Buenos Aires, (Especial para NA por Luis A. Gramuglia)- Las exportaciones del complejo agroindustrial van camino de ser las más importantes de la historia. A esta altura ya superan en un 2% las ventas que tuvieron lugar en 1998, año en que se produjo un récord en ese tipo de embarques.
En enero/mayo de este año las ventas externas superaron en un 24% las que se realizaron en igual período del año pasado, de acuerdo con un informe proporcionado por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura.
En el rubro de los productos primarios, el aumento se debió exclusivamente a una mejora de los precios internacionales en un 18% en promedio.
En el caso de los envíos de las manufacturas de origen agropecuario (MOA) el incremento de precios fue moderado (un 8%), pero resultó significativo el aumento en el volumen exportado (17%).
En este contexto, en cinco meses, las exportaciones de este complejo alcanzaron un valor de 6.500 Millones de dólares, casi un 60% del total exportado por la Argentina.
Sin duda se trata esta de una buena noticia que pone de relieve la importancia que tiene la agroindustria en una etapa en la que trata de promoverse la cultura del trabajo y la producción. Incluso, este crecimiento se obtiene pese a la existencia de las retenciones a las exportaciones, gravamen que, por el momento, el gobierno no piensa suprimir.
El campo y la industria constituyen herramientas insustituibles para alentar cualquier proceso de crecimiento de la economía. El gobierno no puede prescindir de ese complejo si su propósito es mejorar la performance exportadora y obtener recursos genuinos para afrontar los gastos que demanda el funcionamiento del Estado y el pago de la deuda externa.
Frente a este hecho auspicioso, alentador, se yergue la amenaza que deriva del monocultivo sojero y cuya consolidación podría afectar en un corto plazo, a un recurso que es finito: las tierras arables. El director del Instituto de Suelos del INTA Castelar, Roberto Casas, en un artículo reciente, advirtió que de continuar la actual tendencia de hacer soja casi en forma excluyente, «tornará sumamente riesgoso e inviable el sistema a corto plazo».
La soja es un cultivo que extrae nutrientes del suelo, contrariamente a lo que ocurre con los residuos de maíz y trigo, con alta relación carbono/nitrógeno. Casas, por cierto, no niega la incidencia del complejo sojero en la economía nacional, pero es partidario de no dejar de lado la rotación de cultivos «para asegurar la sustentabilidad ísica y económica» de los campos.
En este marco, destaca el valor de la siembra directa que define como «el logro más importante en materia de conservación de suelos». Ese sistema (hay en el país 14 millones de hectáreas cultivadas con siembra directa) logra mantener en superficie «importantes niveles de cobertura, aportada por los rastrojos de los cultivos en rotación, lo cual incrementa el contenido de materia orgánica del suelo y la fertilidad».
Si el objetivo enunciado es alcanzar las 100 millones de toneladas de producción, esta meta no puede lograrse a costa del suelo que no puede estar sujeto a un concepto meramente economicista sino que debe asumirse que, de alguna manera, constituye un bien social.
La producción de alimentos, que deberá aumentar en calidad y cantidad, no podrá hacerse en tierras yermas.
Por eso, nos parece atinado la convocatoria que realiza la gente del INTA para cuidar el recurso, volver a las rotaciones, evitar el deterioro de los campos.
El alerta está lanzado. Nadie puede manifestar ignorancia.



