Buenos Aires, junio 6 (especial para NA, por Pepe Eliaschev) Es inútil negar la realidad. Está pasando algo bastante extraño y completamente inesperado, un recodo de la historia al que llegó la Argentina de manera imprevista y cuyo rasgo más evidente es la recreación de un clima de confianza inimaginable hace apenas 60 días. Es cierto, la arista sobre la que este país está parado es de una delgadez alucinante y están plenamente abiertas las múltiples oportunidades para un nuevo y tal vez definitivo derrumbe.
Pero también es verdad que hay un aire augural en el clima que respiramos los argentinos al concluir el otoño. De modo sutil pero persistente, se advierte que, además de la muerte, está la vida, y que el colapso permanente es apenas una de las caras de la existencia nacional. La otra, aquella que se encarna en la posibilidad de una manera diferente de gobernar al país, también es posible, inminente y hasta patente en los crudos hechos.
Dos semanas después de haber tomado el bastón presidencial en sus manos, un santacruceño desgarbado y testarudo viene exhibiendo una capacidad de provocar certidumbres que es capaz de hacer dudar al más sólido de los pesimistas profesionales que abundan en la Argentina.
Los norteamericanos tienen una frase hecha para describir aquellas maneras de comportarse que reiteran las convenciones y aseguran la rutina: dicen que se trata de «business as usual», o sea «hacer las cosas como siempre». Algo sabemos ya al cabo de la primera quincena del kirchnerismo realmente existente: este Gobierno no está haciendo las cosas como siempre.
A pura naturalidad, se viene abriendo paso con unos modos, una impronta y una generación de consenso que demuelen la ominosa tradición argentina de fragmentación eterna.
En apenas 24 horas, por ejemplo, el Presidente se llevó puestos dos tabúes repugnantes que herían de manera alevosa no solo la dignidad nacional sino también la propia factibilidad institucional de la República. Abominó Kirchner del acuerdo chantajista que Eduardo Duhalde había pergeñado con la mayoría automática de la Corte Suprema de Justicia y replanteó la necesidad acuciante que tiene la Argentina de reformular desde cero los problemas gravísimos que se patentizan en un máximo tribunal cuyo nivel de credibilidad es cero.
Y, tras cartón, como quien da vuelta la página, se hizo cargo del deber del Estado de resolver el atentado de julio de 1994 contra la comunidad judía argentina, ordenando que la Secretaría de Inteligencia de Estado diga y revele todo lo que tiene oculto de aquella matanza de 85 vidas cuya impunidad es un agravio imponente.
La Corte Suprema y el caso AMIA son obviedades cuya mera persistencia revela la Argentina obsoleta que este país sigue padeciendo. ¿Es un mérito del Gobierno encarar la resolución de cuestiones elementales en cualquier sociedad ordenada? No, no lo es, pero en un país sumergido en perversiones institucionales de dimensiones calamitosas, que la justicia sea justa y que el crimen sea condenado siempre son una hazaña existencial que cambia la historia.
Hay en el gobierno de Néstor Kirchner gestos y nombramientos que pueden provocar algo de zozobra y reacciones de asombro relativamente razonables.
A Kirchner se le vino encima la tarea de conducir a la Argentina con una velocidad y una imperiosidad imposibles de haber sido anticipadas en algún gabinete teórico o programático.
Bien entendido, este presidente no es alguien que no se ha preparado para gobernar, pero la incertidumbre monumental que se vivió en la Argentina desde diciembre de 2001 hasta abril de 2003 ha sido una limitación sobrecogedora a la capacidad de la política para organizar cursos de acción ordenados y para reclutar a la gente que sea capaz de recorrerlos con puño firme y solvencia moral. Se advierte que el Presidente no está demostrando mayores compromisos con actuaciones decisivas de Duhalde, cuyo apoyo político le permitió al santacruceño llegar a la Casa Rosada.
Casos notables de este modo de manejarse han sido, por ejemplo, la anulación del decreto a favor de Aeropuertos Argentina 2000 (Eduardo Eurnekián) firmado por Duhalde horas antes de irse, la embestida contra el citado pacto con el grupo dominante de la Corte Suprema y contra la impunidad que Miguel Angel Toma garantizó a los gerentes de la SIDE en el caso AMIA. No se percibe que haya en el curso de acción del Gobierno condicionantes que evidencien un contrato previo explícitamente limitador de las potestades presidenciales.
Tamaña autonomía, sin embargo, no necesariamente es garantía de efectividad, porque si bien Kirchner ha empezado apenas a configurar su propia base de poder en el país, su endeblez no es un misterio, aunque mucho lo ayude la manera llana y a la vez penetrante de su modo de ejercer el poder.
Lo nuevo de la Argentina de junio de 2003 es que los eufemismos se van convirtiendo progresivamente en rasgos de un pasado en retiro. Las formas de hablar, el «discurso» político central y hasta los pequeños gestos configuran un panorama en el cual, de a poco, la Argentina se va abriendo más a la inteligencia serena que al seudo pragmatismo habitual. Hoy, Kirchner acumula un piso de apoyo civil no inferior a los dos tercios de la sociedad.
Parece muy autocontenido en materia de manejo del poder y ratifica su propósito de manejarse con estricto apego a la integridad del edificio institucional.
Por eso la variante del juicio político a Julio Nazareno excluye la opción de una consulta popular que sería atacada como «pueblada» contra el orden jurídico existente.
En este sentido, es curioso que Elisa Carrió le haya pedido un poco de moderación al Gobierno, aparentemente consternada por las primeras dos semanas hiperquinéticas durante las cuales Kirchner ya consumó una contundente limpieza en los mandos militares y reorganizó el estado mayor policial pero preservando por ahora a su jefe. Lo esperan ahora al Presidente un par de compromisos internacionales que tienen la condición de fundacionales y sustantivos.
El Tango 01 lo llevará primero a Brasil para visitarlo a Lula y más adelante a Washington para ser recibido por George W. Bush. Ayuda la súbita tolerancia que ahora exhibe el Fondo Monetario Internacional, impresionado con la suavidad del lento ingreso argentino a lo que la insaciable revista británica «The Economist» denomina «una enérgica recuperación». Kirchner se ha manejado con destreza en los capítulos de confrontación más previsibles.
Sedujo políticamente a la explosiva e intolerante Hebe de Bonafini y se ganó la exuberante cordialidad de los líderes piqueteros más estructurados (Alderete y D’Elía), paso inicial para seguir conversando con los grupos más extremos. Aunque reitera en privado como en público que él no va criminalizar la protesta social, explicita que se tiene que acabar ya mismo la rutina de calles cortadas y rutas bloqueadas.
El actual jefe de la Policía Federal, Roberto Giacomino, no lo ayuda al Presidente cuando insiste en la vieja ideología de colapsar manzanas enteras de la Capital Federal ni bien 50 personas se dan la mano para interrumpir el tránsito, en un evidente esfuerzo por desacreditar al legítimo derecho de manifestación, abroquelando a la sociedad en la siniestra ecuación desorden y libertinaje o represión violenta y autoritarismo.
Sabe Kirchner que en menos de tres semanas, el 26 de junio, tendrá ocasión de mostrar las nuevas reglas del juego, cuando se conmemore el primer aniversario del asesinato de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, militantes sociales acribillados a balazos por la policía de la provincia de Buenos Aires en las inmediaciones del Puente Avellaneda.
Ese día, o antes, se necesitarán muchas cosas, empezando por impunidad cero para los criminales y efectivo y armónico control que no haya violencia ni desbordes sin que ello implique coartar la legítima bronca que suscitará la recordación.
El clima es diferente y la mayor parte de las reacciones espontáneas refleja alivio, expectativa, esperanza y hasta entusiasmo. Para un país tan enfermo de negatividad y oscuros presagios, no es poco. En el gobierno se fantasea con que el 9 de julio el balcón de la Casa Rosada sea ocupado por, entre otros, Mercedes Sosa y León Gieco, para cantar el Himno Nacional.
Kirchner dice que no quiere estar en ese lugar, pero se conmueve imaginando que ese día, al escuchar que desde la Rosada los grandes ídolos populares entonan el «Oíd Mortales», los argentinos volvamos a sentir orgullo o, por lo menos, respeto por nuestros gobernantes.
¿Cuánto hace que no sucede eso?



