Buenos Aires(Especial para NA por Mariano Spezzapria) -- Aunque no lo hizo en forma explícita, el Gobierno blanqueó ayer su estrategia en materia salarial a través del acuerdo "testigo" alcanzado entre los camioneros y los empresarios del transporte: los aumentos para este año no deben superar el 20 por ciento.
En torno a ese porcentaje, piensan en el Gobierno, la suba de los salarios no generará una carrera con los precios y se evitará una disparada inflacionaria. Esa es, precisamente, la mayor obsesión de Néstor Kirchner por estos días.
El acuerdo anunciado con bombos y platillos en la Casa Rosada no sólo es importante porque el sector del transporte es clave para la economía, sino que también lo es porque el líder de los camioneros es nada menos que el jefe de la CGT, Hugo Moyano.
El líder sindical viene haciendo equilibrio entre las necesidades del Gobierno y las presiones que padece al interior de la propia CGT, pero nuevamente optó por quedar en sintonía con Kirchner y ratificó su condición de aliado de la Casa Rosada.
No obstante, los tiempos los maneja Kirchner: el líder de la CGT tuvo que aceptar a regañadientes las explicaciones que le dieron en la Rosada sobre los motivos que llevan al Gobierno a postergar la convocatoria al Consejo del Salario, el órgano que discute el sueldo mínimo, vital y móvil.
El salario mínimo está clavado actualmente en 630 pesos mensuales y la CGT quiere llevarlo a 850 pesos, pero en el Gobierno la suba de los precios parece haber infundido cierto temor y buscan aplacar este reclamo de la central obrera.
En este contexto Moyano no la tiene fácil: tanto los "gordos" como los seguidores de Luis Barrionuevo en la CGT amenazan con convocar a una marcha para reclamar el aumento del salario mínimo y de la remuneración que perciben los jubilados y pensionados.
No se trata del surgimiento de un espíritu combativo en esos referentes sindicales, que estuvieron "dormidos" durante la década del 90, sino del modo que encontraron de ejercer presión sobre Moyano y por ende sobre un Gobierno al que tienen el acceso vedado.
El acuerdo salarial alcanzado por el gremio de camioneros con los empresarios del transporte también expuso públicamente juegos de presiones y de conducción política de un conflicto con rasgos muy similares –prácticamente idénticos- al del peronismo sindical histórico.
Esto es así porque por primera vez en muchos años conviven un Gobierno de origen peronista con una cúpula sindical también justicialista y dispuesta a protagonizar reclamos salariales en todos los sectores de la producción.
El antecedente de esta situación no es del todo agradable a la memoria colectiva: se registró cuando los gremios formaron la columna vertebral del tercer gobierno de Juan Domingo Perón y luego de la frustrada gestión de Isabelita, pero en aquellos
convulsionados años 70 la inflación relegó a los salarios.
El dilema del Gobierno, en estos primeros meses de 2006, pasa por alentar las negociaciones de salarios a la suba sin poner en riesgo la estabilidad de los precios.
Para alcanzar ese objetivo, Kirchner está convencido de que debe accionar políticamente, manteniendo una férrea conducción tanto para negociar los acuerdos de precios con los empresarios como para ponerle un techo a los reclamos salariales.
Ese techo lo fijó ahora en un 20 por ciento para este año, con la ayuda de Moyano.



