Buenos Aires (Especial de NA) -- Las primeras reacciones surgidas al calor de los acuerdos entre el Gobierno y el campo dejan dos certezas, una actual y otra de proyección futura, que signarán el estado de ánimo del interior del país en medio de los sacudones de la crisis global y los nervios alterados de la incipiente carrera electoral.
Una de esas certezas es que los actores del prolongado conflicto se ven forzados a bajar el tono del enfrentamiento, cada uno con sus motivos particulares, ante la dimensión que va adquiriendo la crisis internacional y los efectos que ya se están padeciendo en la Argentina, cuya economía ostenta una pesada historia de colapsos.
Por un lado, el Gobierno de Cristina Kirchner tiene razones políticas y económicas para intentar encauzar cuanto antes el diálogo: necesita las divisas que le dejará la liquidación de los granos que los productores tienen acopiados y también quitarle a la oposición una bandera que le posibilitó volver a los primeros planos tras una larga hibernación.
Sólo así la administración kirchnerista podrá ponerse en la línea de largada ante el inicio fáctico de un año político en el que sus principales esfuerzos estarán enfocados en evitar que se desplome la economía, buscando mantener el nivel de actividad y, por ende, el volumen del empleo.
A su vez, la Mesa de Enlace de las entidades agropecuarias tiene en claro que el ánimo social ya no es favorable al enfrentamiento con los Kirchner, no porque el matrimonio presidencial haya recuperado predicamento popular, sino en buena medida porque los efectos de la crisis resultan en sí mismos agotadores como para sumarle conflictos irresueltos.
Segunda certeza: el diálogo restringido.
En este escenario, las negociaciones iniciadas con buen tino este martes en el Ministerio de la Producción ubican a los interlocutores de una y otra parte prácticamente forzados a encaminar el diálogo, pero a la vez se encuentran fuertemente restringidos al interior de sus propias organizaciones.
Esta situación quedó en evidencia este miércoles cuando el presidente de la Federación Agraria, Eduardo Buzzi, criticó en duros términos a Alfredo De Angeli -integrante de su misma entidad- por haber cuestionado públicamente el acuerdo firmado por la Mesa de Enlace y el Gobierno nacional. "La discusión entre De Angeli y Buzzi lo hace sonreir a Kirchner", dijo esta tarde con picardía Felipe Solá, figura del peronismo disidente, antes de recibir a la Mesa de Enlace en el Congreso de la Nación, donde las entidades buscarán dar el debate pendiente por la eliminación de las retenciones a la soja.
Pero las diferencias no sólo afloran entre las entidades del campo, sino también en el propio Gobierno: por eso la presidenta Cristina Kirchner optó por zanjar las disputas entre "halcones y palomas" presentándose personalmente en el encuentro que se desarrollaba en el Ministerio de la Producción.
Antes de esa determinación presidencial, que sin dudas resultó positiva, se había desatado en el Gobierno una verdadera guerra fría entre los partidarios de acercar posiciones con el campo y aquellos que, en cambio, siguen apostando a la estrategia del enfrentamiento político y la consecuente polarización social. Las versiones que pusieron en duda la continuidad del jefe de Gabinete, Sergio Massa, se inscriben en ese enfrentamiento, que tiene a Néstor Kirchner como su principal actor. El ex presidente optó en esta oportunidad, no obstante, por aflojar una cuerda que ya se había puesto demasiado tensa.
La oposición busca su lugar.
. La coyuntura también plantea un dilema para la oposición, que se vio fortalecida durante el conflicto del campo y que tiene una fuerte expectativa de mejorar su performance electoral en octubre próximo, cuando se votará la renovación legislativa en los niveles nacional, provincial y comunal.
Los principales referentes opositores saben, en este sentido, que tienen buenas chances de canalizar en las urnas el descontento social con el kirchnerismo, sobre todo en distritos clave como la Capital Federal y las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Mendoza.
Pero el acercamiento del Gobierno a la Mesa de Enlace -promovido por el gesto presidencial- descolocó a algunas de sus
figuras: Elisa Carrió, cuyo entramado de alianzas se posiciona muy bien en términos electorales, ya dijo que ella prefiere dialogar con los productores en lugar de las entidades.
"Nosotros conocemos mejor que ella a nuestras bases", replicó casi de inmediato el presidente de la Sociedad Rural, Hugo Biolcati, quien sigue apostando al diálogo pese a que el Gobierno lo defraudó cuando dio a conocer sus conversaciones secretas con el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido.
La referencia de Carrió, también abonada por Felipe Solá, apuntaba más bien a que el mal humor que existe en el interior del país con el Gobierno no será trocado por conformidad pese a que las medidas que se vayan acordando puedan tener algún resultado positivo en los próximos meses.
De todos modos, el diálogo siempre es positivo en un país donde en las últimas semanas se puso de moda el verbo "dinamitar" para referirse a las disputas políticas y económicas. Y ni que hablar de los que hablan de "enemigos" en lugar de rivales a los que hay que enfrentar en términos democráticos.
MS/DP
mspezzapria@noticiasargentinas.com
DESTACADOS:
- El Gobierno tiene razones políticas y económicas para intentar encauzar cuanto antes el diálogo: necesita las divisas que le dejará la liquidación de los granos que los productores tienen acopiados y también quitarle a la oposición una bandera que le posibilitó volver a los primeros planos tras una larga hibernación.
- La Mesa de Enlace tiene en claro que el ánimo social ya no es favorable al enfrentamiento con los Kirchner, no porque el matrimonio presidencial haya recuperado predicamento popular, sino en buena medida porque los efectos de la crisis resultan en sí mismos agotadores como para sumarle conflictos irresueltos.



