La idea de seguir profundizando en los vericuetos de la trama de la vida me siguió rondando y apareció El violinista, de Felipe Fernández y se me impuso.
Es un cuento inédito, pertenece a La Sala de los Napoleones, libro por el cual el autor obtuviera el premio del concurso "Victoria Ocampo" 2008 y que está por ser publicado por la fundación que lleva el nombre de la escritora.
La historia es muy simple: trata de un violinista que debió atravesar su vida entera haciendo lo que fuera, después morirse y volver a nacer para lograr su verdadero deseo: tocar su violín.
Cuando me acerqué a hablar de las pulsiones de vida y de muerte me di cuenta de lo difícil del transmitir estas ideas.
Cuando los pioneros, entre ellos Sigmund Freud, comenzaron a pensarlo, partieron de consideraciones teóricas.
No resulta muy difícil comprender que las fuerzas que nos mueven en la vida son un complejo entramado de opuestos que se necesitan mutuamente.
Desde las situaciones más elementales de la biología estamos inmersos en un sistema que para avanzar necesita de la degradación de sus componentes. A esto lo llamamos metabolismo: Necesitamos comer para vivir y al ingerir los alimentos los destruimos con nuestros dientes para poder separarlos en las sustancias básicas, para incorporarlas luego a nuestras células como comida y al resto que ya no sirve desecharlo.
Con este ejemplo podemos permitirnos pensar el interjuego entre ambas fuerzas. Se necesitan y una depende de la otra.
Se supone que en el origen de la vida intervino la casualidad. En el inicio todo era inerte y ocurrió un chispazo que promovió un cambio. Desde el afuera esa chispa modificó el interior, que a partir de ese momento fue distinto. La capa más externa, como una cáscara al queso, fue protegiendo ese núcleo y a su vez retroalimentándose. Este mecanismo es el modelo de todos los sistemas. Desde los más simples a los más complejos, en los que nos resulta más difícil descubrirlo.
Al resultado de ese cambio se le dio en llamarlo vida. Más precisamente pulsión de vida. Así nació. Al otro, al inerte, al que intenta que todo vuelva atrás. A la quietud. A ese lo llamamos pulsión de muerte.
Sabemos que" la vida es como los ríos que van a dar a la mar que el morir…" tal como lo dijera el poeta Jorge Manrique. Pero que tenemos varias formas de llegar: lanzados sin parar u ofreciendo resistencias, creando obstáculos...
Se las llama pulsiones, el término deriva de impulso, tendencias instintivas que siempre están, mantienen una tensión constante entre las necesidades del cuerpo y del psiquismo.
Decíamos en otro lugar que la pulsión de vida es ruidosa y que se hace notar. El problema se nos presenta con la pulsión de muerte; es muda. A veces la descubrimos por sus representantes, como la pulsión de destrucción. Generalmente, tal como en el metabolismo, se nos aparece mezclada con la vida. También en las expresiones de ambivalencia; expresiones de amor y odio de las que somos testigos y protagonistas.
Cuándo aparece con menos mezcla es cuando nos preocupa.
Lo podemos observar con frecuencia en aquellas personas que no tienen energía vital; que atacan aquello que podría ayudarlas, destruyendo lo que pudieron construir. Algunas sin el menor registro; boicoteando toda posibilidad.
Otras, preocupadas por esta reacción, son las que llegan a preguntarse los por qué. Ellas son quienes tienen opciones, buscadoras de rodeos que les permitan más y mejor calidad de vida, como el violinista del cuento.
Lic. Patricia Katz.
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