Buenos Aires (especial para NA por por Pepe Eliaschev) -- La inevitabilidad del triunfo opositor en la Capital Federal sólo se matiza con los alcances de la victoria. Aquí el
Gobierno ha sido astuto en el marco de su crudeza proverbial.
Instaló la noción de una supuesta "epopeya", atribuida a Daniel Filmus, y a partir de ese concepto, construyó una dialéctica del mito triunfal. Arribar a los 40 puntos sería, así, una descomunal proeza, señal de que en octubre los Kirchner arrasarán.
La verdad es que los 40 puntos ahora convertidos en mito deslumbrante serían repetir lo que sucedió a nivel nacional en 2005, cuando el Gobierno logró legitimar su posición dominante, tras aquel desvaído 22 por ciento logrado por Kirchner en las presidenciales de abril de 2003.
Macri es ahora mucho más que un mero proyecto personal, no sólo porque su compañera de fórmula Gabriela Michetti es bastante más que un ornamento femenino y se ha posicionado como un importante valor político agregado, sino porque el diseño alternativo al kirchnerismo va lentamente dotándose de sustancia y rasgos de solidez.
Los 20 puntos de diferencia que marcó el binomio Macri-Michetti el 3 de junio son, así, un peldaño enorme de diferenciación, pero también constituyen un objetivo nada sencillo de repetir; un 60 por ciento ahora para los ganadores significaría que Macri habría aumentado su resultado inicial en un 37 por ciento y mantenido la diferencia sobre Filmus. La gran diferencia, sin embargo, radica en que Filmus es Kirchner, mientras que Macri solo reporta a sí mismo. El oficialismo deambuló durante la campaña por senderos diferentes y tuvo que desandar sus pasos. Si los resultados de hoy fuesen imprevistamente clamorosos para Kirchner se demostraría que en la Capital coaguló un sólido umbral en el que se mezclan la aprobación por la primavera de consumo que vive la clase media porteña con una asombrosa aceptación del setentismo progresista en el que se enmarcó la candidatura del Ministro de Educación. No es imposible, pero hay que decir que tamaño escenario es altamente improbable.
Uno de los problemas del Presidente es que no logra amasar triunfos singulares que permitan imaginar el progreso de un armado nacional propio. Las satisfacciones electorales que este año tuvo en Catamarca y Río Negro derivan de su exitosa empresa de suscitar apoyaturas de radicalismos provinciales quedados a la intemperie.
Neuquén y ahora el doblete de ballotages (además de Capital Federal, se disputa la gobernación de Tierra del Fuego) no exhiben escenografías rutilantes. ¿Dónde radica, entonces, la esencia de la hegemonía presidencial?
Kirchner pasó esta semana por Santa Fe y además de repartir cordialidades a los dos protagonistas de la interna del PJ que se disputan el aval de la Casa Rosada (Agustín Rossi y Rafael Bielsa), no pudo menos que deparar elogios para el casi seguro triunfador de las elecciones a gobernador, el candidato de la alianza socialista-radical, Binner. Si a esto se le agrega que el Gobierno tuvo que confiar la candidatura bonaerense a una figura surgida con Menem y visceralmente alejado del progresismo setentista, Scioli, que en la otra provincia determinante, Córdoba, la sucesión de De la Sota, Schiaretti, fue armada sin pedirle permiso al gobierno nacional, y que en Mendoza todas las fichas de Kirchner se juegan en lo que se pueda llevar Julio Cobos del radicalismo, el panorama es, al menos, asombroso.
Es que, al margen de algunas fidelidades puntuales (Alperovich en Tucumán, Busti en Entre Ríos, Das Neves en Chubut, Fellner en Jujuy), la política del Presidente comanda, pero no consigue (o no se lo propone) organizar de manera sustancial esa energía en capital político institucional.
Por eso, el oficialismo se presenta como Frente "para" la Victoria: no es ni pretende ser un partido o fuerza llamados a perdurar de manera orgánica en el escenario nacional, sino solo un dispositivo pensado para ganar elecciones.
La fragmentación del sistema de partidos se patentiza, además, en el caso de Tierra del Fuego, donde llega a la segunda vuelta la candidata a gobernadora por ARI. Se trata de un partido fundado por Elisa Carrió pero al que ella renunció cuando proclamó su candidatura presidencial al frente de una hoy funcionalmente inexistente Coalición Cívica. Los fueguinos de ARI no la quisieron a Carrió en la campaña y lo que les toque (un batacazo electoral o un muy digno segundo lugar, ya asegurado) no parece en c condiciones de poder potenciar las fortunas de la chaqueña afincada en la Capital.
Roberto Lavagna, habiendo elegido como acompañante de fórmula al presidente del radicalismo, el jujeño Morales, recorre las provincias con ese perfil parsimonioso que enerva a muchos, sobre todo porque el ex ministro de Economía patrocina y ejerce un estilo de serenidad y altura que no parece compatible con el belicoso tono que prevalece en el ámbito nacional.
El ascenso de Macri en la Capital determina que tanto el próximo jefe de Gobierno de la Ciudad como Lavagna imaginen algunos pasos convergentes, como sucede con Ricardo López Murphy, también él candidato presidencial. En ese escenario, el bochornoso episodio del "ingeniero" Blumberg deja un tendal, pero bien leído demuestra que aun cuando es barato y hasta sencillo despotricar contra la política tradicional, los "renovadores" antipolíticos no están exentos de las peores mañas.
Los hechos políticos se escapan, de esta manera, de las ensoñaciones amamantadas en el ejercicio del poder. Si el "General Invierno" le hace daño importante al mesianismo oficial (Aníbal Fernández pontificó esta semana que las penurias energéticas han sido "nimias"), los costos políticos que pagará el Gobierno no serán modestos.
En el poder se menoscaban las penurias de la gente: esta semana, este reportero conversó con gente de campo del interior del Chaco, obreros del algodón de la zona de Presidencia Roque Sáenz Peña que con lágrimas en los ojos se lamentan de que las desmotadoras están siendo paralizadas por las sanciones estatales al consumo de energía, formidable paradoja de un gobierno industrialista que cierra la llave de la electricidad al sector productivo, mientras tolera pasivamente que la burguesía más rica duerma sin frío y pague tarifas absurdas por unos servicios públicos que cobran la tercera parte de lo que se paga en las naciones vecinas.
Y ya que se mencionan naciones vecinas: en uno más de sus costosas definiciones emocionales, Kirchner no atravesó indemne el 20 de junio en Rosario: motivado por la recalentada retórica nacionalista de la gente de Gualeguaychú, levantó con entusiasmo una bandera argentina que llevaba la leyenda "Fuera Botnia".
Montevideo gruñó con ira contenida; el presidente de la Argentina no tolera un amontonamiento de partidarios sin ratificar su debilidad ante los arrebatos supuestamente populares.



