Camino interminable hasta el fondo de la quinta del ñato. Cada paso inquebrantable y unas piernas innegablemente obligadas, que responden por compriso ante la supervisación de las primeras gárgolas de la necrópolis.
El lienzo negro cubre a los presentes, una moda irrefutable. Vestido de madera el sexagenario lleva compañía. Un solo gesto en los rostros entumecidos; y un perdón del cual gozan todos los terrenales: "era un gran hombre", aunque no lo fuera.
Dios perdona, pero antes perdonamos nosotros. Sobervios, siempre sobervios, como si fueramos solos, los hombres.
Charly Schneider



