LA PLATA, (Especial de AIBA). Hay momentos en que pareciera que la vida social argentina vive al costado de los marcos normativos o transgrediéndolos continuamente. Entonces estalla la violencia ya que ´la sociedad civilizada surge en la historia de la humanidad tras la domesticación de la violencia´, de lo contrario familias criminales, pandillas y mafias desarrollarán su energía criminal.
Motivan estas reflexiones la inseguridad creciente en que vivimos y especialmente en lo que atañe a la vida juvenil: golpizas en discos, venta de alcohol indiscriminada a menores, tolerancia social y adaptación resignada del consumo de drogas. De ahí que la salida nocturna de nuestros hijos sea casi un acertijo azaroso en donde los lugares de ocio y tiempo libre parecen ser territorios tomados por aquéllos que representan la contracara de la salud y la calidad de vida.
Hay una crisis del orden jurídico, casi una burla a las leyes y normas. Personalmente creo que ésta es casi una de las batallas perdidas (en este momento): las leyes que regulan la convivencia están para no ser cumplidas frente a la atonía y pasividad reinantes.
Freud nos enseñaba que en el hombre chocaban dos fuerzas: la pulsión de vida y la que llevaba a la destrucción y al autoaniquilamiento. Eros y Thanatos, dioses griegos que latían en el seno de cada corazón y cada comunidad. Pero también nos enseñaba que ´sólo el desarrollo cultural logrará dominar esta humana pulsión hacia la destrucción y la autodestrucción; el destino de la especie humana dependerá si logra o no este desarrollo cultural´. Desarrollo cultural que es educación, vida familiar, sistemas normativos, legales y penales y fundamentalmente la autosuperación individual sublimando lo más negativo de nosotros mismos en pos de una finalidad comunitaria.
Freud retoma a los griegos que decían que el orden jurídico era el último eslabón de la tarea de la educación. Para ellos primero estaba la educación familiar, la social y la de las primeras letras, y por último el orden. Por eso creo que hoy debemos recordar valores familiares. ¿Quién va a cuidar mejor a nuestros hijos y nietos mejor que nosotros?
La familia, o los restos de familia existente (me refiero al adulto protector y orientador del menor) tienen hoy mayor vigencia que nunca, especialmente en edades de máxima vulnerabilidad (12 a 17 años) en donde el contacto con alcohol y drogas es muy intenso y además sostenido por variadas y sofisticadas formas de aceptación social (mediáticas, propagandísticas, banalización de daños, presión al consumo experimental).
En conversaciones que a diario tengo con escolares y jóvenes de distinta procedencia veo la incertidumbre y la confusión en la cual se debaten: ¿la marihuana no dicen que es medicinal? ¿el alcohol daña? Y si daña, ¿por qué nos usan en la publicidad? ¿la cocaína para divertirnos no está bien? ¿el éxtasis para una noche larga qué dificultades tiene?
Y así sucesivamente siguen las preguntas en donde el desafío se mezcla con la necesidad de que existan adultos que orienten. A veces creo que los adultos hemos perdido la posibilidad de transmitir la pulsión de vida y cuando esto sucede queda la autoaniquilación y/o la destrucción.
En la Universidad de Deusto (Bilbao-España) estudiaron las pautas que distinguían a las familias que tenían hijos consumidores de drogas y alcohol de aquéllas que no los tenían. Así surgían claramente en aquellas familias que tenían hijos sanos los siguientes rasgos: control y supervisión de actividades de los hijos (amistades, lugares que frecuentan), educación sobre el uso de tabaco, alcohol y de los daños sobre el consumo de drogas, los padres no dudan de su papel y sus normas son firmes y flexibles y fundamentalmente transmiten una escala de valores a sus hijos educando la voluntad, premiando el sacrificio y compartiendo el tiempo libre con ellos.
En las familias donde hay hijos consumidores todo esto se halla alterado.
Creo que son momentos de reflotar el papel de los adultos y familiares en la educación hacia la salud y la vida. Otros no se van a hacer cargo.
(*) Director del Instituto de Prevención de la Drogadependencia de la Universidad del Salvador. E-mail: uds-drog@salvador.edu.ar



