Buenos Aires (Especial de NA) -- Las campañas electorales, como la que desembocará en los comicios del domingo 28, suelen girar en torno al debate de ideas entre las fuerzas políticas y al carisma que puedan tener los candidatos, pero el rumbo definitivo de la compulsa lo fijan pequeños hitos que a primera vista pueden parecer secundarios.
El más recordado de la historia política argentina reciente fue la quema del ataud con la bandera radical en el cierre de la campaña del PJ en 1983, ejecutada por Herminio Iglesias, que terminó por espantar a los votantes independientes de la clase media que aún dudaban con la figura de Raúl Alfonsín.
Unos años más tarde, en 1995, Carlos Menem se presentaba para la reelección en un clima social no del todo favorable y ocurrió lo inesperado en medio de la campaña: murió su hijo Carlitos Junior en un accidente de helicóptero y la oposición se quedó sin margen para atacar al mandatario sin victimizarlo.
Cuatro años después, en 1999, el tercer ciclo peronista en el poder agonizaba y surgía el fenómeno político de la Alianza. El hito de aquella campaña fue el spot televisivo en el que Fernando de la Rúa advertía que se acabaría "la fiesta" menemista.
Como parte de la misma saga también podría recordarse el famoso "dicen que soy aburrido", que el publicista Ramiro Agulla puso en boca de De la Rúa. Un acierto que aún hoy sería festejado si no fuera por la debacle política, económica y social que trajo a los argentinos aquella experiencia política.
El propio Agulla diseña ahora, en 2009, los spots de campaña de Francisco De Narváez. Lo presenta como un "tipo común", que se arriesga a embarrarse en el "chiquero de la política" pese a que heredó mucho dinero de su familia y podría gozar de una vida tranquila, para colaborar con el futuro del país.
Pero en esta oportunidad no son los spots de Agulla los que sobresalen en la campaña electoral, así como tampoco se destacan las ideas de los candidatos, que sin medias tintas se concentraron en las chicanas y las operaciones para desgastar la imagen de sus adversarios.
En ese fárrago de acusaciones se distinguió, por cierto, la activación de una causa judicial contra De Narváez por una supuesta vinculación con el llamado "rey de la efedrina", Mario Segovia, a raíz de tres llamadas telefónicas que le habría realizado un colaborador del candidato durante el 2006.
La denuncia cayó como un balde de agua fría en las filas de Unión-Pro y el peronismo disidente, donde sus estrategas temieron un fuerte impacto negativo para su campaña, que los podría sacar de carrera pese al millonario esfuerzo publicitario que estaban realizando desde varios meses atrás.
Pero la controvertida actuación del juez que lleva la causa de la efedrina, Federico Faggionato Márquez, sobre quien pesan 36 denuncias ante el Consejo de la Magistratura, terminó por dar vuelta la tortilla para la percepción popular: De Narváez estaba siendo objeto de una operación típica de una campaña sucia.
Esa sensación se alimentó luego de que el magistrado rechazara la recusación de los abogados de De Narváez y de que el máximo referente del oficialismo, Néstor Kirchner, asegurara que el empresario debería dejar de ampararse en los fueros parlamentarios para presentarse a declarar ante la Justicia.
Hasta ahí, los efectos esperables de una "campaña judicializada". Pero se agregó otro elemento sorpresivo: la foto que se sacó Julio Cobos con De Narváez, para expresarle su "solidaridad", desnudó los cortocircuitos políticos que existen entre los principales dirigentes del Acuerdo Cívico y Social.
Esos cortocircuitos ya se habían expresado durante el armado de las listas de candidatos, cuando Elisa Carrió había objetado a varios referentes cobistas en la provincia de Buenos Aires, pero en esta oportunidad las diferencias resultaron tan evidentes que atentaron contra la imagen del "nuevo radicalismo".
Esa conjunción de factores políticos hizo que "la causa de la efedrina" se transformara en el hito de la presente campaña electoral.
Como en 1983, cuando al inefable Herminio se le ocurrió prender fuego el cajón, los autores intelectuales de esta operación política no pudieron proyectar los efectos que tendría sobre el rumbo de la campaña electoral.
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