LA PLATA, (Especial para AIBA). Levy Yeyati ha reflexionado recientemente sobre la banca pública, asociándola con el Síndrome de Sísifo: su misión estaría condenada al fracaso recurrente, ya que ´cuando es fiel a su objetivo pierde dinero´. El rol estatal en el mercado de crédito debería circunscribirse, así, a una de dos alternativas: una banca de segundo piso o una agencia pública no bancaria.
La argumentación de Levy es provocativa, pero esencialmente incompleta e incorrecta. La secuencia fatal, en la banca pública, ´subsidio a actividades no rentables – pérdida – recapitalización´ asume que las únicas actividades con restricciones de financiamiento privado son las de baja rentabilidad y riesgo elevado. Sin embargo, las imperfecciones de mercado también restringen crédito a sectores con elevada rentabilidad potencial, pero percibidos como de ´alto riesgo´ por la banca privada.
Este ´racionamiento crediticio´ afecta al sector agropecuario, a las Pymes , a los innovadores, y a proyectos de inversión con discrepancias entre su rendimiento social y su retorno privado inmediato. Esta restricción de oferta habla sólo de actitudes frente al riesgo, y no necesariamente de rentabilidades potenciales. De ahí la falla de mercado. La banca pública de primer piso tiene un rol fundamental para atenuarla.
Es cierto que ésta debe financiar, en ciertas ocasiones, a sectores de baja rentabilidad (vgr. microemprendimientos o familias de escasos recursos), pero el ´factor subsidio´ bien podría transparentarse en el presupuesto respectivo.
Hay otras razones que justifican la banca pública de primer piso. En primer lugar, la estructura oligopolizada del mercado financiero local. La participación de una banca pública minorista eficiente cumple un importante rol testigo en precios y tasas. Es indiscutible, además, la estabilidad que brinda al sistema de pagos, algo puesto de manifiesto durante la crisis reciente.
Desde una perspectiva macroeconómica, la banca pública desempeña también un rol contracíclico, particularmente en las fases recesivas. En este sentido, recientemente, ha lanzado líneas para familias y empresas por alrededor de $ 1.000 M.
Una agencia pública no bancaria tendría, en un contexto de penuria fiscal, recursos muy limitados para asistir a los sectores ´racionados´. Los bancos públicos captan hoy el 44 % de los depósitos que, adecuadamente gestionados, van en forma directa al financiamiento de la producción y el consumo.
No se trata de desconocer las notorias debilidades de gestión pasadas que llevaron a las entidades públicas a quebrantos y bajos indicadores de eficiencia. Aquí coincido con Levy: ´concluir que una mala gestión es razón suficiente para eliminar el instrumento presume una incapacidad irremediable de corregir errores pasados´. Se trata entonces de modernizar y perfeccionar el instrumento; no de quitarlo.
Es precisamente este camino el que hemos iniciado en el Banco Provincia. La adopción de las mejores prácticas de gestión y de tecnología informática, el ´modelo de cercanía´ con el cliente,
base de una nueva estructura organizacional y de una nueva concepción de las unidades de negocios, y la profesionalización y capacitación del personal, son parte del cambio cultural encarado. Este nuevo modelo de gestión es el reaseguro contra la ´mala praxis´ del pasado. La reforma de la Carta Orgánica, limitando la discrecionalidad crediticia del Directorio, es también parte de este proceso.
Queda mucho camino por recorrer: reformas a su régimen de dirección, garantizando su independencia del poder político, la coordinación del accionar de los bancos públicos minoristas, evitando la competencia improductiva, y un límite al financiamiento al gobierno.
Debemos trabajar en esta dirección, más que someternos a discusiones técnicas improductivas que a veces sólo encubren la necesidad de recuperar un ´market share´ perdido, o remontar los resultados negativos de la banca privada, que Levy parece olvidar, al enfatizar sólo en las pérdidas de los bancos públicos.
Sísifo engañó a los dioses con el arma única de su inteligencia. También Prometeo, que robó el fuego divino. Su irreverencia recibió un castigo eterno. Camus encontró en el esfuerzo supuestamente inútil del héroe castigado uno de los fundamentos de la dignidad humana. ¿No habrá en el Olimpo financiero, dioses temerosos de que les roben el fuego?
(*) Director del Banco de la Provincia de Buenos Aires



