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» Este artículo corresponde a la Edición del jueves, 24/jul/2008 de La Auténtica Defensa.

Un equipo monocolor para una nueva etapa de gobierno
Por Mariano Spezzapria




Buenos Aires (Especial de NA) -- La salida de Alberto Fernández y la rápida llegada a la Jefatura de Gabinete de Sergio Massa supone el ingreso a una nueva etapa de gobierno, que en rigor comenzó tras la derrota oficial en el conflicto agrario y que ahora sigue la lógica kirchnerista del reagrupamiento de fuerzas para pilotear tiempos de crisis.

Porque más allá de lo que pueda aportar Massa, un joven funcionario con fama de eficaz y de buen negociador, lo cierto es que la presencia de Alberto Fernández en las cercanías de Cristina Kirchner imponía un equilibrio interno en el Gobierno y contenía, de alguna manera, a los sectores más duros del oficialismo. Pero la crispación que generó el conflicto del campo al interior del Gobierno obligó a Fernández a ceder posiciones frente al ala comandada por el ministro Julio De Vido. En sus horas finales como jefe de Gabinete, Alberto comprendió que en la vereda de enfrente también tenía al ex presidente Néstor Kirchner.

Fue en las últimas horas de la noche del martes, cuando recibió en su departamento de Puerto Madero a sus colaboradores más cercanos y les avisó que pensaba dar un paso al costado. Tenía fiebre y lucía demacrado, pero se mantuvo firme en su decisión pese a la resistencia que ofrecieron sus incondicionales.

Había presenciado, días atrás, el momento en el que un Kirchner prácticamente fuera de sí le pidió a la Presidenta que renunciara a su cargo tras el voto negativo de Julio Cobos a las retenciones móviles. Y sus defensas cayeron al extremo, a tal punto que se recluyó en su casa y salió de la escena pública.

En ese contexto maduró su salida del Gobierno después de cinco largos años de gestión, pero antes de filtrar a la prensa su dimisión buscó influenciar a la Presidenta para que su salida arrastrara consigo a otros funcionarios, como el propio De Vido y el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno.

Pero no lo logró, al menos totalmente: De Vido seguirá en el Gobierno -pese a que él también ofreció su renuncia a Cristina el día fatídico del Senado- y Moreno tendrá unos días de sobrevida, aunque todo indica que finalmente dejará el cargo desde el que se hizo tristemente famoso por sus manejos en el INDEC.

Alberto Fernández acompañó a los Kirchner desde que comenzaron a soñar con llegar a la Casa Rosada, cuando el colapso de 2001 todavía hacía sentir muy fuerte los efectos de la crisis. Se convirtió en el hombre de confianza del matrimonio, a tal punto que llegó a ser considerado una bisagra entre ambos.

Esa cercanía le granjeó los celos de otros funcionarios importantes del Gobierno, pero más allá de la política siempre estuvo la economía: contó siempre con los "superpoderes" que hicieron de su lapicera la más poderosa del país. El Gobierno no se movía si una firma suya no lo avalaba.

Esas internas protagonizadas por el jefe de Gabinete fueron soslayadas primero por Kirchner y luego por Cristina. Pero las grietas que se abrieron en el oficialismo por el conflicto agropecuario convencieron al matrimonio de la necesidad reagrupar sus fuerzas y someterlas a un verticalismo absoluto.

Fernández era, en ese sentido, el único funcionario capaz de plantarse ante los Kirchner con argumentos que más de una vez los hizo retroceder de posiciones muy duras, de esas que no tienen retorno. Cuando su criterio dejó de primar, las negociaciones con las entidades agropecuarias fracasaron de manera rotunda.

En el terreno estrictamente político, Fernández había tenido algunas derrotas que no lo dejaron bien parado: la principal de ellas se la dieron los porteños, sus conciudadanos, que le dieron la espalda al kirchnerismo y encumbraron en cambio a Mauricio Macri, una figura alternativa al poder nacional.

Tampoco logró Fernández que prosperara la llamada concertación plural, de la que fue uno de sus principales impulsores, y a la que el vicepresidente Julio Cobos le dio una estocada mortal cuando votó en contra de su propio gobierno en el Senado.

Esta situación dejó a los Kirchner más dependientes que nunca del peronismo, pese a que dirigentes de ese signo político ya comenzaron a mostrar sus diferencias con el Gobierno nacional y se animan a anticipar, incluso, que podrían sumarse a propuestas alternativas en las elecciones legislativas de 2009.

En suma, la salida de Alberto Fernández de la cima del poder abre una etapa nueva para el kirchnerismo. Aún está por verse si servirá para oxigenar a un elenco desgastado o si se trata de la primera señal concreta de un eclipse político en ciernes.

mspezzapria@noticiasargentinas.com

 


 
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