ni una psicología mejor o peor que la que hoy tiene cualquier comerciante. Pero en cambio poseian un sentido de Patria o una institución de patria que pocos comerciantes de hoy poseen.
Aquellos pulperos, con sus modestos negocios ensancharon interminablemente los límites de La Pampa.
A ellos se deben los primeros saladeros, los primeros mataderos, los primeros almacenes y mercados. Llenaron con audacia una hora de coraje.
La pulpería fue el primer techo cobijador que encontró el hombre de nuestro campo en su difícil trayectoria. Ahí, bajo su simple alero de paja, comenzo a hacerse la patria.
Ahi, bajo sus pobres aleros, y al amparo de sus paredes de chorizo, sació su sed el gaucho. Encontró refugio a sus penas el desamparado. Cuerpeo a la justicia el bravo o el audaz.
Lloro sus penas el desheredado. Aprendio a timbear el hombre sin destino. Encontro la changa el muchacho que salia en busca de horizontes. Ahí se sintieron hermanos los hombres cuando el país peligraba. Se hizo justo el valiente. Y mas de una vez, al filo de un facón mal llamado asesino, aprendió el hombre a defender lo mas caro de su vida: ¡la libertad! Fue escuela de machos y también de malandrines.
Pero lo cierto es que entre copa y copa, aprendió los criollos que con una bolsa de trigo sobre el hombro y un arado en el surco, se estaba construyendo un país, que asombraría al mundo entero.



