El 24 de marzo de 1976 los máximos jefes militares, formados en la Escuela de Las Américas, derrocaron a un gobierno del que formaban parte, y a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y su término estaba señalado por elecciones convocadas solo para nueve meses más tarde. En esa perspectiva lo que ellos liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez, sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ellos mismos continuaron y agravaron.
Invirtiendo ese camino habían restaurado la corriente de ideas e intereses de minorías derrotadas que traban el desarrollo de las fuerzas productivas, que explotan al pueblo y disgregaban la Nación.
Una política semejante sólo puede imponerse transitoriamente prohibiendo los partidos, interviniendo los sindicatos, amordazando la prensa e implantando el terror más profundo que ha conocido la sociedad argentina.
Treinta mil desaparecidos, miles de presos, miles de muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror.
Colmadas las cárceles ordinarias, crearon en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración. La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos, junto con la picana y el submarino. Con el supuesto de que el fin de exterminar a la guerrilla justificaban todos los medios que usaron. Asimismo la cobertura de una sistemática ejecución de rehenes en lugares descampados y en horas de la madrugada con el pretexto de fraguados combates e imaginarias tentativas de fuga. Extremistas que panfleteaban el campo, que pintaban acequias o se amontonaban de a diez en vehículos que se incendiaban eran los estereotipos de un libreto que no estaba hecho para ser creído sino para burlar la reacción internacional
Muchos de esos rehenes eran delegados sindicales, intelectuales, familiares de guerrilleros, opositores no armados, simples sospechosos a los que se mataba según la doctrina extranjera de cuenta-cadáveres que usaron los SS en los países ocupados y los invasores en Vietnam.
Los procesados también eran igualmente abatidos en tentativas de fuga
cuyo relato oficial tampoco estaba destinado a que alguien lo crea sino a prevenir a la guerrilla y los partidos de que aún los presos
reconocidos eran la reserva estratégica de las represalias de que disponenian los Comandantes de Cuerpo según la marcha de los combates, la conveniencia didáctica o el humor del momento.
Estos episodios rebelaban que no eran desbordes de algunos soldados alucinados sino la política misma que ellos planificaban en sus estados mayores, imponen como comandantes en jefe de las 3 Armas y aprueban como miembros de la Junta de Gobierno.
La segura participación en esos crímenes del Departamento de Asuntos
Extranjeros de la Policía Federal, conducido por oficiales becados de la CIA, la definición de la guerra pronunciada por uno de sus jefes: "La lucha que libramos no reconoce límites morales ni naturales, se realiza más allá del bien y del mal".
Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son
sin embargo los que únicos sufrimientos que a tenido el pueblo argentino ni las únicas violaciones de los derechos humanos sino una atrocidad igual o mayor que castigó a millones de seres con la miseria planificada.
Solo en el primer año habían reducido el salario real de los trabajadores al 40%, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30%, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesitaba un obrero para pagar la canasta familiar.
Congelando salarios a culatazos mientras los precios subían en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisiones internas, alargando horarios, elevando la desocupación al récord del 9% al 12% prometiendo aumentarla con nuevos despidos. Y cuando los trabajadores querían protestar eran calificados de subversivos, secuestraban cuerpos enteros de delegados que en algunos casos aparecieron muertos, y en otros no aparecieron.
Los resultados de esa política habían sido fulminantes. En ese primer año de gobierno el consumo de alimentos había disminuido el 40%, el de la ropa más del 50%, el de medicinas ha desaparecido prácticamente en las capas populares. En zonas del Gran Buenos Aires había mortalidad infantil que superaba el 30%, cifra que nos igualaba con Rhodesia, Dahomey o las Guayanas; enfermedades como la diarrea estival, las parasitosis y hasta la rabia en que las cifras trepaban hacia marcas mundiales o las superan.
Con estas metas deseadas y buscadas, han reducido ellos el presupuesto de la salud pública a menos de un tercio de los gastos militares, suprimiendo hasta los hospitales gratuitos mientras centenares de médicos, profesionales y técnicos se sumaban al éxodo provocado por el terror, los bajos sueldos o la racionalización.
El río más grande del mundo era contaminado en todas sus playas porque sus socios arrojaban en él sus residuos industriales, y la única medida de gobierno que tomaron fue prohibir a la gente que se bañe.
Un descenso del producto bruto que orillaba el 3%, una deuda exterior que alcanza a 600 dólares por habitante, una inflación anual del 400%, un aumento del circulante que en solo una semana llegó al 9%, una baja del 13% en la inversión externa, constituyen también marcas mundiales, raro fruto de la fría deliberación y la cruda inepcia. Mientras todas las funciones creadoras y protectoras del Estado se atrofiaban hasta disolverse en una anemia pura, una sola crecía y se volvía autónoma.
Mil ochocientos millones de dólares que equivalían a la mitad de las exportaciones argentinas presupuestados para Seguridad y Defensa en 1977, sueldos militares a partir de ese febrero subían un 120%, prueban que no había congelación ni desocupación en el reino de la tortura y de la muerte, único campo de la actividad argentina donde el producto crecía y donde la cotización por guerrillero abatido subía más rápido que el dólar.
Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplicaba indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica reconocía como beneficiarios a la vieja, oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales. Un aumento del 722% en los precios de la producción animal en 1976 define la magnitud de la restauración oligárquica, en consonancia con el credo de la Sociedad Rural.
El espectáculo de una Bolsa de Comercio donde en una semana había sido posible para algunos ganar sin trabajar el cien y el doscientos por ciento, donde hay empresas que de la noche a la mañana duplicaron su capital sin producir, curioso bajo un gobierno que venía a acabar con el festín de los corruptos. Desnacionalizando bancos ponían el ahorro y el crédito nacional en manos de la banca extranjera, indemnizando a empresas que estafaron al Estado, rebajando los aranceles aduaneros se creaban empleos en Hong Kong o Singapur y desocupación en la Argentina.
Frente de estos hechos cabe preguntarse: ¿Quiénes eran los apátridas de los comunicados oficiales?, ¿Dónde estaban los mercenarios al servicio de intereses foráneos?, ¿Cuál era la ideología que amenazaba al ser nacional?
Estos militares que conducían al país tras la ilusión de ganar una guerra que, aún si hubiesen matado al último guerrillero, no apagaron jamás sus ideales que no hicieron más que empezar bajo nuevas formas,
Por que las causas que mueven la resistencia del pueblo argentino no están desaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas.
Fuente: "Carta abierta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar"
El Historiador
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