InicioFarmacias#DifusiónArchivoBúsquedaSesiones HCD
  Ir a la edicion del dia
MEDIO DIGITAL DE CAMPANA
BUENOS AIRES, ARGENTINA
miércoles, 30/sep/2026 - 16:56
 
Parcialmente nuboso
18.6ºC Viento del Suroeste a 11Km/h
Parcialmente nuboso
Política y EconomíaInfo GeneralPolicialesEspectáculosDeportesNacionales
Twitter Facebook Instagram
» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 02/jul/2006 de La Auténtica Defensa.

Los reyes: atuchaq
Charly Schneider





 El cincuenta y seis por ciento de la población de este país, tiene al menos un antepasado amerindio

En mi vida no he visto más reyes que los que aparecen dibujados en mis barajas. Sin embargo, los sabios aseguran que no existe un mundo carente de estas manifestaciones oligárquicas.

Esta historia me la contó mi abuela, que a su vez, escuchó cuando doña Palmira Rodríguez se la narraba a su nieta Clara; es posible por lo tanto, que en el medio de las interlocuciones se haya perdido parte, no mucho, de esta leyenda.

De modo que uno presupone, como sobrevivieron las historias de los pueblos, de boca en boca, de generación en generación, que seguramente ha prevalecido lo más importante, sin que se dañase demasiado la esencia del contenido.

Es importante saber también que el cincuenta y seis por ciento de la población de este país, tiene al menos un antepasado amerindio, es por eso que quizás este relato me vino a la mente muchas veces mientras recorría las provincias de nuestro país. Es válido recalcar que Los Diaguitas carecieron de un gobierno único permanente. Sus caciques llegaban al poder por sucesión; "suceden los hijos a los padres y los hermanos, si no tienen hijos", lo que implicaría la existencia de una verdadera casta gobernante.

Hubo un gran número de caciques de los cuales don Juan Calchaquí fué el principal, llegando a convocar a todas las parcialidades de su nación. La autoridad del cacique era absoluta. Preferían la muerte a la pérdida de su autoridad plena. Ante la invasión española realizaron coaliciones muy numerosas.

Púkara, era un pueblo cerca de Salta, en el noroeste argentino.

Pasó entonces que allí, donde vivían menos de 5.000 habitantes, reinaban Juan Carlos Calchaquí y Rosa Valderrama, ambos pertenecientes al linaje no disoluto de los diaguitas, información casi improbable si las hay, pero con una nula refutación al tratarse de una importante y necesaria existencia cultural, utilizada inteligentemente, para mantener vivo a ese pequeño pueblo que se veía como plantado en medio del desierto del noroeste.

Los reyes reinan, pero no gobiernan. Precisamente este pueblo era la antinomia de esa frase, de modo que los Calchaquíes y Valderramas, habían logrado concentrar no solo el poder político sino el poder económico de la región.

Púkara existía, aunque parezca mentira, en gran parte gracias al desarrollo de la industria pesquera. Cada semana partían las embarcaciones precarias, fabricadas con juncos y sogas elaboradas con lana proveniente de los guanacos y de las llamas del territorio. Las barcazas eran conducidas por un hilo de agua que se escabullía entre las rocas y que de manera fantástica desembocaba en el Pacífico. Por esta mágica razón los Paziocas, habitantes de Púkara, eran llamados también "los jinetes de las nubes".

Los pueblos cercanos e incluso las tribus nómades de otras naciones, cruzaban la frontera para participar de las ferias de Púkara, donde los habitantes de esta obtenían los recursos necesarios para la subsistencia por medio de los trueques.

Un reinado casi perfecto, un desarrollo espléndido colmado de las bendiciones de la hermana luna y el hermano sol, y por qué no del océano, extensión acuífera de la Pacha Mama.

Por supuesto los pescadores eran los que seguían en el orden de importancia en la casta jerárquica de esta sociedad extraña, que estaba concebida en una transversalidad inexistente.

De hecho al finalizar la semana eran agasajados y se les preparaba espectaculares danzas (tusuy) y deliciosos festines (mikuy), con la materia prima que ellos mismos obtenían de aquel océano, por donde habían llegado sus antepasados.

Nadie nunca buceo en los orígenes de la sangre de los ancestros, de los que reinaban el pueblo. Tal vez un pacto social, natural, donde el poblado era gobernado, protegido y abastecido casi feudalmente.

Un día el rey, fue llamado a presidir todo la región, que se encontraba dividida en provincias, a través de acuerdos políticos con otras tribus. La patria grande de los Calchaquíes y Valderramas dejaría, quizás, de ser una utopía para convertirse en una gran nación Diaguita.

Sucedió que el rey buscó una manera extraña de cuidar su pequeño reinado, y entonces dejó a uno de sus sobrinos para atender a Púkara, de modo que la reina sería consultada solo para las decisiones importantes y no para los menesteres cotidianos.

Con el pasar del tiempo, el sobrino del rey no solo se mostró gustoso de sentarse en el trono, sino que supo saborear de los mejores banquetes del reino y aprendió el valor y el placer que daba esgrimir tanta concentración de poder.

Había olvidado por completo sobre la razón de su lugar y había comenzado a trabajar duramente para agradar a los pueblerinos, con el anhelo de sustituir por completo y en poco tiempo a su tía Valderrama.

Muchos fueron los cortesanos que hablaban al oído de la reina e intentaban revelarle de los planes de su sobrino. Ella rápidamente enceguecía ante las novedades y mandaba a ejecutar a los seguidores del nuevo líder.

Todo ejercicio político comenzó a carecer de sentido común y costó mucho analizar los vaivenes de las decisiones que tomaban los gobernantes paralelos. Había algo que estaba bien claro, ninguno de los dos quería dejar el poder; uno porque le pertenecía por derecho natural y otro porque creía que se lo había ganado.

Por otra parte estos desacuerdos sanguíneos no debían llegar a los oídos del rey, pero lamentablemente para ellos, él solía enterarse casi de manera inmediata. Es bien sabido que cuando el viento del norte sopla, arrastra hasta las palabras.

No había nada más fastidioso para el rey que las noticias que provenían de su tierra. Pero su fortaleza era tan grande, que nada le impedía seguir adelante con su magnífica tarea en la gran nación aborigen.

También era cierto que cuando su misión terminara, su reino debía estar mejor que cuando el lo había dejado, ya que ni siquiera había que hacer mucho esfuerzo, porque la tarea más difícil ya la había llevado adelante Juan Carlos Calchaquí.

Pero pasó que no todo le fue tan fácil, las persecuciones y las matanzas de ambos bandos fueron tan grandes que casi no quedaban súbditos para eliminar.

Los pozos de Púkara, dejaron de ser aptos para beber, la sangre de cientos de guerreros fue contaminando rápidamente las napas de agua.

El rey tuvo que regresar a su trono, para entonces solo habían sobrevivido los 10 hombres que lo habían acompañado. En Púkara no quedaban ni los pescadores (challweros)

La reina y su sobrino habían destruido poco a poco a cada uno de sus soldados y servidumbre.

La calma vino de la mano del rey, quien pidió explicaciones a sus parientes y disculpas a su pueblo. Para los reyes solo había sido una travesura de pequeños enfrentamientos, para sus seguidores un juego que les costó la vida.

Al final la reina y su sobrino se abrazaron en una ceremonia sagrada sobre el cerro Urqu. Hubo que hacer un pacto con los pueblos de otros lugares. Solo habían quedado algunas mujeres y niños.

Al fin y al cabo los reyes ya estaban de regreso en casa. Después de la calma llegaron hombres blancos en barcos interminables; desde entonces no han parado de llevarse las cosas.

Charly Schneider


 
P U B L I C I D A D






Av. Ing. Rocca 161 (2804) Campana - Provincia de Buenos Aires
Tel: 03489-290721 - E-mail: info@laautenticadefensa.com.ar
WhatsApp: +54 9 3489 488321.-