"Compañeros, ustedes hasta ahora no se dieron cuenta, yo también soy una travesti y ustedes hasta ahora no se dieron cuenta". Hebe de Bonafini, 26 de junio de 2008
Buenos Aires (Especial para NA) -- Las palabras de moda hoy son enemigos, oligarcas, soldados, guerra. La peste negra de la militarización de la vida civil retorna, esta vez con curioso rasgo: no hay uniformados en el horizonte, sino una conducción del Estado enamorada del poder y de las ventajas de una hegemonía construida sobre la intimidación y el uso discrecional de los recursos públicos. Una amenaza formidable se ha ido enseñoreando sobre la Argentina.
Ahora hay que volver a probar que la diversidad democrática no puede ser una continuidad exasperante de la guerra. Debe presidir, por el contrario, el rescate y la persistencia del diálogo, exactamente lo contrario de lo que se predica desde un gobierno visceralmente seducido por su monólogo. El espectáculo de la Plaza del Congreso es deprimente.
Lejos de expresar vigorosa participación democrática, ratifica la ya clásica sensualidad del peronismo por la ocupaciónterritorial de los espacios como remedo de predominio ciudadano.
A esa debilidad se agrega hoy la preocupante inclinación de la franja "entrerriana" del movimiento agropecuario por el liderazgo carismático de Alfredo De Ángeli y sus devaneos populistas. El país asiste al intento de someter al Congreso a un "proyecto" que demuele la esencia de la división de los poderes. ¿O acaso estarían los gobernantes Kirchner verdaderamente dispuestos a coexistir con el irrestricto funcionamiento de la vida democrática y sus consecuencias prácticas?
Se ha dicho hasta el hartazgo, pero sigue siendo la mejor, más acertada y decente denominación: el kirchnerismo vive enamorado de la ideología de la confrontación como camino predilecto. Así, el Gobierno se las ha arreglado para llevar el conflicto con el sector agropecuario, provocado por el imponente aumento a los impuestos a exportaciones de granos, a unas dimensiones majestuosas. El país está capturado hace casi cuatro meses por este delirio, disfrazado de lucha por la "redistribución del ingreso".
Los Kirchner, Néstor y Cristina, cada vez más parecidos entre ellos y menos discernibles como protagonistas diferenciados, contraponen lo que llaman la "democracia del pueblo" a lo que denominan la "democracia corporativa".
Están persuadidos de que defienden el bienestar general en contra de mezquinos intereses sectoriales. o piensan, incluso, cuando se atrincheran en la reclusión de su mansión del Calafate.
"La política debe recuperar el lugar que le corresponde. La sociedad argentina demanda un orden capaz de contener el conflicto y evitar que se exprese por fuera y en contra de las instituciones. Éstas, a su vez, deben salir de la parálisis" propone la politóloga Liliana De Riz.
El lenguaje y las convicciones del kirchnerismo son expresados con especial frontalidad y sin afeites por la cruda Hebe Pastor de Bonafini, una mujer de armas tomar. Al terminar la semana describió el patético escenario de la Plaza del Congreso en términos inequívocos, al definir a los ruralistas como "nuestros enemigos, que ya los vemos como se visten, los autos que tienen, lo que opinan".
El kirchnerismo piensa lo que Bonafini no calla: "no podemos dejar que ellos llenen el Congreso, el Congreso lo tenemos que llenar nosotros. No los podemos dejar que copen el Congreso. El Congreso lo tenemos que copar nosotros, porque nosotros somos los que hacemos la democracia, no estos atorrantes, fachos y criminales".
Matiza el panorama el accionar del mendocino Julio Cobos, el vicepresidente a quien desde el corazón del oficialismo se lo vive como un traidor, "como buen radical que es" (Bonafini). Para ella "es un traidor, los radicales siempre fueron traidores. No se puede esperar de un burro más que patadas". Si la obscena pornografía del lenguaje bonafinista es un sainete ("los productores agropecuarios son unos hijos de mil putas", vocifera), su consigna es terrible porque lo mismo piensan en la cúspide del poder: "¿qué convivencia? Al enemigo ni agua, ¿qué vas a convivir con el enemigo?".
Al quedar la oposición literalmente acorralada en la situación de esperar las próximas elecciones para contar sus porotos, es la calle la que se convierte en el escenario excluyente del debate social. El circense espectáculo de la Plaza del Congreso dramatiza esa involución argentina. Parece ya indesmentible que para los Kirchner los fines justifican los medios y por eso fantasean con victorias finales y resucitan vocabularios y contenidos cuartelarios. Es que para la ideología en el poder, el conflicto es una guerra. "Tengan coraje, pónganla (sic), jueguen con fuerza y piensen en el pueblo", arengó Kirchner esta semana a su milicia. Remató: "hoy Cristina les está pidiendo que la apoyen". El reclamo del campo ha ido ya mucho más allá de los intereses de ese sector y plantea discusiones postergadas u omitidas: por ejemplo, el despótico centralismo fiscal, cuyos perjuicios denuncia insistentemente el gobernador Hermes Binner de Santa Fe, es una verticalidad que le quita savia vital a las formas federales.
¿Cuánto hay de "setentismo" nostálgico en las políticas oficiales de cara a la producción agropecuaria? el obierno puja por apropiarse de una renta, pero desde criterios autoritarios y sin aceptar rendiciones de cuenta, como en las democracias transparentes y modernas.
"El campo es el primer sector que le pone una mano en el pecho al kirchnerismo (…) como un freno al abuso de poder y a la arbitrariedad en el manejo de los fondos públicos" denuncia al presidente del radicalismo, Gerardo Morales. Cree que el sector agropecuario -en su lucha sectorial pero con fuerte repercusión inclusive en sectores urbanos- "ha puesto en la agenda pública el reclamo del país por mayor calidad institucional".
El ejercicio piramidal de la autoridad, con medidas que refuerzan sin cesar una autoridad presidencial fortalecida por la inédita delegación de facultades por parte del Congreso implica nulo control ciudadano del uso de los fondos públicos.
En estos últimos años las reformas institucionales garantizan menos poder popular y una colosal concentración de autoridad en el jefe de Gabinete, que reasigna a discreción las partidas presupuestarias. La desfiguración de todos los indicadores económicos creíbles incrementó el poder de operadores que, así, imponen sus visiones corporativas singulares.
¿Fue acaso "progresista" que se hayan prorrogado por 10 años las licencias a los actuales concesionarios de radio y televisión? Si la renovación de la Corte a partir de 2003 fue plausible y meritoria, el control del Poder Ejecutivo sobre el Consejo de la Magistratura y el nombramiento de jueces subrogados le han permitido a la Casa Rosada zafar del control público y el del Congreso en el nombramiento de jueces.
¿Qué progresismo? Tras cuatro meses de barullo en torno de las "retenciones", queda en pie una estructura fiscal regresiva, y cada vez más dinero para derramar en exenciones tributarias a grandes empresas y subsidios a lo que Roberto Lavagna denominó el "capitalismo de amigos". No se reformó el impuesto a las ganancias, ni se gravó la renta financiera, ni la transferencia de títulos de propiedad, ni las herencias. Simulacros, palabras, maquillaje.



