En los inicios de la segunda mitad del siglo pasado (parecerá rimbombante, pero no fue hace tanto tiempo), yo ingresaba en la escuela primaria en mi Chacabuco natal. En esos momentos, se desataba una campaña electo al que por muchos motivos era interesante, pero sobre todo porque por primera vez aparecía la figura del voto femenino.
A pesar del resultado final ´cantado´ de las elecciones, la gente -y hasta los opositores- se mostraban entusiasmados, interesados y esperanzados en el acto eleccionario. Ni qué hablar de las mujeres.
Para mí, había tres lugares donde se realizaban los actos políticos. La esquina de mi casa donde había una unidad básica; a la vuelta de la esquina y a 15 metros de la anterior, donde funcionaba un comité radical; y en la esquina de la principal avenida, frente a la plaza, donde por lo general ponían un palco para los candidatos del socialismo.
En los actos peronistas, los oradores eran rodeados de obreros y trabajadores; en los radicales, los militantes se distinguían por elegantes sobretodos; y, cerca del palco de los socialistas se veía a los intelectuales. Los descriptos eran en sí la militancia de cada partido pero, separados de ellos, en las ´veredas de enfrente´, siempre había un número menor pero no despreciable de vecinos, que por lo general concurrían a todos los actos. La ciudadanía estaba interesa en escuchar todas las propuestas pero marcaban la diferencia con los partidarios públicamente asumidos de cada grupo político.
Existía un verdadero interés cívico de parte de los votantes no comprometidos en forma partidaria. En aquellos actos no había choripanes, no pagaban por asistir, ni se entregaban planes sociales.
Por supuesto, en aquella época no existían tampoco las componendas como las que ahora intentó frustradamente Duhalde, primero con De la Sota, luego con Reutemann, para terminar arreglando con uno de sus principales críticos como era Kirchner.
Tampoco ´los popes´ del radicalismo se empeñaban en destruir el partido como ha ocurrido en los últimos tiempos, y menos que menos intentar contubernios con sus adversarios ideológicos, como los pactos de Olivos y los que los sucedieron recientemente.
Y por su lado, aparecía la mística de los socialistas, identificados con el bigote y el poncho del exiliado -en esa época- Alfredo Palacios, cuyos discursos se seguían mediante las radios uruguayas, que difícilmente transigiera en alianzas, pero que si daba la palabra, luego la cumplía a rajatabla.
Hoy los ciudadanos ven que a Elisa Carrió se le cayó la estantería de los rejuntes que intentó, y con ello los números de las encuestas. Que los radicales no saben a qué apelar para pasar lo más desapercibidos posibles, con un Moreau desprestigiado y cuestionado por sus propios correligionarios. Los socialistas que volvieron a transformarse en una mínima expresión y un López Murphy que viene creciendo en las encuestas, más por el halo de lo desconocido que por ideología, ya que su pensamiento no parece coincidir con el de la mayoría de los votantes, sean trabajadores, estudiantes, piqueteros, pequeños y medianos empresarios o productores agropecuarios.
Un párrafo aparte merece la situación de los justicialistas. ´El Adolfo´ Rodríguez Saá intentando llegar en base a sonrisas y proyectos que sólo se pueden plasmar en las ideas pero jamás en la realidad; un José de la Sota que, se desinfló antes de la largada y no quedó muy conforme con el duhaldismo; una gran mayoría del peronismo bonaerense en contra de la determinación de Eduardo Duhalde de apoyar a Néstor Kirchner; Carlos Reutemann, que a poquitos días de las elecciones da un espaldarazo recibiendo a Carlos Menem; y Felipe Solá, factótum del acercamiento entre Kirchner y Duhalde, que ahora sale a criticar a ´los presidentes fabricados gracias a las regalías petroleras´, como si estuviera enviando un elíptico mensaje, luego de la bajada en las encuestas del santacruceño, al riojano ex presidente, un como ´por las dudas ¿vio?´.
Se suceden los actos. Se gastan fortunas en movilidad para ´los militantes´, se paga por la concurrencia, se entregan planes sociales a los que hacen los deberes, choripanes y viandas para los que asisten. Todos los que van, tienen interés en cobrar y en comer, y muy probablemente muchos de ellos asistan a los actos de las distintas líneas, pero ya no con la motivación de antaño, de escuchar las propuestas para votar por lo mejor. El interés ahora es mediático. Es comer hoy.
Y qué pasa con los independientes, con los que aspiran en vivir con trabajo, en paz, donde imperen la seguridad y la justicia. Son los que están en la encrucijada, los que han perdido el interés en cumplir con su derecho y su deber de concurrir a votar, no porque descrean de la perfectible Democracia, sino porque ven que en los últimos años, la política en la
Argentina se ha transformado en ´un negocio´ para unos pocos que disfrutan del sacrificio de unos muchos.



