La Constitución Nacional, en su artículo 14, reconoce a todos los habitantes de la Nación el derecho a publicar sus ideas por la prensa sin censura previa, y en el artículo 32 prohíbe al Congreso dictar "leyes que restrinjan la libertad de imprenta o establezcan sobre ella la jurisdicción federal".
El resguardo de la libertad de expresión en general, y de la de prensa en particular, está por lo tanto enraizado en nuestra vida institucional desde el momento mismo en que ésta quedó formalmente acreditada, en 1853.
No cabe duda de que se trata de una libertad incómoda para quienes deben protegerla y reivindicarla. Es que a veces tal o cual información, ésta o aquella opinión, molestan, perjudican los intereses de algún sector de influencia, y entonces es grande la tentación de silenciar a quien ha generado esa situación por sacar a la luz sucesos que muchos preferirían mantener ocultos o ignorados.
En cierta medida, incluso, podría verse a esta libertad como la única que salvaguarda los intereses del hombre común de las posibles manipulaciones de gobierno y oposición, empresas y sindicatos, izquierdas y derechas. Su ejercicio responsable es, en rigor, un poderoso antídoto contra cualquier abuso, cualquier extralimitación, cualquier engaño que se pretenda instaurar en la sociedad.
La historia enseña que desde siempre se ha procurado coartar la libertad de prensa con toda clase de pretextos, algunos muy loables y a menudo muy ingeniosamente manejados: "el pueblo", "la soberanía", "los valores", "los derechos individuales", "el honor" y muchos etcéteras.
También se ha buscado reconocer a "la prensa" como titular de dicha libertad y contraponerla a "la empresa", es decir, a la conjunción de esfuerzos humanos y materiales que hace posible que un medio gane la calle. Como si un diario, una emisora radial o un canal de televisión pudieran plantarse firmemente frente al poder sin la solidez suficiente para soportar sus previsibles represalias, más o menos sutiles, más o menos brutales.
Los que impulsan esta diferenciación en nombre de "la gente" o de "lo popular" simplemente están mintiendo, o terriblemente equivocados. Pero si los ciudadanos se dejan convencer por sus argumentos, cuando descubran que no pueden conocer la verdad de lo que sucede porque no hay nadie confiable que se la presente lamentarán - tarde- su credulidad.
Para ser claros y precisos:
- el pueblo necesita la plena vigencia de la libertad de prensa porque de lo contrario está en peligro de ser engañado y manipulado "desde arriba".
- Las excusas para limitar o cercenar esta libertad, aun las que echan mano a los más nobles ideales, deben ser rápida y firmemente desechadas.
La Argentina, como tantos otros países, tiene una historia llena de claroscuros en cuanto a la vigencia de este componente esencial de la vida republicana. Entre todos esos vaivenes, un dato es tan evidente como aleccionador: las etapas en que la libertad de prensa se vio afectada coincidieron con tiempos aciagos para el país en su conjunto.
Ese paralelismo debería darnos motivo para pensar… si es que realmente tenemos ganas de pensar.
(*) Diputado nacional. Candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires.



