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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 08/jul/2009 de La Auténtica Defensa.

El Circo y mi amigo el Payaso Tucuta
Por Ismael Garzón






 Por Ismael Garzón


 La vieja carpa del circo y sus funambulescos payasos.

En Memoria y Homenaje a don Pedro Barbero, Juan Dragone, Luis Del Greco, Armando Bustos, Carlos Nicrosini, César Padovani, Adela Aguiar y todos los actores y actrices que dieron vida al teatro campanense del siglo XX.

En mi adolescencia, de vocaciones artísticas con fervorosa admiración por los actores Enrique Muiño, Elías Alippi, Luis Sandrini, Luis Arata, Enrique Serrano, Angelina Pagano, Lola Membrives y Jacinta Diana, la mamá de Pedrito Cuartucci, con quien tuve el honor de compartir escenarios, y otras relevantes figuras de la escena nacional; y las historias que me contaron de Pepino el 88 o Frank Brown, me instaron para asistir a teatros porteños, visitar barrios de rancia estirpe arrabalera y en pueblos de provincia, cumpliendo una tarea de aficionado y a veces de profesional, asumiendo decenas de personajes de la dramaturgia universal, los que en buena medida me dieron la oportunidad de encarnar a Ño Camposanto, de "La Montaña de las Brujas", a Maese Santiago, de "El Avaro", al viejo Vizcacha de "Martín Fierro" dando cuerpo a una disciplina vocacional por el teatro que me dio innumerables satisfacciones. (Después, con los años, vinieron el periodismo y la locución).

Recibí, entonces, en mi carrera como actor, recompensas que se justifican plenamente cuando el público premia con aplausos escenas de una obra, aunque en muchas oportunidades sea la única gratificación que el artista aficionado reciba.

Sin embargo, siempre estuvo en mis planes actuar en un circo. En esos de descolorida carpa de lona, con picadero, payasos, equilibristas, trapecistas y domadores. Como aquellos de mis entusiasmos juveniles y de una niñez inolvidable, cuando asistía a los espectáculos de la mano de mis padres, para ver, asombrado, en lo más alto de la carpa a bellas mujeres y esbeltos hombres, arrojándose de un trapecio a otro, en un vuelo que dibujaba figuras arriesgadas que nos cortaban la respiración. Yo también soñaba que algún día podría actuar en un circo.

El circo y una breve historia

La historia de los circos se remonta a la época de los hipódromos de la Grecia antigua, cuando, para conmemorar el regreso de los guerreros, el pueblo se reunía alrededor de un espectáculo en el que se presentaban diversos números circenses.

Este mundo de payasos, malabaristas, animales domados y de mil cosas más, también ha llegado a Internet, donde ya muchos circos que difunden sus artes a través de la este medio, y que también nos sirve con sus referencias históricas. El circo, con sus expresiones populares (gimnasia, trucos de magia, malabarismo, elefantes y monos, coloridos payasos, música, danza, e incluso teatro) es, sin lugar a dudas, uno de los lugares preferidos de los niños y grandes, que despliegan allí sus sueños e ilusiones infantiles, a mí también me cautivaba.

Un circo llegó a Campana

Al lado de mi casa alquilaban habitaciones y una de ellas la ocupó un enano, recuerdo su pseudónimo, Tucuta, con su esposa y un hijo, integrantes de un circo que había arribado a nuestra ciudad. No comprendí porqué no compartían las casas rodantes o carpas del viejo circo, pero fue una ocasión especial que me permitió acercarme al simpático enanito y entablar fluido dialogo que generó una amistad recíprocamente afectiva.

Tucuta fue un amigo ´diferente´, no por su estatura, sino porqué en mi juventud pletórica de bohemias ilusiones artísticas, me llegó a comprender en toda la dimensión de mis sueños. Sempiterno payaso, de eterna sonrisa, en la pista del circo y fuera de ella, su contagioso estado de ánimo me permitió descubrir su alma pura y nobleza de espíritu dignamente ejemplares. Nos convertimos en entrañables amigos.

Me regaló una hamaca paraguaya, tejida con sus hábiles manos, curtidas pero tiernas para el simple apretón fraterno.

Pero el regalo más grande que me dio Tucuta fue la posibilidad tan anhelada de actuar bajo la carpa de un circo. Sí, porqué en ese circo, con mi monologo y dos títeres en mis manos, traté de entretener a un público con el histrionismo de un joven actor llamado a artista circense, el que por su mirada reflejaba un orgullo tan desmedido, como si estuviera sobre el escenario del Teatro Colón.

Luego, finalizada la actuación, ya en los camarines del circo, le agradecí la ocasión al querido Tucuta y lloré. Brotaron de mis ojos lágrimas de emoción y alegría, por las sensaciones que como actor había experimentado en mi vida artística. Muy diferentes a todas las escenas teatrales jugadas en los escenarios que me tocó en suerte conocer, con el saldo de inolvidables momentos.

Cuantos recuerdos han ido pasando por mis fervorosos sueños juveniles, mi amor por el arte y por el sagrado culto de la amistad. La imagen de Tucuta, el enano, quedó fijada en mi mente, con figuras indelebles. Su propia bohemia y su arte, junto a su humildad, ganaron mi corazón.

¿Donde estará Tucuta? Que feliz sería ahora, con un reencuentro, para poder actuar bajo la carpa de un circo y decirle: -"¡Soy yo, Tucuta, tu viejo amigo, aquel que quería actuar en un circo y por vos, lo logró. Gracias, payaso Tucuta".

El autor es periodista, escritor y docente del Taller Escuela Mariano Moreno (TEMM).


 
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