Buenos Aires, (especial para NA por Pepe Eliaschev)- Llegamos. Hemos reptado entre los escombros y si bien no había paraísos fuera de las llamas, sobrevivimos.
Los maleficios de la destrucción total que nos habíamos augurado a nosotros mismos han sido muecas trágicas pero estériles. La Argentina, magullada y no creíble, desconcertante y mágica, enfurecedora y reacia a las convenciones más prudentes y sabias, ratifica su adhesión a la rutina de las elecciones como camino para gobernarse.
En un mundo oscuro y atormentado, es una epopeya que nuestro país esté hoy yendo a las urnas y que la gente no esté poniendo bombas. ¿No nos habíamos dicho mil veces, hasta convencernos en nuestra letanía, que la democracia argentina era un esperpento inútil, una formalidad siniestra o, cuando menos, patética y estéril? Nos hemos sentido minusválidos ante el portentoso ejemplo brasileño y la lubricada y ejemplar elección que permitió la llegada al poder de Lula. ¿No nos daba vergüenza el desorden argentino y nuestro reiterado estrellarnos contra los mismos muros, luego de presenciar la tersa secuencia institucional de un Chile prusiano y hasta tedioso, pero funcional y respetable?
Bueno, es cierto: en los últimos años la Argentina ha dado mucho más vergüenza que orgullo, ha provocado mucho más dolor que regocijo, ha suscitado casi puro sufrimiento y escasa o ninguna gratificación. Y sin embargo, ahí vamos.
Como certifica oportunamente el politólogo Edgardo Mocca, la supervivencia del voto con plena libertad de competencia "desmiente, o por lo menos relativiza el lugar común de la "debilidad" de la democracia argentina".
Hay, entonces, continuidad, de la buena y de la mala. Y hay ruptura. Luego de las cuatro elecciones presidenciales previas (las de 1983, 1989, 1995 y 1999), en tres de la cuales hubo polarización en solo dos fórmulas, se va seguro al primer balotaje en la historia argentina.
En un país zamarreado por la fuerza de los caudillos, esta es una ruptura evidente: por ahora, la Argentina ha dejado de ser un país dominado por dos partidos políticos. No solo la Unión Cívica Radical por ahora solo retiene a una parte de su gente, ya que apoyarán a otras candidaturas muchos de sus afiliados y simpatizantes tradicionales, sino que la implosión del peronismo es rotunda. Los justicialistas no recompondrán su perdida unidad de la noche a la mañana.
Y si puede afirmarse que hay un común denominador bastante grueso entre los votantes de la UCR, los de Recrear y los de ARI, del lado peronista las sustancias y los estilos de la diáspora del PJ difieren en cambio de manera hasta hiriente. Incluso la sigla Partido Justicialista está ausente con aviso.
Ruptura, pues, de las polaridades bi o tripartitas, y una fragmentación que lleva a una primera vuelta fiera y a una segunda en la que cada uno querrá saborear su elección de menú, acentuando de modo jactancioso la libertad individual.
Los apocalípticos han fracasado: pocas noticias tan buenas como ésta. No hay voto bronca ni clasemedieros rebeldes que viajan 500 Km.
Para no votar. Hay 18 candidatos presidenciales, desde los fascistas vergonzantes hasta los trotskistas clamorosos: nadie que quiso se quedó sin la posibilidad de ofrecerse y ser aceptado.
Los berrinches histéricos de los violentos y de los extorsionistas se quedan sin eco ante la evidencia de que, aun en el contexto de parches normativos evidentes (Eduardo Duhalde se debería haber quedado hasta el 10 de diciembre, por ejemplo), la Argentina exhibe hoy una relativa y respetable normalidad institucional. Termina la emergencia, arranca la transición, pero este país no se ha desbarrancado.
El citado Edgardo Mocca se hace una pregunta que tiene una respuesta natural, y que yo comparto enfáticamente: "¿No será el momento de valorar la madurez de buena parte de la vilipendiada clase política argentina en el modo en que se administró una crisis política de perfil terminal para desembocar en un proceso electoral pacífico, libre y competitivo?".
Vimos que los incendios queman pero no fertilizan. Subsistimos evitando la tentación de "quemar el Congreso, con todos los políticos adentro", como se reclamó desde la televisión.
Y si las algaradas ebrias de omnipotencia (e irresponsabilidad real) se han estrellado como burbujas alucinógenas, si ahora es la era del desencanto para quienes sentían estar viviendo un estallido mesiánico, este punto de inflexión abre un nuevo e importante arco de esperanzas para las alternativas perentorias: la Argentina tiene que reformar, ya y mucho, su política y su sociedad.
Este país se merece un baño de puritanismo en la ley, un abrupto stop al permanente disparate de la ilegalidad y de la impunidad, matrimonio trágico que hizo abortar sueños y ensombrece las posibilidades verdaderas que se alentaron en estos 20 años de una democracia fallida pero irremplazable.
Pero el "changüí" culmina en tres semanas, si lo que hoy suceda acepta un desenlace civilizado, lo que está por verse, pero no es imposible.
Duhalde entrega el 25 de mayo y al que asuma lo aguarda una demanda fenomenal que no necesariamente habrá de deflagrar de modo violento, pero pondrá en tela de juicio -ahora sí- la supervivencia de la paz y la factibilidad de este país.
Pero si un balance atinado y serio de lo sucedido avienta los fantasmas de la disgregación absoluta y los presagios de un infierno que era más deseado por algunos termocéfalos que necesitado por las amplias mayorías, las perspectivas son muy graves, el tiempo es muy escaso y las tareas pendientes son colosales.
Luego de la competencia necesaria, y comprensiblemente recargada en una sociedad virulenta como la nuestra, donde efectivamente la llamada clase media domina la televisión y desde ella controla la agenda temática cotidiana, con sus superficialidades y sus impaciencias, con sus obsesiones y su fragilidad anímica, lo que viene en pocos días son jornadas fundacionales en serio.
La Argentina ha vivido delirios de grandeza y ha salido de ellos cayendo en unas subestimaciones fenomenales.
Signo evidente de la inmadurez nacional, este país se ha columpiado entre los excesos de una idea excesivamente alta de si misma y las penurias de un permanente estado de humillación a causa de su propia inseguridad.
Ha estado reñida casi siempre, además, con rasgos mínimos de practicidad funcional, y ha preferido la retórica a las soluciones posibles, la exageración emocional a la modestia sencilla que abre puertas y clausura fracasos.
Si las elecciones reúnen de un 70 a un 75 por ciento de los argentinos en condiciones de votar, podremos decir que el diagnóstico cívico es mucho más vigoroso y esperanzador de lo que imaginábamos en nuestra lúgubre certeza de estar muertos.
Vendrá, claro, lo más arduo, un camino espinoso y arisco que solo se podrá recorrer con una legitimidad a ser ganada por el próximo presidente y con gruesos comunes denominadores que solo se pueden edificar con paciencia y con compromisos, que son la sal de la política, que son la sal de la democracia, que son la sal de la vida.
A votar, que la vida es corta.



