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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 12/nov/2006 de La Auténtica Defensa.

Nuevas urgencias institucionales
por Pepe Eliaschev




Buenos Aires (por Pepe Eliaschev, especial para NA) -- Salió rápidamente el Gobierno de su severo traspié en Misiones, para avanzar con el semi lanzamiento de Cristina Fernández al centro del escenario.

Imposibilitadas las fuerzas opositoras de capitalizar de inmediato la derrota del apoyo del Presidente a la reelección abortada en la provincia mesopotámica, la Casa Rosada desplegó con astucia sus líneas operativas.

Mientras la economía depara noticias buenas y promisorias en los grandes escenarios estratégicos, el tablero se pobló de operaciones que recomponen la situación creada por la seguidilla negra que tuvo el Gobierno, luego de los bochornos del Hospital Francés, el 17 de octubre en Misiones y el plebiscito de Misiones, donde la Casa Rosada fue derrotada por el 57 por c iento de la población.

A partir de la desautorización de Felipe Solá en su intento de buscar un artilugio constitucional que le permitiera procurar un nuevo mandato de gobernador de la provincia de Buenos Aires (segundo, según él, pero tercero según todas las evidencias), la opción estratégica del Presidente fue avanzar con energía, sacrificando alfiles a los que Misiones convirtió en lastre fatal.

Despejado el panorama con esa sobreactuada exhibición de virtud desde la cual el Gobierno se mostró ahora absolutamente dispuesto a no hacer nada que pueda molestar al pueblo (el reeleccionismo militante), y como si los casos de Rovira en Misiones, Alperovich en Tucumán, Fellner en Jujuy y Solá en la provincia de Buenos Aires no hubiesen contado con explícito y fervoroso apoyo de las autoridades nacionales, la Casa Rosada cambió inopinadamente el eje de la conversación e hizo valer su hegemonía modificando los términos del conflicto.

En un punto, es como si el Gobierno confesara maravillamiento y entusiasmo por la decisión de los misioneros (los argentinos no quieren que los políticos se atornillen en sus cargos), al margen de que fue este poder el que propició y favoreció esa tendencia, ahora revelada como peligrosa.

Por eso, el dispositivo que emanó de la Casa de Gobierno fue recuperar la ofensiva en el plano institucional, una manera de revelar que, ahora, las cuestiones de esa naturaleza sí son importantes y a ellas se dedicarán las autoridades.

Es, además, una manera de expresar que el mero aumento del producto bruto, la caída del riesgo-país y el engrosamiento de las reservas del Banco Central no enamoran mucho a nadie.

Por eso, la Casa Rosada instala ahora la pendiente cuestión de la Corte Suprema de Justicia, un cuerpo de nueve miembros desde el gobierno de Menem, que ahora solo tiene siete vacantes cubiertas y para el cual el Gobierno solo quiere que permanezcan, via una nueva reforma legislativa, cinco.

Por razones que van de lo biológico a lo administrativo, la idea del Gobierno es que dos de los actuales ministros evacuen sus cargos (Carlos Fayt tiene 88 años, Enrique Petracchi tiene 71 y ambos ocupan sus cargos desde el comienzo de la democracia, en 1983) y los cinco restantes, ley mediante, queden como los únicos titulares de una Corte de cinco.

La idea del Gobierno no parece mala. Solo impresiona que le haya costado llegar a ella, tras mantener las dos vacantes no cubiertas, con lo que el máximo tribunal permanecía bajo una espesa urdimbre de incertidumbre y pesadez de decisiones.

Arquetípico de un país que vive cambiando las normas en función de necesidades políticas perentorias, se regresa ahora al punto de partida, esos cinco miembros que respetó escrupulosamente Alfonsín, número que el peronismo en el poder llevó a nueve desde 1990 con la ley 23.774.

De esta manera, con una iniciativa que tiene mucho de la tradicional pasión oficial por los golpes de efecto, desaparece el desquicio en Misiones y se proyecta el compromiso institucional del Gobierno.

Pero, sobre todo, ahora aparece algo mucho más estratégico: con el Operativo Corte a cargo de Cristina Kirchner se advierte que, ahora sí, la Casa Rosada estaría marchando de manera bastante resuelta a instalar a la mujer del Presidente como candidata para las elecciones de octubre de 2007, confirmando las palabras que el propio marido de la senadora pronunció con (hay que admitirlo) enorme franqueza hace algunos meses, cuando al dibujar el futuro político de la Argentina desde 2007, aseguró "será pingüino o será pingüina").

Al recostarse sobre las cuestiones (y los sectores sociales que se reconocen en ellas) que simbolizaron el impulso renovador y progresista de 2003, ¿el Gobierno se está autocriticando sin admitirlo?

Es posible, pero no hay todavía elementos de juicio para postular una conclusión tan optimista. El Gobierno, que postuló a Zaffaroni y Argibay para la Corte, es también el que ha practicado un áspero pragmatismo con las realidades contundentes de los poderes provinciales y municipales, a los que abrazó en su búsqueda de poder y fuerza propios.

Si el cachetazo de Misiones no gatilló un reconocimiento formal y articulado de los desvaríos y la necesidad de recuperar iniciativas y prácticas más virtuosas, al menos habría determinado, según esta hipótesis optimista, la percepción de que las causas institucionales deben ser, al menos respetadas.

Pero esta mirada, en la cual este columnista quiere expresar una pequeña, pero verdadera y hasta agónica intención de pensamiento positivo, choca contra la intención de volver a arrancarle al Congreso la renovación de una "emergencia económica" que ya no hay manera de justificar, sobre todo de cara a la retórica gubernamental, insistente en su pasión por mostrar la recuperación formidable del país. En su paso por el Senado, el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, proclamó triunfal que "¡estamos viviendo un momento espléndido!". Y si el momento es tan maravilloso, cuando se aproxima el quinto aniversario de la caída de De la Rúa y el riesgo-país es como el de 1997, ¿de qué "emergencia" se habla? Las intenciones presidenciales para con Cristina Kirchner se advierten en su propio y empecinado hábito de compararse y medirse con la senadora neoyorquina Hillary Rodham Clinton, cuyo marido abandonó el poder hace ya seis largos años.

En un encuentro armado hace pocos días con un grupo de periodistas elegidos por la senadora argentina, no faltó una nuevareferencia a una idealizada Hillary Clinton, de la que dijo que "ganó la elección de Nueva York con un porcentaje que aquí ustedes calificarían de feudal".

En verdad, la senadora demócrata logró el 68 por ciento de los votos para renovar su banca por el estado de Nueva York en el estado de Nueva York. Como Cristina Kirchner se mira en el espejo de la eventual candidatura presidencial de la senadora Rodham Clinton, les dijo a sus invitados especiales "yo tuve en la provincia de Buenos Aires más número de votos que Hillary".

Clinton logró 2,8 millones de votos (el 67 por ciento), mientras que el republicano John Spencer fue votado por 1,3 millones (el 31 por ciento). En el estado de Nueva York, que tiene 19 millones de habitantes, se registraron para votar 11,6 millones de ciudadanos, pero este martes 7 de noviembre solo lo hicieron, en definitiva, 4,4 millones, o sea un poco menos del 38 por ciento.

El Consulado argentino en Nueva York no le recordó a la senadora Kirchner que en los Estados Unidos se vota un martes, no un domingo, ese día de elecciones es jornada hábil laborable y, además, el voto no es obligatorio. Por lo general, dado el carácter voluntario del voto, suele sufragar apenas no más del 50 por ciento de los ciudadanos formalmente en condiciones, porque, a diferencia de la Argentina, en los Estados Unidos solo se puedeemitir voto si la persona se inscribe muy previamente, para quedar "registrada".

Además, corresponde subrayar que la senadora Clinton empezó su mandato en 2001, cuando su marido concluía sus ocho años de presidente de los Estados Unidos.

Pocos gobiernos y pocos presidentes simbolizaron tanto los satanizados años Noventa como el exitoso gobierno del añorado Bill Clinton.

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