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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 21/may/2008 de La Auténtica Defensa.

Amago de nuevos rumbos




Buenos aires, (NA)- La credibilidad de la presidenta Cristina Kirchner cuando propicia un país sin odios, se lastima hasta lo irreversible cuando va de la mano de un intolerable silencio concesivo para los dislates extremistas que abundan en franjas diversas del propio oficialismo, a las que el poder nunca termina de condenar de manera explícita.

Pero que la idea de dialogar y llegar a acuerdos estalle como gran noción "moderna" en la Argentina de mayo de 2008 patentiza el lastimoso atraso social que padece el país. Corresponde ahora, sin embargo, ser magnánimo y deliberadamente positivo con su aparente intento para apaciguar a esta eternamente exasperada Argentina.

Pero su mensaje en la asunción de Néstor Kirchner como presidente del peronismo solo será moralmente responsable y políticamente fecundo si la noción de procurar la conciliación y desterrar el odio se revela como algo más que un recurso coyuntural, derivado de la intensidad y dimensiones de la protesta agraria. En el plazo corto al menos, las palabras de la Presidente revelan un cambio indudable.

Ese cambio es producto de una de esas modificaciones que el Gobierno detesta hacer de manera explícita a causa de un aspecto antidemocrático en su "disco rígido" ideológico, esa obsoleta sensación que padece y según la cual retroceder para acordar con quienes se oponen, es una manera deshonrosa de "perder".

Sucede que es inútil saludar el supuestamente renovado espíritu de concordia del poder oficial si se niega la existencia de un tóxico nivel de violencia retórica que menudea en sus voceros más exuberantes. En un sentido muy preciso, se llega a la conclusión de que una constante histórica de 60 años de peronismo es su apasionada decisión de servirse de todo lo que tiene a mano, en su medida y armoniosamente, sin mayores discriminaciones. Es un pragmatismo de crudeza pasmosa.

No hay pasado ni actos irreversibles que consigan destruir esa camaradería a toda prueba que atraviesa las capas geológicas del justicialismo. Escuchar los gritos del hasta ahora mesurado gobernador chaqueño Jorge Capitanich en el acto que iba a ser por Néstor y terminó siendo por Cristina, impresiona por una audacia, que, de tan enorme, resulta desconcertante.

Pero ese intenso acto de lealtad al kirchnerisno impidió a muchos que se recordara que Capitanich fue jefe de Gabinete del gobierno de Eduardo A. Duhalde, al que en su oportunidad la propia Cristina Kirchner aludió como padrino de una mafia. La migración de las almas es, en el peronismo, un evento rutinario y hasta consagrado como virtuoso, una manera de premiar, si no la traición, al menos el oportunismo más descarnado.

Bajo el maquillaje de realismo, ese oportunismo genera condiciones para que en cada ciclo se nutran de apoyos cambiantes de punteros y dirigentes que ven luz encendida, suben, se quedan y, finalmente, se van. No es un hecho menor que mientras el matrimonio Kirchner, con prudente razonamiento, jugaba a compartir cartelera sin narcisismos venenosos, en la escuálida tribuna del club Almagro dos bandas mal entrazadas y de probada veteranía en el pandillerismo sindical, camioneros y albañiles, exhibieran su grosera predilección por ajustar cuentas a su manera, a garrotazos, cadenas y patadas.

Era una regurgitación ácida de esos modos setentistas de los que al Gobierno no le gusta hablar, pero de alguna manera subsisten. El llamamiento de la Presidente a un diálogo que destrabe el conflicto con el campo choca, "objetivamente" (para decirlo en jerga marxista), con los intereses y planes de los factores de poder más agresivos incrustados en el organismo viviente del oficialismo.

Ahí es donde el kirchnerismo rinde homenaje a una vieja tradición que le es muy cara: el justicialismo siempre se las arregla para disponer de "formaciones especiales" a las que se recurre y se patea, desautorizándolas cuando ya no sirven. Personajes consagrados orgánicamente a esa torva y amenazante "militancia" de los escraches sistemáticos (D´Elía, Tumini, Depetri, Pérsico, entre otros) están, operan, hablan, aprietan y hacen política desde el interior del Gobierno. ¿Por qué? Porque les sirven a quienes mandan.

Son los destacamentos "sociales" del kirchnerismo, que afortunadamente en esta época no secuestran, ni matan, aunque sí aprietan, vociferan e intimidan. Si es una maniobra corta y oportunista, el dialogo que ahora propone la Presidente terminará licuándose en pocos días, cuando se vuelva a la dialéctica de las denuncias, ataques o campañas lanzados por ka Casa Rosada contra sus enemigos.

Pero si, al contrario, ocurriera que Cristina Kirchner se hartó de ocupar el papel de agresiva y antipática sabelotodo y se asume una como serena y humana estadista a cargo de conducir a la Nación por senderos de progreso en paz y armonía, eso sería una revolución.

Tal cambio alteraría de manera drástica los usos y costumbres de cinco años, a lo largo de los cuales el lenguaje oficial ha privilegiado el monólogo, el encono y la sistemática promoción de las polarizaciones sociales y políticas más beligerantes. Pero una dificultad grande que presenta el escenario argentino es el cruce de dos hábitos nefastos, enraizados de modo aparentemente insuperables en el núcleo de la manera nacional de cosas.

Esta manera local agrupa dos fuerzas de poderosa negatividad. Una de ellas es la tendencia agotadora a la retórica generalizante, en oposición a criterios de practicidad y -sobre todo- enfocados a resolver los problemas, no solo a debatirlos eternamente. La otra es la pugnacidad hiriente instalada hace años y cuya capacidad de envenenar el presente y el futuro del país.

Es un virus inestable y terriblemente destructivo, caracterizado por una inexorable tendencia a atribuirse la única verdad y a descalificar a todos los que son portadores de matices o ideas diferentes. Esa agresividad del oficialismo, enemiga de toda búsqueda sincera de comunes denominadores, aparece incluso en personas que hasta ayer no más exhibían opciones diferentes.

¿Es que, caso, el mismo Capitanich que ahora, para recibir dinero del Gobierno, grita en los actos que el campo fue aliado de De la Rúa en haber fundido al país, no fue Jefe de Gabinete de un gobierno en el que eran ministros los radicales Horacio Jaunarena y Jorge Vanossi, que al caer la Alianza participaron de aquel gobierno de transición? ¿Los denunciaba, entonces, Capitanich a esos compañeros de gabinete como cómplices de haber fundido a la Argentina?

Por eso, hacen falta todavía muchas pruebas de amor para creer que ha llegado a la Argentina el tiempo de un gobierno abierto al diálogo y a los compromisos, menos altanero y menos autosuficiente.


 
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