Buenos Aires (especial para NA por Pepe Eliaschev) -- El Gobierno produce gestos todos los días. Actúa de manera peculiar, contrariando casi todos los preceptos convencionales. Gana enemigos, por ahora silenciosos, y acumula apoyos, en un claro dibujo que debe ser llamado por su nombre: desde la Casa
Rosada se arma un nuevo poder y se entreteje un tipo de alianza diferente a lo que el país conoció durante los últimos 20 años.
Con 9 nueve millones de indigentes y 19 millones de pobres, la Argentina tiene dificultades pavorosas para tomar conciencia de su grave estado. Los números de la desocupación que reveló el Ministerio de Economía corresponden a los días previos a Néstor Kirchner, cuando ya Roberto Lavagna ocupaba la cartera. Puede entenderse la susceptibilidad del ministro a la hora de dirimir el tamaño de la pobreza en la Argentina, pero el Gobierno no debería exhibir embarazo por el saldo de las víctimas que arroja la catástrofe social que se hizo evidente a partir de 1998, sencillamente porque en aquel colapso en etapas que halló su pozo infinito a comienzos de 2002 intervinieron factores y poderes hoy relegados de la toma de decisiones.
Pero la Argentina podría estar engolosinándose mucho con batallas importantes aun cuando marginales al escenario principal.
La madre de todas las batallas tiene que ver con la economía y, sobre todo, con la quiebra de este país.
La desocupación, en ligero pero promisorio retroceso, la recuperación tenue del dólar y los problemas del acceso al crédito son asuntos tributarios de un solo y magno dilema pendiente. No habrá verdadero retorno a una cierta normalidad si no se pasa en limpio y se logra acuerdo formal con los acreedores del país. Este es un choque telúrico y de formidable violencia.
No hay solución cosmética al encono que la Argentina suscitó con la satánica trinidad default/ devaluación/ pesificación de diciembre 2001- enero 2002. No hay amnistía ni leyes de perdón en esto. En términos de pura y desnuda puja por el poder hay aquí, pues, una rispidez inexorable.
El acreedor ensaya sonrisas diplomáticas y advierte los cambios habidos en el país, pero no renuncia a sus reclamos centrales, que como todas las acreencias del mundo, persisten y se potencian ineluctablemente.
Hay dos deudas y los dueños de ese dinero amenazan y operan.
Todos piden ser los primeros en cobrar y que la quita sea lo menos posible. Del total de lo que a la Argentina se le reclama, nuestro país debe a los organismos internacionales unos 26.767 millones de dólares entre 2003 y 2007, cuando termina el mandato de este gobierno. Pero la mitad de ese monto, 13.544 millones vence este año.
Están, además, los agresivos tenedores de bonos argentinos, los acreedores privados del país, a los que se debe muchísimo dinero.
No hay espacio para jugar juegos. Esto lo entienden muy bien los manejadores del Fondo Monetario, abroquelados una vez más en consideraciones ideológicas reiteradamente desmentidas por la realidad. Tienen sus epígonos, menores pero persistentes, en la Argentina y a ellos se refirió Kirchner la semana pasada, cuando subrayó el papel notorio jugado por economistas convertidos en figurones mediáticos de poco vuelo e intereses muy obvios.
El Fondo pide reformas "estructurales" a la Argentina como contrapartida a un acuerdo de medio alcance que encapsule de nuevos riesgos al país. Soy de los que no terminan de entender la propuesta "reformista" del Fondo o, en todo caso, prefiero postular una hipótesis más arisca: debe entenderse que el Fondo habla de "reformas estructurales" porque quiere canjear deuda por posiciones y solo acepta en definitiva aflojar sus condiciones para desembolsar facilidades financieras a cambio de compromisos duros de nuestro país, principalmente aumentar las tarifas de los servicios públicos, acotar mucho más el manejo presupuestario de las provincias y agasajar a los bancos que reclaman compensaciones.
Lavagna está hoy más duro y confiado que nunca. Tiene la sensibilidad a flor de piel y regaña a periodistas y aprendices de la profesión a los que a menudo se les traba la lengua para preguntar bien y con fundamento.
Padre de la salida del apocalipsis argentino de 2002, Lavagna tiene jugado mucho en esta instancia archi-delicada de su gestión.
Mientras que el Presidente imparte instrucciones estratégicas a las que debe ajustarse el ministro, éste camina un sendero de trocha infinitesimal.
El Fondo no hace autocríticas a su voracidad proverbial.
Tampoco enmienda su dogmatismo incurable. Hasta los bancos saben que no tienen a quien prestarle sus cuantiosos haberes mientras la Argentina siga aterrorizada ante el elemental expediente de tomar crédito. Sin crédito, claro, no hay capitalismo y ahora los bancos advierten que la niñera de la economía argentina puede terminar echando al bebé por las cañerías si no hay una auténtica renovación de criterio: las amargas medicinas que patrocinan los acreedores, asfixian no sólo el presente argentino, sino también a la posibilidad de salir de la emergencia que puso al país en la zona roja.
Kirchner hace y deshace. Teje con audacia y a veces con cierto apego a sobreactuaciones que no se le conocían en su larga campaña en el desierto. Ha soldado una curiosa y por ahora inextricable relación con Eduardo Duhalde. Con paciencia, borda un entramado ideológicamente críptico, dentro del que entra una opción de izquierda en la Capital Federal, un acuerdo explícito con el opaco duhaldismo granbonaerense y alianzas bilaterales con caudillos provinciales otrora vasallos de Menem.
¿Es una alianza nueva la que se urde en la Casa Rosada? En términos inmediatos, creo que sí, pero un presidente que siempre ha puntualizado su apego por reconstruir la calidad institucional de la Argentina, no puede ignorar que sus movimientos son escrutados por quienes, comprensiblemente, temen que las tentaciones de un protagonismo excesivamente colorido terminen arrojando una imagen de populismo más o menos mesiánico.
Por de pronto, el Presidente ha tomado partido de manera clara en los dos principales distritos electorales del país. Juega para Aníbal Ibarra en la Capital Federal y para Felipe Solá en la provincia de Buenos Aires. Fue a La Plata a levantarle el brazo al gobernador post-ruckaufista, un hombre inteligente y sereno pero que tampoco puede ocultar aristas de su pasado difíciles de metabolizar.
El jueves, por ejemplo, cuando se supo que Kirchner no participaría del acto central de la Sociedad Rural en Palermo, un noticiero de televisión recurrió al archivo y lo mostró a Solá como escudero de Carlos Menem, cuando el predio central de los rurales ovacionaba a ese riojano alto, rubio y de ojos celestes que gobernaba la Argentina mágica de los primeros años Noventa.
Apoyo de Kirchner a Solá, pues, pero con Ruckauf en la cúspide de la lista que encabeza la popularísima Chiche Duhalde, sin que ni el Presidente ni el Gobernador tengan el coraje o el poder de sacarse de encima al camaleónico personaje, expresión directa de la clase política de la que los actuales gobernantes dicen abominar.
Avanza el Gobierno en frentes blandos, pero se engañaría si imaginara que en política no existe la venganza. Kirchner tiene, hay que decirlo, un comprensible apuro por cementar un espacio que, sin romper las alianzas fundacionales (el duhaldismo), le permita ser alguien en la vida. Por ahora sigue, y seguirá por varias semanas, en una cresta de prestigio que impresiona y sobrecoge.
Ocupar el Estado exige astucia, ritmo, picardía, rapidez y sentido de la oportunidad, sin duda: por ahora Kirchner ha usado con notable éxito su capacidad de ser políticamente agresivo. Lo han escuchado oídos diversos en tierras variadas, desde Barrionuevo hasta Bush, desde Nazareno hasta Chirac, desde Brinzoni hasta Aznar, desde Lula hasta Moliné O´Connor. Han sido operaciones de saldo favorable para el Gobierno, pero no hace falta predicar el marxismo para advertir que en último análisis será la economía, y sobre todo la posición de una Argentina quebrada en un mundo hostil, lo que determinará si esto que vivimos es un interregno almibarado que precede nuevas y briosas tormentas o el prólogo de una reformulación del país.
Una vez más, la Argentina decide de manera atípica e imprevisible su salida del laberinto. Un riesgo grande, para Kirchner desde luego pero la Argentina sobre todo es que, en vísperas de los inminentes 20 años de democracia, terminen prevaleciendo vientos anti institucionales, una suerte de inconsciente pero de todos modos grave enamoramiento de la acción directa. Sería un mendrugo para mañana por la mañana, pero hambre cruel para mañana por la noche.
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