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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 12/ene/2003 de La Auténtica Defensa.

El abrazo de Duhalde
por Pepe Eliaschev




Buenos Aires (especial para NA por Pepe Eliaschev) -- Casi imperturbable, el país se va asomando a la definición electoral, sin entusiasmo, pero sin malestares insostenibles.

El viejo pragmatismo argentino se exhibe, orondo, en su proverbial capacidad de adecuación a todo. Lo demuestra el relanzamiento de la candidatura presidencial de Néstor Kirchner, abrasivamente avalado ahora por Eduardo Duhalde.

El Presidente está dedicado tiempo completo a una salida política que le permita prevalecer en el justicialismo y entregar la Casa de Gobierno el 25 de mayo a una administración estable y cercana a la gestión iniciada el 1§ de enero de 2002.

Tras infinitos fracasos y cabildeos (encarnados en Reutemann y De la Sota), el Presidente cortó por lo sano y dijo Kirchner. El gobernador de Santa Cruz está en carrera presidencial hace varios años y su proyecto cobró fuerza desde el otoño pasado, sobre todo a partir de la renuncia de Duhalde a cubrir la totalidad del mandato dejado trunco por De la Rúa.

Pero la candidatura de Kirchner era hasta ahora notoria aunque residual de cara a la feroz geografía política del justicialismo.

Ante las campañas de Menem y Rodríguez Saá, Kirchner no salía del tercer lugar, debido a que el sector peronista asociada con el justicialismo de la provincia de Buenos Aires permanecía sin representante en esa carrera.

Al abrazar la opción Kirchner, Duhalde se propone inclinar la balanza, porque rodea al santacruceño del apoyo del Gobierno y de la miríada de caciques municipales bonaerenses que, de una u otra manera, reportan al Presidente. Pero ese vuelco es, por ahora, un proyecto cuesta arriba que carece de una repercusión inmediata determinante.

Kirchner ofrece algunas pautas que merecen una razonable acogida. En una extensa entrevista de media hora que le hice por radio, el santacruceño mostró algunas cartas atractivas. Dijo, por ejemplo, que se acabaron en la Argentina los liderazgos carismáticos y verticales y que a él le encantaría hacerse cargo de una administración, al estilo del gerenciamiento político norteamericano, donde se habla de la Administración Clinton o de la Administración Bush. Esto es una gruesa redefinición del ritual peronista, que desde hace 55 años exalta la noción casi castrense de "conducción".

Kirchner dice que en el tiempo actual hay que gobernar mucho más horizontal y consensuadamente.

Otro rasgo relativamente importante en la propuesta de Kirchner es su fuerte apuesta a la noción de certidumbre y previsibilidad como aspectos esenciales en el orden político que la Argentina procura. Si admira la noción administrativa que él ve en la política norteamericana, también se ilusiona con una Argentina parecida a la España actual, donde después de Felipe González vino el conservador José María Aznar, tras quien, el año que viene, puede asumir el socialista José Luis Rodríguez Zapatero, sin que nada calamitoso suceda.

Gestión y tranquilidad: aquí parecen radicar dos columnas centrales de la arquitectura kirchnerista, que lejos de proponer una revolución, parece venir a sugerir un apaciguamiento con racionalidad. Reivindica logros de los primeros años Noventa, los iniciales de la gestión de Menem, a quien sin embargo atribuye lo principal de los actuales males del país. El problema es el peronismo. Ni el propio Duhalde, que jamás fue un patrón fuerte del corral justicialista, le puede asegurar a Kirchner un vuelco completo de la provincia de Buenos Aires a su candidatura.

La gente del Presidente no se resigna a irse el 25 de mayo del poder y se sigue estrellando contra la decisión de Duhalde de marcharse ese día. Ni siquiera un Apocalipsis político (que Duhalde reniegue de su renuncia) sería suficiente para darle estabilidad a ese fantasmagórico gobierno.

El Fondo Monetario va a terminar la semana que viene por darle un acuerdo, parcial y provisorio, pero muy valioso, a la Argentina, obligado, según la versión evidentemente poco objetiva, de lo que el semanario inglés The Economist denomina "los patrones políticos" del FMI, a quienes caracteriza como el Grupo de los Siete países ricos del mundo.

Quienes encabezaron la pulseada para que la burocracia del Fondo aflojara con la presión a la Argentina fueron Francia e Italia, a las que se unieron los Estados Unidos, según la revista, para la que el Fondo "tuvo que comerse su orgullo", debido al verano económico argentino.

Pero nada de esto sería posible si Duhalde no se va el 25 de mayo y el hombre lo sabe, aunque sus seguidores más obcecados prefieran negarlo. La cuestión clave radica, pues, en la posibilidad de que la candidatura justicialista surja de una elección interna limitada a los afiliados, en un cuadro de padrones electorales discutibles. En ese marco, no es aventurado certificar que prevalece sin duda Menem, pero también es cierto que Kirchner, por obvias razones, y el propio Rodríguez Saá por las suyas, no son de esa partida.

Paradoja volátil: ¿irá entonces el justicialismo a las elecciones del 27 de abril partido en dos, o tal vez en tres, no importa quien vaya "por dentro" o quien vaya "por fuera"? Tal desenlace favorece otras alternativas en oferta (López Murphy y Carrió, por ejemplo) pero en ningún caso se dan condiciones elementales de gobernabilidad, puesto que no aparecen ni los rudimentos de una masa crítica mínima como para que la Argentina y el mundo acepten que este país dispone de autoridades legales y legítimas con una base de sustentación básica aceptable.

Es el verano, pues, que precede a una temporada excitante por lo imprevisible, pero excesivamente perversa en su indefinición.

El país sigue jugando con fuego en las cercanías de grandes tanques de nafta.


 
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