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» Este artículo corresponde a la Edición del viernes, 25/jul/2003 de La Auténtica Defensa.

Cantando: 
LA  BLANCA Y LA  NEGRA  
Memorias de Norma Frutos




LA blanca y la negra fueron dos amigas entrañables de esas que no se dan casualmente en la vida y por lo cual es menester mostrar agradecimiento y alegría de toda forma posible; ya no respiran el aire que respiro, no están a mi lado, ya no volveré a verlas. Como dijo el poeta popular: "cuando un amigo se va deja un espacio vacío, que no lo puede llenar la llegada de otro amigo".

Si el lector considera que estas líneas se orientan a un sentimentalismo cursi, deje de leer, no las comprenderá pero si valora la amistad leal y desinteresada, continúe leyendo porque tendremos un importante punto de coincidencia.

En ‘mis memorias’ dediqué un particular capítulo a la amistad porque fue uno de los motivos que me reconciliaron con la vida; la busqué y la cultivé desde muy pequeña. Transcurridos años y experiencias, estas últimas demuestran que sí ‘hay tiempo para cada cosa’ y sin excluir a nuestros iguales (seres humanos con quienes dialogamos, intercambiamos consejos, opiniones, sensaciones y toda necesidad apremiante) nos llegan para instalarse en la vida y el corazón otros seres, una forma de amistad que convierte nuestra soledad en cálidos e inigualables momentos y llenan vacíos que no siempre son comprendidos. La blanca y la negra eran amigas de verdad, pero no humanas.

Hace un par de meses que en mi ‘porción’ habitual de memorias el lector conoció mi sencilla historia y convivencia con felinos domésticos. Allí mencioné a la blanca (DINA) y a la negra (TABITA). Fueron dos extremos solo en su color, sus temperamentos y apego a mi persona (sobre todo en los últimos períodos de sus valiosas vidas) era conmovedor y doloroso. Ambas se aferraban literalmente a mí y mis rincones favoritos con ternura y pasión desacostumbradas, buscando posiblemente, que con tanto predilección y atenciones les infundiera la resistencia que ellas ‘sabían’ se les escapaba con cada esfuerzo.

La blanca; hermosa y primorosa, me dio su incondicional amistad felina y sensual, llegó a mi hogar el 3 de marzo de 1986, fue la primera en su especie que mis padres aceptaron (para darme el gusto, aunque papá ya no era muy dueño de su independencia, pasaron casi 3 meses y ‘se durmió’ en la muerte mas antes tuvo claridad mental para gozar de la presencia de esa singular mascota). Castrada, mimada, era ‘un sueño hecho realidad’ por su luminiscencia y porte. Su querencia, su calidez y otras cualidades alejaron infinidad de veces sentimientos agobiantes que por entonces experimentaba, como pérdidas y frustraciones.

Antes de cumplir los 8 años comenzaron a manifestarse los síntomas de la leucemia que padecía. Se hizo todo lo posible por ella. Más de una vez creí que se moría y con ella mi deleite y ese ‘sueño que me costó alcanzar’ se asía a mi frágil existencia; yo le hablaba mucho y a comienzos de 1994 le pedí unos meses de aliento más para ‘convivir y pelearla juntas’. Tres motivos poderosos transformaron en verdad mis deseos. Los primeros minutos de 1995, con 9 años recién cumplidos se ‘durmió’ definitivamente no sin pesares físicos ineludibles. ‘Quedó un espacio vacío’...

La negra no era tan bella pero sí majestuosa y digna. Nació el 15 de febrero de 1990 en el porche de casa. La semejanza en ambas era su carácter ‘ñoño’. Su docilidad, calidez, dulzura incontenible era parte del temperamento de ambas; su variedad de ronroneos que se me asemejaban a música nacida del amor manifestado representaba alimento para ambas, para sus corazoncitos claro.

La negra tenía buena salud. Como a la blanca se le brindó castración y cuidados. Ambas durmieron conmigo gran parte de sus vidas, especialmente cuando ‘intuyeron’ que las circunstancias nos separarían. Para febrero del corriente año, después de cumplir 13 años, Tabita comenzó a experimentar lo que pudo haberse evitado (el principio de su fin), un ronquido que no llamó mucho mi atención porque solía resfriarse, pero el ronquido lejos de irse se agudizó. Pronto sonaba en su pecho como ‘catarro’. La hice ver con un profesional, la medicó y me tranquilizó. Tuve que ser razonable y admitir que tenía años que la tornaban en vulnerable pero existían poderosas razones para esperar un buen resultado.

La negra dócil y mansa, tomaba su medicación sin rebelarse. Comía bien, se acicalaba pero me asustaba porque no mejoraba, se fatigaba y le costaba responder a mis expresiones de cariño (abrazos, caricias, ruidosos besos en la cabecita que la hacían estremecer de amor; eran nuestros diarios momentos de ‘mascoterapia’). Insistía con sus tratamientos pero en vez de progresar retrocedía. Cada mañana la saturaba de caricias acompañadas de un miedo horrible de perderla, sus ojos (amarillos y grandes) más luminosos que nunca, me pedían ayuda y no me cansaba de decirle cuánto la quería y necesitaba y le pedía "¡por favor, gordita querida, no me dejes! ¡quedate conmigo 7, aunque sea 5 años más!". Creí que mi cariño le infundiría vida.

El tiempo la atrapó en una jugada que no sé si juzgar de "error humano", "indecisión", "incapacidad" o discriminación (la que muchas veces experimento YO en carne propia y hasta roza a quienes amo) que ambas padecimos inesperadamente y cuando quise reaccionar para recobrar el tiempo y "sacarla del pozo" con otro profesional y a pesar de esfuerzos denodados de toda índole; ya era tarde. Mi tierna amiga sucumbió a su mal pulmonar. Después de sufrimientos compartidos siempre con sus seres queridos o en soledad en la obligada internación, días lejos mío (porque visitarla la emocionaba al punto de ahogarse), en la madrugada del 29 de junio otra amiga fiel quedó en el camino sin retorno.

Lloré por ambas a su tiempo, pero este dolor aun me traspasa por ser tan cruel e inexplicable. La blanca y la negra ya habitan el baúl inmenso de mis preciados recuerdos...

La blanca y la negra eran mascotas pero no seres sin importancia; eran mis amigas y compañeras. Observo a las tres que quedan: Melina (14 años), Chichita (7 años) y Debra (4 años), el ‘suceso imprevisto’ incluye a toda criatura viviente y cualquiera puede ‘detenerse’, dejando de lado la intensidad de mis sentimientos que me adhieren a ellas, aun sabiendo lo dicho, no puedo ni quiero pensarlo, solo vivir el presente... lo reviviré a su tiempo y regaré con sonrisas los bonitos recuerdos que la blanca y la negra me dejaron, mis inolvidables amigas.

Julio de 2003


 
P U B L I C I D A D






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