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» Este artículo corresponde a la Edición del martes, 22/jul/2003 de La Auténtica Defensa.

Algunos más iguales que otros




Buenos Aires (especial para NA por Pepe Eliaschev) -- ¿Invitado o citado? Quien "invita" con una semana de anticipación a una persona que está a 12 horas de vuelo y en el otro hemisferio, sabe que su convite no podrá ser desatendido, pero lo cierto es que George W. Bush le hizo saber a Néstor C. Kirchner el miércoles 16 que una semana más tarde, el 23, lo esperaba en Washington.

En cualquiera de ambas circunstancias, hay que convenir que la cita entre los presidentes de la Argentina y los Estados Unidos asombró y en gran medida desconcertó, sobre todo porque Kirchner acaba de llegar de una frenética semana en Europa y sus planes no eran volverse a ir de inmediato, sin que tamaño encuentro en la capital imperial pudiera ser preparado con mayor detalle y minuciosidad. Pero las oportunidades surgen a menudo cuando menos se las aguarda.

La invitación-cita en Washington puede ser interpretada desde dos miradas: a) el clamoroso fracaso político (y también, progresivamente, militar) de la invasión y ocupación de Iraq no encuentra en el mejor de los mundos a Bush, cuyo único aliado de cierto relieve, Tony Blair, es diariamente cacheteado en el Reino

Unido por su propio partido y los medios, de modo que a Washington le urge preservar buenos vínculos con países medianos que no son hostiles a los Estados Unidos y están necesitados de apoyo de la Casa Blanca, b) un funcional vacío de agenda, y la certeza norteamericana de que sus invitaciones no pueden ser desatendidas, le permite a Bush, con frescura, pedirle a Kirchner que viaje a Washington.

El Presidente llegó con un buen saldo de Europa, en lo que fue un viaje de simbolismos más que sustancias. Con Blair, así como con Jacques Chirac, Romano Prodi y José María Aznar, Kirchner esencialmente procuró y consiguió compresible legitimación a su heterodoxo acceso a la Casa Rosada.

En el mundo real los simbolismos cuentan y la foto que veremos la noche del miércoles próximo con Bush y Kirchner sonriendo en la puerta de la Casa Blanca valdrá mucho, en el frente interno como en la siempre envenenada negociación con el Fondo Monetario Internacional.

Al ingresar en la segunda parte de su luna de miel oficial con su pueblo, los míticos primeros cien días, el Presidente retiene una notable aceptación popular, aun cuando su sistema de apoyaturas políticas sigue siendo un gran enigma y confronta en el corto plazo dos severas confrontaciones electorales, la del 24 de agosto en la Capital Federal y, en menor medida, la del 7 de septiembre en la provincia de Buenos Aires.

La irresuelta ecuación del vínculo con Carlos Ruckauf se agravó muchísimo el viernes 18, cuando el presidente de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA), el Dr. José Hercman, pidió abiertamente que se investigue a Ruckauf por incumplimiento de sus deberes de funcionario público antes y después del atentado de 1994, cuando era ministro del Interior de Carlos Menem. Entidad representativa central de la comunidad judía argentina, la DAIA fue quizá un poco irreflexivamente marginada semanas atrás por el Gobierno cuando éste anunció la apertura de los archivos de la SIDE.

El duro pedido de Hercman ante el propio Kirchner, que se bajó del avión que lo trajo de Madrid para presentarse enseguida en el acto por el 9§. Aniversario de la masacre todavía impune, tiene inmediata traducción política, por de pronto en el elefantiásico justicialismo bonaerense.

Ruckauf es hombre de Duhalde, quien lo ubicó en los primeros lugares de la lista de candidatos a diputado nacional por el PJ de la provincia. Ni el gobernador Felipe Solá, que sin duda lo detesta a Ruckauf, pero tuvo sin embargo el paladar para acompañarlo fielmente en la campaña provincial de 1999 y luego heredarlo cuando aquel zafó del cargo en enero de 2002, para refugiarse en la Cancillería duhaldista, tuvo la fuerza para sacárselo de encima al perenne hombre de la eternas sonrisa, cuyas responsabilidades ahora devienen un lastre insuperable para el corazón del peronismo.

¿Puede Kirchner avalar la candidatura de Solá en septiembre en la provincia de Buenos Aires, si en la cresta de "su" lista de diputados figura tamaño peso muerto?

A comienzos de julio, la incisiva revista británica "The Economist" le sugirió a Kirchner que su popularidad para casi el 80 por ciento de los argentinos no se le fuera a la cabeza. "Sus blancos (hasta ahora) han estado protectivamente dentro de sus atribuciones presidenciales y eran esencialmente impopulares" reflexionó la revista. Es en esta dirección que se abren conflictos y dilemas: Kirchner ha avanzado con mucha destreza y decisión en espacios donde pudo moverse sin vehículos ajenos. Es evidente que el Partido Justicialista no lo homologa como su líder natural y es por eso que su ajedrez federal es complejo y sensitivo.

Pero para llegar hacia donde quiere ir, el Presidente necesita transportes políticos que por ahora le son elusivos. El escenario económico es resbaladizo. Hubo un zafarrancho de problemas con las derivaciones del aumento salarial dispuesto por el Poder Ejecutivo, medida corajuda y de mucho valor porque, más allá de las pálidas cifras involucradas, rompía un congelamiento insoportable.

El desajuste producido de inmediato en relación a los créditos hipotecarios y los alquileres, aun cuando no era un terremoto, ni era inmediato, ni era universal, volvió a ratificar la vulnerable situación del país.

Con reflejos, Kirchner no quiso que el asunto se resolviera desde Europa, pero tampoco sabía que Bush lo llamaba para volver a viajar tan rápido, de modo que las próximas dos semanas seguirán siendo intensas.

Hay comodidad intelectual digna de subrayarse en el lugar elegido por Kirchner para perfilar sus decisiones domésticas centrales (tarifas de servicios públicos, renegociación de la deuda, proyectos de obras e inversiones) en un contexto de vínculos con el mundo mucho más propicio que el afrontado por la Argentina en los últimos cinco años.

Yo no tengo dudas de que la quiebra del pensamiento único global instalado a partir de 1990 y desde el cual pivoteó la experiencia menemista es irreversible.

Hay nuevos paradigmas, seguramente mucho menos contundentes, pero más propicios para países como el nuestro. El péndulo no ha cambiado 180§ pero hay ahora matices poderosamente refrescantes, incluso desde la propia derecha neoliberal. Analice el lector este párrafo: "El gobierno norteamericano, a pesar de su supuestamente temerario fundamentalismo de mercado, en realidad gasta más de 90.000 Millones de dólares de su presupuesto nacional cada año en favores a las empresas: subsidios al campo (que van principalmente a las grandes compañías agropecuarias no a los granjeros), transferencias para investigación, garantías para créditos de exportación, incentivos de muchos tipos. (...)

Esta cifra es seguramente una subestimación, porque la verdadera extensión de los críticos llaman ´el bienestar social de las empresas´ no se ha revelado". Estas son palabras de la conservadora y archi-antiestatista "The Economist", que en un formidable informe especial sobre Capitalismo y Democracia publicado en Londres el 28 de junio puntualizó que las 30 naciones más ricas del mundo gastaron en el año 2000 la cifra de 330.000 Millones de dólares solo en garantías estatales de créditos a la exportación.

Con esta gente se está viendo Kirchner. Blair, Prodi. Chirac, Aznar y ahora Bush prometen comprensión, ayuda, solidaridad y apoyo, pero sus políticas nacionales, que naturalmente la Argentina no puede ignorar ni confrontar infantilmente, son descaradamente incoherentes con lo que hacen en sus mercados internos, en términos de proteccionismo y apoyo explícito a sus necesidades domésticas.

Seguir el propio curso, contemporizar en lo posible, pero no aflojar en lo estratégico es precisamente el camino arduo que le espera a Kirchner, en medio de un calendario político que puede agravar su soledad o, por el contrario, catapultar su plataforma para armar una red política que ahora mismo le falta.

Con los delicados dilemas de política económica que enfrenta un país que no estará en terapia intensiva pero sigue muy complicado, sucede algo parecido con las batallas judiciales y diplomáticas por cuestiones relacionadas con los derechos humanos.

A pesar de su irritante y a menudo contraproducente protagonismo, el juez Baltasar Garzón expresa muy sólidas y legítimas pretensiones cuando se propone conseguir que criminales no llevados ante la justicia de su país de origen sean en cambio procesados en otras partes.

Ese universalismo judicial se apoya en valores y principios nobles, a los que la Argentina adhirió hace ya 20 años, cuando España era una democracia recién nacida. El desenlace es, pues, inexorable: Kirchner debe tratar de ajustar en un movimiento de relativa simultaneidad, la cancelación del decreto anti - extradiciones aun vigente con la eliminación de las excepcionales leyes de 1986 y 1987, que promulgaron el punto final y la obediencia debida, herramientas de emergencia en su momento pero que el propio Raúl Alfonsín hoy estima de dudosa constitucionalidad.

Conviene no engañarse. Chirac regaña a la Argentina por Alfredo Astiz y Garzón pretende hacer su propio Nuremberg en Madrid, pero los Estados Unidos mantienen a 680 seres humanos desaparecidos en la base naval de Guantánamo.

Luego de los atentados del 11 de septiembre, los Estados Unidos han eludido el accionar de su propia justicia una y otra vez. Poco después de la criminal acción del World Trade Center, Bush decretó que comisiones militares reemplazaran a las cortes, se llevo secuestrados a 680 talibanes desde Afganistán y los enterró vivos en Guantánamo, precisamente porque está fuera del alcance de todas las justicias del mundo, incluyendo la norteamericana. Decretó asimismo que los ciudadanos norteamericanos pueden ser arrestados, incluso en territorio de los Estados Unidos, y encarcelados sin formularles cargos hasta que "la guerra contra el terrorismo" termine.

Que Garzón no se le anime a Bush, claro, no quiere decir que la Argentina deba preservar la impunidad de los crímenes de la guerra sucia y del terror de Estado. Pero vale la pena recordar que, tanto en Washington como en Madrid, todos son iguales, pero algunos son más iguales que otros.


 
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