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Había una vez una niña que soñaba con ser grande, porque en sus fantasías, los grandes eran realmente "libres y felices". Tenía muchos planes. Sería doctora, escritora, periodista, otorrinolaringóloga y terapista ocupacional, según pasaban los años. Terminaría la secundaria, conseguiría trabajo, estudiaría y las pesadillas acabarían. Solo debía dedicarse a sus metas y el límite era el cielo.
Ella sabía que nadie le regalaría nada, pero el esfuerzo, el trabajo, la preparación constante y su sensibilidad social serian tan fuertes como un huracán. Aún conciente del esfuerzo extra que le exigía no ser linda; la simpatía no era suficiente, a pesar de lo que solía decir su abuela "más vale morocha simpática que rubia presumida"…
Llego ese tiempo tan deseado y descubrió que la libertad era absolutamente relativa, según los roles que cumplíamos a lo largo de los días. Y la felicidad algo que debía guardarse en una alcancía momento a momento porque el billete entero no existía.
Mientras tanto, para completar el cuadro una enfermedad pulmonar crónica degenerativa se interponía a cada paso. Nada era como había imaginado y ya los planes no servían y entonces ¿como cumpliría las metas? Sino las cumplía, ¿en que se transformaba? En un fracaso, en nadie, en nada. Pasaría inadvertida por la vida, como en la mayor de sus pesadillas, sin ser valorada y aún peor sin ser querida. Durante su infancia alguien le había dicho "cuando tenés, cuanto vales"…. Si tenía eso en cuenta, no valía nada.
Trató que eso fuera un incentivo y no una carga; siguió camino, conoció gente generosa y de la otra; estudiaba cuando podía y trabajaba hasta que el cuerpo aguantara. Se había criado en el tránsito familiar de clase media baja a clase media. Adulta, y no tanto, conoció la pobreza absoluta y también el buen vivir de la clase media alta y alta. Divisiones sociales que siempre obsesionaron a los argentinos. Y ella, solo se permitía algunas lagrimas y su cabeza empezaba a buscar un nuevo senderos ¿no decían que: "todos los caminos conducen a Roma"? Otro refrán que le enseñó que la vida no sabe de metáforas, básicamente es literal. Y los caminos son infinitos y no todos llegan a Roma.
Quiso ser útil, trabajando gratis, por supuesto, a los que no valen nada no se les debe nada. Algunos entes sociales resaltaron su fuerza, su perseverancia, y aunque eso la alegraba, pronto algún comentario del tipo "Es solo para quedar bien con alguien enfermo y publico ante la comunidad". Lo cual bajaba aún mas la poca autoestima que ya tenía. Nunca pudo creérsela. Llegó a ser periodista el ejercicio de la profesión era difícil por incompatibilidad con la salud. Logró publicar un libro con excelentes críticas y ventas, pero dos mas dormirán sin ser publicados. Lamenta sobre todo uno que lo escribió pensando en los otros. Esos otros desconocidos que sufren y no entienden o que son felices y no se atreven a disfrutarlo, siempre creyó que si a una sola persona podían pasarle tantas cosas seria porque debía dejar algo para que otros no sufrieran…
Sin bajar los brazos también trabajo y estudio cosas, impensadas años atrás. Ya solo por gusto sin esperar grandes cosas más que la honestidad, el respeto y la confianza. Aun desvalorizándome por no mostrar títulos a personas que solo por poder creían saber.
Y la infaltable discriminación, bien defendida por el INADI que ofrece hasta abogados gratis, pero que rechazó porque quien puede culpar a un empleador, cuando sus clientes no se sienten cómodos con lo diferente. Llámese estética, ideología, o una bigotera de oxigeno atravesando la cara. Y este el final de la historia, de nadie, que al menos siempre contó con el amor en todas sus formas.
Durante el año 2003 comencé una columna en este diario, gracias a la generosidad de su director, lo hacia consecuentemente cada domingo hasta el 2005, luego ya fueron esporádicos y ahora ya casi han desparecido. ¿Por qué hoy? Simplemente por que se que algunos pocos solían leer mis mini ensayos sociales, en pos del bien común, con crudeza a veces y melancolía en otros. Y por esos pocos hoy quiero despedirme.
Como saben un día me saque la sortija y empecé a dar vueltas gratis en la calesita de la vida. Pero ya se están acabando los vueltas y estoy muy cansada de girar en el mismo lugar. Escribí la primer parte de este artículo en tercera persona, no por un arrebato de lenguaje futbolístico, sino porque era la única manera de hacerlo corto y sin golpes bajos.
Como supo escribir el maravilloso Adolfo Castelo: "Ahora, si yo me fuera no notaría mi ausencia, y quizás eso mismo es lo que yo estaba buscando: que se notara mi presencia sin percibir la ausencia del otro" (…) "El tiempo es plata y el silencio es oro, de modo que el no estar me convendrá mucho más."



