Buenos Aires (Especial para NA por José Calero) -- Es un caso curioso el de los ministros de Economía de la Argentina de los últimos años.
A Domingo Cavallo, Carlos Menem lo echó luego de que salvara las papas de su gobierno instaurando un plan de convertibilidad que permitió estabilizar la economía en medio de la hiperinflación, aunque luego se evidenció incapaz de sostener la competitividad de la Argentina.
A Roberto Lavagna, Néstor Kirchner lo despidió luego de que el éxito del plan económico permitiera al oficialismo alcanzar en las urnas la legitimidad que no había logrado en el 2003, cuando el santacruceño fue presidente con apenas el 22 por ciento de los votos.
Ahora, a Felisa Miceli le pusieron en duda su continuidad en las últimas semanas a pesar de que su estrategia de acuerdos de precios -con mucha ayuda presidencial- pareció acertada, al menos, para contener algún pico de inflación incipiente.
Desde la propia Casa Rosada surgieron los corrillos que señalaban malestar presidencial porque la ministra no puede lograr una baja significativa en los precios de la carne, tema que obsesiona a Kirchner.
Este no fue el único mal trago afrontado en los últimos días por la jefa de Economía: debió resignar a Ricardo Lospinnato, su hombre de confianza en el Banco Nación, y vivió de cerca lo que significa en este gobierno pelearse con algún protegido del presidente o de su esposa Cristina Fernández.
Esa protegida es Gabriela Ciganotto, una contadora de Santa Cruz a la que Lospinnato intentó desplazar del directorio.
No sólo fue ratificada, sino que la ascendieron a vicepresidenta de la institución por orden directa de Kirchner, y luego terminó al frente de la entidad.
La llegada de Ciganotto a la presidencia del Nación fue también una señal de autoridad del matrimonio Kirchner a la propia Miceli, que esta vez no pudo colocar allí a una persona de su máxima confianza.
Pero Felisa ya se curó en salud y parece dispuesta a retomar la iniciativa en distintos frentes, en especial en lo que respecta a la carne, que de no cambiar de tendencia puede convertirse en el talón de Aquiles de su gestión.
No es el único problema que afronta: persisten cuestionamientos hacia su supuesta falta de iniciativa en concretar planes de promoción del aparato productivo e implementar medidas vinculadas con apoyos concretos del Estado hacia la industria.
Le objetan también a la ministra que no esté muy atenta a los problemas de asimetría con Brasil, y a que la industria textil se está viendo muy afectada por la importación de productos desde ese país y desde China.
Lo advirtió la Fundación Pro Tejer en un informe que cayó mal en el Palacio de Hacienda, porque allí se advirtió que las importaciones de productos textiles, sobre todo de Brasil y China, "crecen y generan inflación y desempleo".
Hace tiempo que sectores textiles, pero también vinculados a industrias más pesadas, vienen haciendo advertencias a la ministra sobre problemas de inversión que están provocando cuellos de botella en la oferta.
Existen quejas también de esos sectores porque, supuestamente, varias iniciativas elaboradas por el secretario de Industria, Miguel Peirano, no encontraron el eco esperado en la mesa de decisión del quinto piso de Economía.
Acá hay otro punto en el que vale la pena detenerse: Peirano tiene llegada directa a la Casa Rosada, aunque aún no es posible determinar si eso genera molestias en Miceli.
Sin embargo, un dato aparentemente secundario tal vez brinde alguna pista sobre este punto.
Tras la partida de Federico Poli de la subsecretaría Pyme, para ocupar en Madrid un alto cargo en la Secretaría General Iberoamericana encabezada por el uruguayo Enrique Iglesias, Peirano le había hecho llegar a la ministra algunas propuestas de nombres para reemplazarlo, teniendo en cuenta que esa área depende de su secretaría.
Sin embargo, Miceli no las tuvo en cuenta y nombró a Matías Kulfas, un economista del Banco Ciudad muy cercano al presidente de la entidad Eduardo Hecker, quien se desempeñaba como asesor en esa institución.
Miceli parece así dispuesta a ajustar algunas clavijas en su gestión, y por eso se desprendió también de Sebastián Katz, el funcionario en Programación Económica que había heredado de Lavagna, y puso allí a otro joven de su confianza, Martín Abelez.
Katz había deslizado a la ministra que la estrategia para contener los precios de la carne era desacertada porque provocaría cierres de mercado que tardarán años en recuperarse.
Un argumento que a la ministra le sonó demasiado similar al discurso de las entidades ruralistas, inaceptable en medio de la dura pulseada de Kirchner con los ganaderos.
Por eso, aprovechó e hizo los reemplazos de Katz y Poli en forma simultánea, cuando ya sabía que su hombre en el Nación tenía la suerte echada.
Los cambios tal vez no terminen allí, ya que Felisa parece dispuesta a ir a fondo con un alineamiento total de funcionarios para encarar sin fisuras iniciativas destinadas a consolidar el crecimiento y contener la inflación.
El ruido en Economía parece que continuará.



